Nació un 12 de febrero de 1949 en el pueblo de Úbeda, provincia española de Jaén. Es un hijo díscolo de esa generación que los sociólogos bautizaron como los “Baby boomers”: los niños de la bomba atómica.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Como buen hijo de policía, no tuvo más remedio que volverse anarquista: fue su manera de restablecer el equilibrio en las fuerzas del universo.

Asfixiado por el olor a sacristía de la dictadura de Franco huyó a Londres. Se ganó el pan de cada día cantando en el metro y durmió a pierna suelta en las bancas de los parques.

En las noches del Madrid de sus entrañas ya había aprendido en  bares y esquinas de faroles rotos todo lo que uno debe saber de la vida.

Una vez se definió como “Un anarquista  incapaz de saltarse un semáforo en rojo”. Cabalgando sobre esa declaración de principios acaba de llegar a  sus primeros setenta años de vida.

Nació un 12 de febrero de 1949 en el pueblo de Úbeda, provincia española de Jaén. Es un hijo díscolo de esa generación que los sociólogos bautizaron como los “Baby boomers”: los niños de la bomba atómica.

Solo que en lugar del paraíso del consumo o las pesadillas de las guerras encontró la poesía.

Y se puso a cantar.

Y no de cualquier manera: sus versos tienen el ritmo perfecto aprendido en la lectura de los poetas del Siglo de Oro español.

De modo que su mala voz, como de papel de lija, pasó a un segundo plano. No la necesitaba para cantar -y contar- maravillas como esta: “Lo que sé del olvido/lo aprendí de la luna/lo que sé del pecado/ lo tuve que buscar/ como un ladrón debajo/ de la falda de alguna/ de cuyo nombre ahora/ no me quiero acordar”.

Pongamos que hablo de Joaquín Sabina, ese poeta enorme que, junto a Serrat, Lou Reed, Leonard Cohen y Tom Waits, también se merece el Nobel por su capacidad para nombrar las facetas más luminosas y oscuras de nuestra existencia.

Y cierro aquí lo del Nobel, para no alentar una discusión con los puristas empecinados en que literatura es solo aquello que viene empacado en libros.

Sumo y  sigo. Como tantas cosas bellas de mi vida, fue mi hermano Juan Carlos Pérez quien me puso en las manos un vinilo titulado Hotel dulce hotel: toda una refutación de las improbables seguridades de la institución matrimonial.

Corría el año de 1988. Desde entonces no he dejado de frecuentar ese cancionero en el que las delicias del amor furtivo conviven con su devoción por el Atlético de Madrid y por los bares de copas; con su amistad a prueba de fama con Joan Manuel Serrat –“Mi primo el Nano”–  y sobre todo con un espíritu indomable que se enfrenta con versos a todas las formas del poder, es decir, de la podredumbre que nos rodea por todas partes.

Esa resistencia lo llevó a  celebrar la marginalidad, porque, más allá de los discursos políticos, son los orilleros, los que viven a salto de  mata, quienes realmente  desafían al poder un día sí y otro también.

Por eso compuso esta suerte de oda titulada Que demasiao:

Macarra de ceñido pantalón
Pandillero tatuado y suburbial
Hijo de la derrota y el alcohol
Sobrino del dolor
Primo hermano de la necesidad
Tuviste por escuela una prisión
Por maestra una mesa de billar

Te lo montas de guapo y de matón
De golfo y de ladrón
Y de darle al canuto cantidad
Aún no tienes años pa votar
Y ya pasas del rollo de vivir
Chorizo y delincuente habitual
Contra la propiedad
De los que no te dejan elegir

Es esa forma de oscura belleza la que le ha asegurado un lugar en la historia personal de quienes, a pesar de que parecen haber “triunfado en la vida”, intuyen el engaño. De los que recorren el camino abrumados por la sospecha de haber sido timados en algún recodo y por eso se duermen cada noche recitando los versos de una canción bella y afilada como un cuchillo de pedernal:

“Pero si me dan a elegir/ entre todas las vidas/ yo escojo/ La del pirata cojo/con pata de palo/con parche en el ojo/con cara de malo/ el viejo truhán capitán/ de un barco que tuviera por bandera/un par de tibias y una calavera”.

Pongamos que hablo de Joaquín.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada