Años atrás, niños y jóvenes querían parecer adultos. Todavía los vemos en los álbumes de fotografías, vistiendo oscuros trajes de paño y calzando zapatos de charol. A su vez, las chicas resultaban pequeñas réplicas de sus mamás: su temprana elegancia y su aire adusto todavía resultan conmovedores.

GUSTAVO COLORADO IZQPor: Gustavo Colorado Grisales
Tardé un buen rato en averiguar quién era el padre y quién el hijo. Caminaba unos cuantos metros detrás de ellos por la carrera séptima de Pereira. Los dos lucían costosas zapatillas de colorines, camisetas ceñidas al talle y pantalones rasgados a la altura de las rodillas. Ah… y gorras de beisbolista vueltas hacia atrás.

Cuando conseguí sobrepasarlos descubrí que el mayor tendría unos cincuenta años, mientras el menor no pasaba de los veinte. La imagen transmitía una curiosa sensación: el muchacho parecía una versión prematura del progenitor. A su vez , este último sugería una caricatura del primero.

Más adelante vi a una mujer bastante entrada en los cuarenta, tratando de parecerse a su hija de quince: las dos llevaban vestidos largos a rayas y calzaban zapatillas converse blancas.

Días atrás contemplé la estampa de una anciana con sobrepeso, embutida en un elástico con palmeras estampadas.

Por supuesto, esas imágenes, que en principio quieren comunicar un mensaje de frescura y hedonismo, solo pueden resultar patéticas.

La razón es simple: todo tiene su tiempo en este mundo.

Bien sabemos que las cosas en apariencia frívolas, entre ellas la elección del atuendo, muchas veces nos dicen más acerca de los anhelos profundos de la gente que los más densos tratados de filosofía.

Si lo vemos así, la obsesión por parecer joven constituye una clave de los tiempos. Dicho de otra manera: queremos llegar a viejos, pero jóvenes. La gente abusa de las vitaminas, va al gimnasio, se practica cirugías, se somete a dietas y viste como si tuviera treinta años menos. Es su manera de embarcarse en la máquina del tiempo.

Años atrás, niños y jóvenes querían parecer adultos. Todavía los vemos en los álbumes de fotografías, vistiendo oscuros trajes de paño y calzando zapatos de charol. A su vez, las chicas resultaban pequeñas réplicas de sus mamás: su temprana elegancia y su aire adusto todavía resultan conmovedores. Esa era su manera de declarar la voluntad de emanciparse del yugo impuesto por los mayores, tejido a punta de autoritarismo y preceptos religiosos. Los muchachos no le temían a a las responsabilidades. Al contrario: querían escapar de casa y por ese camino se afirmaban como dueños de su destino.

En menos de medio siglo las cosas se han invertido. Leo en internet que en Estados Unidos y Europa los jóvenes aplazan cada vez más el momento para marcharse de casa. Si cuatro décadas atrás esas decisiones se tomaban antes de los veinticinco años, hoy tenemos hombres y mujeres de cuarenta, no solo viviendo con sus padres sino a costa de ellos. El mundo empieza a poblarse de adolescentes eternos, encerrados en su concha y eludiendo la responsabilidad de asumir la propia vida. “Nosotros los jóvenes”, le oí decir a un profesional de cuarenta años, que a pesar de tener un pregrado y una especialización a cuestas, se resiste a hacer uso de ella para ganarse la sopa, como todo el mundo.

Les pregunto a varios expertos y, por supuesto, cada quien tiene su teoría. “La sobreprotección de los hijos y los excesivos mimos están educando personas impedidas para enfrentar la vida”, me dice una psicóloga devota de Lacan. “La cultura del consumo y la concepción del mundo basada en los placeres epidérmicos han engendrado una sociedad signada por el miedo al envejecimiento y al deterioro natural que conduce a la muerte”, declara Fabián Díaz , un antropólogo experto en los pueblos del Putumayo. “Eso tiene que ver con la ampliación de las expectativas de vida. Cuando estas eran de cuarenta años una persona de treinta ya era vieja. Hoy, esas fronteras rondan los setenta y cinco años. Es apenas natural que alguien de cuarenta se sienta joven”, me explica Iván, un gerontólogo enfundado en una camiseta del Real Madrid.

Más allá de las muchas razones, Peter Pan está de vuelta, con todo y su hada Campanita. Wendy y sus hermanas rondan por ahí alentando el mito del niño eterno. El problema. El único problema, reside en que el capitán Garfio también anda al acecho, y no sabemos qué se trae esta vez entre manos.

PDT:  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=oAYiuFBqyLE