Su oficio radicaba en el copyleft, decía, en la distribución libre del conocimiento. Por ello sugería acercarse a autores como Raúl Gómez Jattin, Pablo Neruda o Julio Cortázar a través de audiolibros descargados de internet.

 

Por: Gustavo Vargas Ramírez

Un hombre le vendió a Duván Darío Cano su biblioteca personal porque los “ángeles” se lo ordenaron en un sueño. Esa colección terminó distribuida en los anaqueles de la Librería Mito.

En casas del centro de Pereira iniciaba la búsqueda de libros. Eran ejemplares exhibidos en una ventana, apilados en un rincón o amontonados sobre una mesa donde parecían montañas de una maqueta cuyo tema pudo ser un paisaje rocoso. A las librerías llegaron novelas con dedicatorias escritas en las portadas o anotaciones hechas en los márgenes de sus páginas. La Mito fue parte de esa ruta lectora de universitarios y románticos del papel amarillo, y Duván, un joven sacado de algún concierto de Sui Generis, se convirtió en su librero.

Su oficio radicaba en el copyleft, decía, en la distribución libre del conocimiento. Por ello sugería acercarse a autores como Raúl Gómez Jattin, Pablo Neruda o Julio Cortázar a través de audiolibros descargados de internet. Foto / Archivo

La Mito inició en 2006, en la casa esquinera de la carrera Quinta con calle 26. Duván ofrecía obras literarias de Oveja Negra y Seix Barral, enciclopedias incompletas, ediciones viejas de Selecciones y ElMalpensante, y folletos para aprender a tejer. Su oficio radicaba en el copyleft, decía, en la distribución libre del conocimiento. Por ello sugería acercarse a autores como Raúl Gómez Jattin, Pablo Neruda o Julio Cortázar a través de audiolibros descargados de internet. También promocionaba el cine documental e “independiente”, y tenía activa una fotocopiadora sobre la cual su gata, Dotora, dormitaba.

Pero en 2009 llegó la Librería Nacional a la ciudad, luego abrió la Panamericana. Apareció un catálogo de novedades editoriales que ilusionó a los lectores pereiranos. Entonces, algunas librerías del centro, como La Mito, cerraron, y sus libreros, esos estudiantes de literatura o bibliófilos veteranos, dejaron de comprar bibliotecas personales.