Mamerto: esa es la chapa que les ponen en este país paranoico a los disidentes. Poco importa  si, como en mi caso, nunca he militado  en nada. Ni siquiera en las barras bravas del Atlético Nacional. Y eso  ya es mucho decir.
Por: Gustavo Colorado Grisales 
No sorprende pero si abruma la intensidad  con que el presidente Iván Duque en particular y los áulicos de su gobierno en general se refieren al anunciado paro del 21 de noviembre como una amenaza para el destino de Colombia.
Una suerte de parteaguas  que puede arrojarnos  al abismo de una vez por todas.
Como si no lleváramos siglos cayendo por un desfiladero que parece no tener fondo.
Editorialistas, columnistas, dirigentes gremiales, parlamentarios, voceros de una abstracción conocida con el nombre de “Sociedad civil” y hasta comentaristas deportivos duchos en incendiar estadios y avivar fanatismos aventuran una cartografía del desastre en la que siempre el rol de malos lo juegan los disidentes   y “ los agitadores profesionales”, según la jerga utilizada por  muchos de los llamados “ líderes de opinión”.
De ahí  a poner a  los líderes de la protesta en la mira de los francotiradores media  un solo  paso.
Y dije que no sorprende porque al fin y al cabo padecemos el tercer capítulo del  gobierno de Álvaro Uribe, un hombre que, valiéndose de un lenguaje apocalíptico  y  multiplicado por una prensa comprada y arrodillada, logró  crear el el clima mental necesario para erigirse en salvador y por ese camino criminalizar toda forma de protesta social.
La misma que ahora quieren regular, para que los inconformes marchen en formación marcial el día y la hora autorizados por el régimen.
Por lo visto, el 21 de noviembre no hace parte de ese calendario.
El resultado salta a la vista: los consumidores diarios de información, entre ellos varios vecinos y compañeros de trabajo, se refieren al anunciado movimiento del 21 de noviembre con mal disimulado sentimiento de aversión.
Es más: me miran como  a un apestado cuando les digo que no sólo estoy de acuerdo: también participaré en los actos de ese día. No importa si insisto en que, bajo cualquier circunstancia, mi participación  será pacífica y respetuosa.
Les da igual. Para ellos ya cambié de estatus sociopolítico: en cuestión de segundos pasé de mamerto de facto a criminal en ciernes.
Mamerto: esa es la chapa que les ponen en este país paranoico a los disidentes. Poco importa  si, como en mi caso, nunca he militado  en nada.
Ni siquiera en las barras bravas del Atlético Nacional.
Y eso  ya es mucho decir.
De  modo que cuando me preguntan las razones, les respondo con dos palabras:
Por dignidad.
Crecí  oyendo a mis abuelos maternos contar historias de horror todas las noches a la lumbre de  una vela de parafina: los relatos de pesadilla que los verdugos les tatuaron en el alma y la piel durante  la  interminable noche de la violencia liberal- conservadora.
La misma noche a la que pretenden devolvernos de un solo golpe  los nuevos despojadores.
Antes de  cumplir diez años aprendí que política y mentira son dos vocablos sinónimos. Fue el 19 de abril de 1970. El día en que el primer Pastrana le birló las elecciones a Gustavo Rojas Pinilla.
Que tampoco era gran cosa, aclaro: sus nietos presidiarios pueden dar fe de ello.
Apenas cuatro años más tarde supe que el presidente López Michelsen, hijo de aquel de “La revolución en marcha”, había ordenado que el trazado de una importante carretera   nacional pasara por una finca de propiedad de su familia en los Llanos orientales.
El nombre de la propiedad es una joya  de ese humor británico que tanto  le gustaba  presumir a López: “La libertad”.
Van dos.  Y yo todavía no cumplía los quince años.
Luego  cruzamos un tenebroso pasadizo: el mandato de Julio César Turbay Ayala. Un astuto político  de voz gangosa y panza de Pantagruel,  que con su Estatuto de Seguridad  se aseguró el dudoso honor de ser el pionero de la Seguridad  Democrática.
El horror volvía a tocarme de cerca: apenas contaba  veinte años. Otras formas de locura acababan  de matar a Lennon  en el vecindario del Central Park y yo perdía, secuestrada, torturada  y desaparecida, a Ana Lucía Oquendo, acaso mi primer gran amor, para utilizar una expresión cara a una época en la que esas cosas le daban sentido a la vida.
¿Su delito?  Haber puesto  su conciencia crítica y sus conocimientos de derecho al servicio de los excluidos.
Igual que hoy.
Pero la horrible noche  no  cesa allí. El turno fue para Belisario Betancur. Un  mandatario gramático arrastrado por el torbellino de su pusilanimidad.
Ya nunca lo sabremos, pero durante los días de la retoma sangrienta  del Palacio de Justicia a lo mejor protagonizaba una de sus frecuentes escapadas a Pereira, donde se ahogaba en aguardiente y entonaba bambucos destemplados en compañía de su amigo Luis Carlos González.
A Betancur lo sucedió  Virgilio Barco, un hombre que,  como el país entero, perdió la memoria.
Cuando la recobramos era tarde: con César Gaviria en el papel de ventrílocuo, estábamos  en las garras del catecismo neoliberal, el manual diseñado  para promover  la religión del mercado.
La misma que  nos  redujo  a la miserable condición de autistas  dedicados al acto reflejo de producir, consumir y desechar: la triste impronta del homo economicus.
Como ven, nos vamos acercando al día de la marcha y sus muchas justificaciones.
 Continúo entonces: la estulticia de Andrés Pastrana, un presentador de televisión devenido presidente. Con esto queda dicho todo.
Y el reinado de Álvaro Uribe  y su joya de la corona: ese inaceptable eufemismo de los falsos positivos para referirse  a crímenes de Estado.
Ah bueno, antes de llegar al tercer capítulo de Uribe  estuvo Santos con su hábil juego de la egopolítica, Nobel incluido.
Hasta que llegamos a este  noviembre lleno de lluvias y presagios.
Aquí tenemos al presidente copando todas las  pantallas, todos los micrófonos, todas las portadas… y los portales.
Como un profeta monomaníaco- perdón por la necesaria  redundancia- no  cesa de advertirnos sobre los peligros de la protesta social.
Lo comprendo: igual que  sus áulicos  debe haber visto demasiadas imágenes de televisión sobre  las movilizaciones en Chile,  Ecuador, Gran Bretaña, Hong-Kong y otras turbulencias del mapamundi.
Puros movimientos instigados por los mamertos, los castrochavistas y hasta por un fantasma que se suponía muerto y enterrado: El comunismo internacional.
Ni siquiera    se han  tomado la molestia de advertir lo obvio: que esta gente está lejos de querer cambiar el mundo. Sólo aspiran a una participación moderada en el pastel.
No están movidos por ideologías o por doctrinas políticas. No por casualidad en Chile adoptaron a modo de himno una cancioncilla ligera de los ochentas: El baile de los que sobran.
Pero ni siquiera eso puede permitirse el modelo  económico en sus versiones más tardías. Como un perro que entierra los huesos y de repente  pierde el sentido del olfato, está dispuesto a extinguirse en su propia ley: consume y cállate.
Y yo, que no soy consumidor, tampoco quiero callar.
Es cuestión de dignidad ¿Saben?
Y esas cosas no se negocian.
PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.