Pesadilla en la zona cero

Gustavo ColoradoEn el negocio del narcotráfico CeroCeroCero es el código utilizado para referirse a la cocaína con mayor grado de pureza. Ahí empieza todo.

Por: Gustavo Colorado

Como un moderno Eneas aventurado en los pasadizos del infierno, el escritor italiano Roberto Saviano emprendió en Gomorra un descenso a las entrañas de Nápoles, su ciudad natal, y nos trajo de regreso la visión de un entramado de corrupción, crimen y componendas, por lo demás común a un mundo donde las promesas siempre incumplidas del consumo como expresión casi religiosa del capitalismo se ven frustradas por  la humillante pobreza de quienes  son excluidos del banquete. Esa es una de las lógicas de la sociedad contemporánea: frente a la exclusión solo queda el delito como forma de reivindicación.

Con ese precedente, el inevitable segundo capítulo fue CeroCeroCero, un relato hilvanado con el vértigo que caracteriza al mundo de la cocaína. El del consumo personal y el de su producción y comercialización. Quizá no es casual que cocaína y capitalismo empiecen con la letra  C. Como  si los vocablos formaran un  código para descifrar las claves del mundo moderno. Los dos son en esencia egoístas: basta con mirar a un adicto atiborrándose la nariz y el cerebro de polvo blanco y a un tiburón de las finanzas saltarse todos los fundamentos éticos para amasar una fortuna para entender esa especie de hermandad de sangre entre las dinámicas del capital y las del negocio de las drogas. Una hermandad que trasciende las llamadas leyes de la oferta y la demanda.

Porque la cocaína es una droga inventada a la medida de los mitos, anhelos y realidades del hombre moderno: abarcarlo todo, tenerlo todo, derrocharlo todo, olvidarlo todo. Sus efectos físicos y mentales están concebidos para que los hijos  de la producción, el consumo y el derroche puedan resistir las cadenas que ellos mismos se han impuesto: horas de oficina sin límites, diversión sin fronteras, compra y venta las veinticuatro horas del día, interconexión  permanente, erecciones y orgasmos sin tregua… o al menos hasta que  la mente y el cuerpo resistan.

La premisa de Saviano es simple y brutal: transcurrida la primera década del siglo XXI,  no existe parcela del mundo que no esté surcada por la cocaína  y sus efectos en la vida personal y social.  Ansiedad, vértigo, paranoia, crueldad, corrupción y violencia son algo así como los síntomas de un mundo que hizo del hedonismo y el dinero la única forma de trascendencia. De allí que las páginas introductorias del libro sean un recuento de las situaciones y protagonistas involucrados en el consumo de cocaína. Porque el consumo es el que explica la oferta, así como los  imperios  y desgracias que sobre ella se construyen.

Con esas pautas, el escritor elabora y comparte con nosotros su propio mapa del infierno: México, Estados Unidos, Colombia, Rusia, África, Asia Central: ningún rincón de la tierra escapa a la ruta de ese polvillo blanco en cuyo negocio están involucrados banqueros, latifundistas, guerrilleros, políticos, policías, modelos, reinas de belleza, obispos, estrellas del espectáculo, deportistas y periodistas. Nadie escapa a sus salpicaduras. Dicho de otra manera, la cocaína es la confirmación de una vieja sospecha: no hay inocentes en el mundo de  los humanos.

En las primeras páginas de CeroCeroCero Saviano nos lleva hacia el lugar donde un capo imparte entres sus iguales una especie de decálogo de la mafia. Se trata de un código ético al revés, en que el único valor es el poder, ya sea expresado a través del dinero, las armas o el miedo. Leyéndolo, uno entiende mejor los terrenos por los que transitamos los ciudadanos de estos tiempos: huérfanos de  los viejos  sistemas de valores, vamos por el mundo a merced de toda suerte de organizaciones  delincuenciales. Poco importa  si operan dentro o fuera de  la ley, porque su expresión última es una pesadilla en la  Zona Cero.