De todos modos, estuve todo el día con la impresión de que en mi vida real, como en el sueño, no hacía otra cosa más que buscar un borde, un labio.

 

Por / Camilo Villegas

Soñé que las casas de Pereira se juntaban unas con otras y desaparecían las calles. Ya no había Avenida 30 de agosto, ni Avenida del Río, ni carreras Sexta, Séptima y Octava. Cuando salías de tu casa, entrabas directamente en la casa de enfrente, y la ventana de tu habitación estaba pegada a la de otra habitación. Las personas iban confusas de unas habitaciones a otras, de unas casas a otras, buscando una salida, pero se perdían en aquel laberinto de pasillos y habitaciones. Cuanto más céntrica era tu vivienda, más atrapado estabas en aquella especie de masa hueca en que se había convertido La Perla del Otún.

Entonces, un grupo de héroes, liderado por un economista llamado César Gaviria (¿por qué héroes?, ¿por qué César Gaviria?), decidieron emprender una exploración en busca de la periferia, pero como era imposible saber si se viajaba en línea recta o en círculos, se perdieron al poco tiempo de salir.

Incapaces de regresar al punto de partida, los exploradores se quedaban a vivir en cualquier casa y abrían cualquier armario y se duchaban en cualquier baño. No había modo de expulsar a nadie, pues no había afuera.

Desde el Edificio Diario del Otún se veía un techo infinito, lleno de montañas y de irregularidades. Algunos expedicionarios decidieron dirigirse hacia la periferia a través de los tejados y los balcones, en busca de municipios como Dosquebradas o Santa Rosa de Cabal, pero tampoco regresaron.

Entonces, se me ocurrió llamar a un amigo que vivía al borde de la ciudad y me dijo que ya no había borde, pues del mismo modo que se habían agrupado las casas, también las ciudades se habían juntado unas con otras y resultaba imposible saber dónde terminaba aquel conjunto de vigas y concreto.

Cuando había mucho silencio, escuchábamos pasar el Megabús por debajo de nosotros, pero no sabíamos cómo se accedía a él ni quién lo conducía. Tampoco estábamos seguros de que fuera el Megabús, la verdad, pero a algo teníamos que atribuir aquellos ruidos subterráneos.

Me desperté a media noche y me asomé a la ventana. Llamé a una amiga que vive en Pereira y me dijo que la ciudad estaba en su sitio, pero ya no me acosté por miedo a que, si me dormía, se realizara la pesadilla. De todos modos, estuve todo el día con la impresión de que en mi vida real, como en el sueño, no hacía otra cosa más que buscar un borde, un labio.

@CamiloV74732402