El humor, la discrepancia, las diferentes miradas sobre la sociedad, son erradicadas de pleno cuando se asume que el Estado debe definir exactamente lo que más le conviene a cada individuo.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Como era de esperarse, el presidente Iván Duque ha tomado una posición nefasta y cómica sobre el consumo de droga. La propuesta de decomisar la dosis mínima y poner a la policía como juez y a los padres como testigos es una payasada, puro circo. Lo interesante de los movimientos políticos que apoyan al presidente es lo que esconden detrás, pues este tipo de medidas develan una visión de Estado paternalista y, en cierto sentido, totalitario.

Es necesario recordar, con cierta nostalgia, los planteamientos de Carlos Gaviria alrededor de la sentencia que permitió el consumo de la dosis mínima. Sin embargo, me es imposible no rememorar a aquel hombre que parecía un verdadero filósofo, con su figura enorme y su discurso calmado, hablando de la importancia de los griegos para la humanidad; pareciera que hasta su cuerpo evocara al pensamiento.

Así, en medio de una conferencia, Gaviria señalaba la historia de un sabio griego que encontraron en medio de las ruinas de una de las ciudades devastadas por la guerra. Los sobrevivientes se encontraban vencidos y humillados, cuando interrogaron al sabio sobre su estado, éste dijo: “todo está bien, la paideia sigue en pie”. Gaviria rescataba esta historia para recordar todo el legado cultural que poseían los griegos y el proceso de formación que tenían; lo material podía ser destruido, pero las ideas y la cultura podían resistir.

Entrando en materia, la sentencia que permite el consumo de dosis mínima tiene dos fundamentos políticos y filosóficos precisos: un Estado social de derecho y la idea de un sujeto moral pleno. La Constitución del 91 es de orden liberal, es decir, busca proteger los derechos individuales en un contexto que permita mantener un Estado de bienestar general.

Es necesario recordar, con cierta nostalgia, los planteamientos de Carlos Gaviria alrededor de la sentencia que permitió el consumo de la dosis mínima. Fotografía / Cortesía

Amparo constitucional

La dignidad, la libertad y el libre desarrollo de la personalidad son derechos que buscan ser el fundamento de un sujeto moral pleno, al tiempo que la sociedad ofrece herramientas como la educación y derechos sociales que permitan formar este sujeto.

Es lógico pensar que el discurso que enarbola la Constitución se queda corto cuando en la cotidianidad las personas no gozan de un derecho a la educación de calidad o mucho menos condiciones laborales estables. Si bien la Constitución trabaja sobre un supuesto que falta y este es el argumento de muchos pensadores de izquierda, su virtud radica en que abre la posibilidad a la formación de un sujeto libre, pues da la posibilidad de elegir.

“Porque dentro de un ordenamiento informado por principios de filosofía liberal, no puede el Estado sustituir al individuo en la evaluación de lo que éste puede resultar provechoso o nocivo”, explica Gaviria cómo el Estado colombiano debe permitir que el sujeto, por sus propios medios, establezca lo que es bueno o malo para sí.

Primero, porque un Estado liberal reconoce que no hay una verdad única que defina lo que es bueno y malo, cada sujeto puede tener una cosmovisión que oriente su actuar; en ese orden de ideas, el sujeto es libre de definir aquello que afecta su esfera privada.

Como era de esperarse, el presidente Iván Duque ha tomado una posición nefasta y cómica sobre el consumo de droga. Fotografía / El País, Cali

El Estado omnipresente

El peligro de definir desde el Estado lo que es bueno, malo, bello o feo ya lo ha mostrado Milan Kundera en sus novelas. Las descripciones de un Estado paternalista –con una lógica de saber lo que es lo mejor para sus hijos, que restringe libertades, establece cánones de moral y belleza– termina por generar un caos en la esfera privada de las personas.

Es tal la mirada paranoica que adquiere un Estado paternalista (totalitario) que incluso una broma puede ser considerada como algo peligroso. El humor, la discrepancia, las diferentes miradas sobre la sociedad son erradicadas de pleno cuando se asume que el estado debe definir que es exactamente lo que más le conviene a cada individuo. Sin lugar a dudas, hay ciertos límites para el actuar del Estado y del hombre.

Es preciso enunciar cómo la Constitución tiene un tras fondo filosófico liberal de peso. Cómo olvidar la máxima que evoca Kant: “atrévete a pensar por ti mismo”. Ahí está la clave del asunto, la sociedad debe formar sujetos que puedan discernir por sí mismos lo que es bueno o malo para sus vidas, el Estado sólo puede ofrecer los medios para que se dé este proceso.

Ahora bien, esto no significa que se caiga en un Estado de anarquía, pues al Estado le compete la función de formar a sus ciudadanos y entregarles los elementos para que puedan discernir por sí mismos lo que es bueno o no.

Aquí la educación tiene un papel central, pero el presidente Duque no está pensando en darle un papel activo a la educación en este proceso. Por el contrario, pareciera que la educación cada vez está más relegada en el proceso de formación de las personas; hoy por hoy la educación de los jóvenes está en manos de las telenovelas, los realities, las redes sociales y las series.

Se hace más difícil aplicar la idea del interés general, cuando la práctica del consumo de la dosis mínima afecta sólo al consumidor que está ejerciendo su derecho a elegir. Fotografía / Protagonistas

Choque de intereses

Por otra parte, uno de los argumentos en contra del consumo de la dosis mínima se haya en que afecta el interés general. Sin embargo, este hecho resulta problemático porque no se puede definir con exactitud cuál es el interés general de una sociedad que se acepta pluralista y no se define en una sola visión de mundo.

Se hace más difícil aplicar la idea del interés general, cuando la práctica del consumo de la dosis mínima afecta sólo al consumidor que está ejerciendo su derecho a elegir.

Diferente es la problemática cuando el consumidor afecta a un tercero, allí se hace necesaria la irrupción del Estado para arbitrar y definir qué hacer. Sin embargo, incluso en este punto, el Estado debe abordar el problema con pinzas, porque debe castigar a quien ha cometido un delito, sí; al tiempo que analiza el problema de la adicción a las drogas y las causas que llevaron al sujeto a caer en ese estado para así ofrecer los medios, si este quiere, para una rehabilitación.

Otro de los argumentos en contra de la dosis mínima se enmarca en un sentimentalismo de doble moral. Ya que muchos reconocen que el mundo de las drogas ilegales lleva a un infierno a las personas y a sus familias.

Sin embargo, cómo hacer a un lado el infierno que trae consigo el alcoholismo que, está comprobado, es la causa de una gran cantidad de muertes. O qué decir de las adicciones al tabaco, al juego y toda esa gama de buenas prácticas que permite la sociedad en tanto tributan impuestos y acaban lentamente con los ciudadanos.

El problema de las drogas ilegales no se resuelve restringiendo las libertades individuales. Es preciso ahondar en las causales sociales, por ejemplo: familias desintegradas que llevan a sus miembros a escudarse en las drogas para soportar la realidad. Una educación que sirve para nada, ya que no estimula el ejercicio del pensamiento y no previene a los jóvenes sobre los peligros de las drogas, tanto legales como ilegales.

Este tema tiene tanto de largo como de ancho. Lo único cierto es que el problema de las drogas no se va a resolver con una política prohibicionista, ya tenemos una larga historia de fracasos y sangre que muestran su ineficiencia. Ante este panorama, y mientras divago por el laberinto de la prohibición y la libertad, suena de fondo una canción de Serrat y me imposible no pensar: Duque, tu nombre me sabe a yerba.