Y cuando ya esté tranquilo de que gobernando a punta de terror y motosierra contra campesinos, dirigentes opositores y estudiantes –que serán sus hijos, sobrinos, hermanos, amigos y vecinos– es una manera honorable de gobernar, marque la casilla de Iván Duque.

 

Por: Daniel Jiménez Cardona

Antes de leer las siguientes líneas, quisiera que el lector preste atención a una corta lista de lo que no va a encontrar en este artículo: no va a encontrar un discurso veintejuliero; no va a encontrar ríos de tinta sobre heroicos eventos de los grandes próceres nacionales; no va a encontrar grandes reivindicaciones sindicales, por más justas que sean; tampoco encontrará un elogio del marxismo o de la obra de Lenin en la Unión Soviética; tampoco encontrará análisis sobre Fidel Castro, el “Che” Guevara o la Revolución Cubana, por tentador que eso sea; y no encontrará grandes teorías sobre cómo el mundo puede ser mejor si elige este o aquel mesías, colombiano o extranjero, terrestre o enviado desde los Cielos mismos. Si busca estas cosas, mejor no pierda su tiempo y busque otro artículo. Cualquiera, da igual.

Lo que le voy a contar es una breve historia. Una historia de personas comunes y corrientes en tiempos muy difíciles que vivió nuestro país y que, probablemente, regresarán, a la manera de la condena de Sísifo, obligado a empujar una piedra gigante hasta la cima de una montaña, que luego cae al comienzo de la misma y él tiene que repetir la hazaña, una y otra vez, hasta el fin de la eternidad, si es que se puede hablar de tal cosa.

Esta historia en realidad comenzó mucho antes de que quienes pasamos por este episodio naciéramos. Comenzó con la ascensión de Bolívar al poder, en un tiempo en que lo que pisamos no se llamaba Colombia, y Venezuela y Ecuador no existían.

Aquel tiempo en que nuestros antepasados criollos se negaron a compartir el poder con otros de nuestros ancestros, los que lucharon directamente en la Guerra de Independencia. Por ese tiempo comenzó esta historia. Que no crea el lector que comenzó a principios del siglo actual.

Este episodio (porque es eso, tan solo un episodio de toda la historia a que me he referido) tuvo lugar en agosto de 2008. Éramos jóvenes llenos de ilusión y deseos de cambios para nuestra nación.

Jóvenes iguales que otros jóvenes, esos que se asoman a veces de generación en generación para ver por qué hay tanto ruido tras los cristales de la habitación donde realizan sus tareas de matemáticas o escriben un trabajo para x o y materia.

Estábamos en lo que llamamos una Asamblea General de Estudiantes. A quienes no sepan qué es eso, les diré tan solo que, en nuestros tiempos, allí no se discutía de manera específica quién le iba poner el cascabel a los gatos corruptos de turno y encendería la llama de la revolución socialista. Me han contado que años antes hubo discursos sobre esos temas, pero no los presencié y por tanto no puedo dar fe de ello.

En fin, sin rodeos, a la historia. Ese agosto de 2008 nos encontrábamos en la cafetería de una universidad pública colombiana, tan normal o no como puede ser cualquiera otra en nuestro país, celebrando una asamblea.

La situación de la universidad en aquel entonces era crítica. Así que discutíamos sobre qué diablos podríamos hacer para darle la vuelta a la misma. Esa universidad era la UTP, Universidad Tecnológica de Pereira.

Estábamos en la cafetería, como digo, y, lamentablemente, e ignoro por qué razón, se comenzaron a presentar enfrentamientos entre unos jóvenes y la policía antidisturbios, ESMAD.

Y digo “unos jóvenes” porque nadie nunca supo si eran o no estudiantes, pues en aquella época hubo grupos violentos (por usar un eufemismo) que se hicieron pasar por tales, para darles excusas a las fuerzas armadas para ingresar al campus, acabar con todo aquel que no vistiera de negro de pies a cabeza, es decir, como ellos, y además armados hasta los dientes.

Usualmente, en el camino destruían todo y al otro día la primera plana de los periódicos decía cómo unos perniciosos estudiantes habían sido los culpables de los destrozos.

Todo se tornó color de hormiga cuando empezamos a escuchar explosiones más cerca de la cafetería y, a los pocos minutos (no más de 5), los gases lacrimógenos nos alcanzaron y tuvimos que huir hacia abajo, a “Deportes”, detrás del gimnasio junto al cual hay un campo de fútbol.

Sí, tuvimos que huir, aunque no estábamos en ninguna clase de enfrentamiento físico con las “fuerzas del orden”. Allá abajo, pensábamos, no nos atacarían, pues verían que no estábamos en plan de combate o con deseos de emular la Revolución Libertadora. ¡Qué ingenuos!

En menos de lo que canta un gallo vinieron por nosotros, ya no solo con gases lacrimógeno, sino también con gas pimienta. Tuvimos que salir de la universidad, huir por nuestras vidas, no de manera figurativa sino literal.

Recuerde el lector que en aquel tiempo muchos jóvenes “desaparecieron” en Colombia y otros fueron presentados como dados de baja en combate, con las botas al revés y uniformes nuevos de, supuestamente, guerrilleros.

Por supuesto, poco después las incongruencias entre las historias contadas por quienes entrenan en aquellos campos al frente de los cuales hay carteles que dicen que en nuestro país sí hay héroes, y las imágenes mostradas, alguien se dio cuenta de que las cosas no cuadraban y al día siguiente estalló el escándalo de los “falsos positivos”. Temíamos a eso y a otras cosas que prefiero no mencionar por decencia. Por eso huimos.

