GUSTAVOCOLORADODesde que pusieron en entredicho la existencia del mismísimo Dios los científicos se empecinan en no dejar títere con cabeza. Basta con que, después de muchos insomnios y cavilaciones, cualquier mortal encuentre un consuelo para sus desventuras y las del prójimo, para que llegue un hombre de bata blanca y expresión furibunda a  echar por tierra sus ilusiones.

Por: Gustavo Colorado

Leo en una revista de divulgación científica que los fabricantes de perfumes invierten sumas millonarias en desarrollar componentes químicos capaces de despertar los más aletargados instintos sexuales de quienes los perciben. De hecho, en la publicidad de revistas exclusivas para hombres o mujeres se insiste en que los productos anunciados “pueden volver loco al más indiferente”.

Ah, carajo. De modo que las pócimas de brujas no son patrimonio exclusivo de la Edad  Media, me digo mientras pienso, con no poca dosis de desazón, si las historias de amor que me dejaron el corazón hecho trizas durante varias décadas no fueron el resultado de un trance casi místico provocado por los dardos de Cupido, sino el desenlace  ineludible de una conspiración de la industria del perfume  ¿Qué  hacer entonces con los poemas de Pablo Neruda, las canciones de Agustín Lara, las baladas de Nicola di Bari, los versos de Lennon y Mc Cartney o las serenatas con música de Los Panchos? Confieso que me sentí tan estafado como esa remota noche de diciembre cuando descubrí que el Niño Dios no era otro que mi abuelo Martiniano en calzoncillos.

En busca de consuelo, consulto un bestiario medieval  y encuentro la siguiente receta para atrapar de por vida al objeto del deseo:

-5 huevos podridos

– 6 sapos

-3 ojos de ratón

-7 rabos de gato muerto

-2 tripas de buey

– Pelo de la persona amada

Bueno. La verdad, les digo que no se diferencia mucho de lo hallado en un manual de química básica, donde  nos dicen que la Feniletilamina, uno de los detonantes del estropicio amoroso, es una amina aromática muy simple, de fórmula C8H11N, definida como un alcaloide neurotransmisor monoamínico. Nada muy distinto de las recetas de las brujas ¿verdad? Y ni que decir de la dopamina, bautizada como “la droga del amor y la ternura”, en un descarado robo del nombre que el cantante Roberto Carlos les daba a sus conciertos. La verdad, ignoro qué va a pensar de todo esto mi vecino Aranguren, un poeta de Santa Marta convencido de que los de su tierra inventaron esa forma extrema de la desesperación sexual  bautizada como encoñamiento. Dudo de que llegue a aceptar esta verdad amarga: ese estado no es resultado del consumo intensivo de pescado y mucho menos de las propiedades salutíferas del agua de mar. La verdad, puede ser desatado con solo manipular determinada molécula en un laboratorio.

Con ese panorama, ya no sé cuál atajo tomar: si bajar para siempre las persianas de mi corazón, lo que sería una pésima noticia para mi mujer, o renunciar a las explicaciones de la ciencia, cosa que desataría la animadversión de mis amigos racionalistas. Desde que pusieron en entredicho la existencia del mismísimo Dios los científicos se empecinan en no dejar títere con cabeza. Basta con que, después de muchos insomnios y cavilaciones, cualquier mortal encuentre un consuelo para sus desventuras y las del prójimo, para que llegue un hombre de bata blanca y expresión furibunda a  echar por tierra sus ilusiones.

Sí. Igual que ustedes sé que, en su etimología más pura, el verbo seducir es sinónimo de engañar, cautivar, embobar, encandilar, embaucar y una larga lista de vocablos que no es del caso reproducir en esta época del año en que tanta gente quiere sentirse seductora. Pero esto de los perfumes me tiene con la cabeza dando vueltas. Espero me entiendan: no es fácil descubrir a esta altura del camino, a las puertas de la edad provecta, que a lo largo de la vida uno estuvo enamorado de una sucesión de fantasmagorías engendradas por la mente perversa de los expertos químicos de corporaciones tan diabólicas como L´oréal, Coty, Revlon, Puig, Weil, Gaultier o Nina Ricci. Es como para perder por completo la fe en el destino de la criatura humana.