Junto con otros compañeros me oculté en la bolera de Comfamiliar. Sí esa que queda al lado de un colegio público en el que probablemente sus hijos estudian. Pensábamos que como era propiedad privada no se atreverían a atacarnos, ni mucho menos a destrozar ese lugar; pensábamos que la respetarían porque al día siguiente de eventuales destrozos tendrían problemas con los propietarios. ¡Ingenuos otra vez!

Aunque las puertas eran seguras y estaban bien cerradas, aquellos hombres llegaron golpeándolas con tal fuerza que las empleadas de la cafetería, llenas de miedo, las abrieron.

Lo que ocurrió a continuación solo puede describirse como el terror de un conejo cuando siente que un perro rabioso va tras él. Entraron profiriendo toda clase de improperios, destrozando vitrinas, mesas, sillas y, ya adentro, apaleando sin piedad a hombres y mujeres por igual, sin bajarnos de hijueputas.

Yo me encontraba en la parte de atrás con los brazos en alto, en señal de que no andaba en plan de enfrentarme a aquella jauría. Pero como eran rabiosos, no pensaban en convenciones internacionales de derechos humanos, ni en la Constitución, ni en su propio código de conducta, ni en nada, en realidad. Solamente en la forma más cruda posible de atrapar a sus presas.

Lo sé porque vi sangre y, por lo tanto, tuve por primera vez conciencia de mi propia mortalidad. Fue mi primera muestra del sabor de la guerra dirigida por una dictadura.

Después de todo eso, nos llevaron al andén contiguo a la bolera. Llegó un teniente en uniforme tradicional, es decir, sin la protección de los antidisturbios. Nos dijo que no estábamos detenidos, pero tampoco podíamos irnos.

A continuación, uno de los pertenecientes al ESMAD nos ordenó seguirlo. Como el teniente, el único a quien podía verle el rostro, no decía nada, y pretendían llevarnos por la parte más oscura del camino alrededor de la cancha, yo, sabiendo el prontuario de estos héroes y habiendo mujeres entre nosotros, sin saber exactamente por qué (quizás fue la adrenalina que dicen que sube en esos momentos en quien se encuentra en situaciones de alto riesgo) tomé la voz del grupo y dije: “Nos vamos con el teniente”, “¡Qué camine!” reiteró el tipo (no sé de qué otra manera llamarlo), a lo cual yo contesté con la misma frase, solamente que con más energía, procedente quizás del pánico más que de una valentía que nunca he tenido: “¡Nos vamos con el teniente!”.

Yo sabía qué cosas habían ocurrido en situaciones similares en otros lugares del país, no solamente en las universidades, y qué se podría esperar de encapuchados con órdenes del gobierno de la época (porque siempre que se usaba el término “encapuchados” era en los medios de comunicación, si así se les puede llamar, para referirse a supuestos estudiantes a quienes no bajaban de “guerrilleros”, con todo lo que eso implicaba), de ahí mi intención de evitar ir solos por el camino más oscuro.

A continuación, nos condujeron atravesando toda la universidad, desfilando como criminales expuestos a la deshonra de nuestros compañeros y amigos en ella, incluyendo a todos sus trabajadores.

Luego nos montaron en una camioneta en una esquina a las afueras del campus, cerca de la estación de donde salen los autobuses a La Virginia. Allí nos filmaron, tomaron fotos y pidieron nuestros datos.

Sí, exactamente lo mismo que usted ve en las películas de acción o similares, en la comodidad de su casa, mientras bebe una cerveza de buena marca o un vino de excelente cosecha.

Solamente que esto no era ninguna película; era la gran puta realidad y los demás colombianos decían, por aquel entonces, que los estudiantes que queríamos un cambio no éramos más que unos vagos y guerrilleros que no teníamos nada mejor que hacer que enfrentarnos a los héroes de “Dios y Patria”.

Yo pienso que no creen en Dios y que ignoran el significado de la palabra “patria”. Porque “Maldito el soldado que apunta su arma en contra de su pueblo”, dijo Bolívar.

En fin, allí estuvimos por varias horas. Cerca de tres. Días después supimos que ese día algunos compañeros que lograron escapar a la vil persecución comenzaron a hacer cuentas y nos echaron en falta.

Tenían nuestros nombres, pero no sabían dónde estábamos. Fueron a la UPV (antigua UPJ, Unidad de Policía Judicial) a preguntar por nosotros y la policía les dijo que no sabían nada de nosotros, mientras sus colegas nos tenían detenidos ilegalmente en esa camioneta. En otras palabras, estuvimos “desaparecidos” durante varias horas y, si usted leyó u oyó algo de noticias en la época, sabrá qué les pasaba a los desaparecidos.

Hasta aquí la historia. Sea lo que sea que esté pensando, quiero que recuerde quién gobernaba en ese entonces. Como dije, era agosto de 2008: el presidente era Álvaro Uribe Vélez, en la mitad de su segundo mandato.

Durante su gobierno, estas cosas no nos pasaron solamente a nosotros. Les pasaron a campesinos, a periodistas, a dirigentes opositores y a pueblos enteros; la historia del pueblo que cercaron entre Ejército y paramilitares, donde cercenaron a punta de motosierra a muchos de sus habitantes mientras bebían cerveza y escuchaban vallenato no es un cuento gótico, una escena sacada de una novela negra, ni una leyenda urbana, y mucho menos un chiste de pésimo gusto. Esa historia realmente ocurrió.

Esa fue la manera en que gobernó el ahora expresidente Uribe: a punta de motosierra, desapariciones, desplazamiento forzado, “falsos positivos” y, cuando menos, espionaje a opositores, incluso en las altas cortes.

Usted dirá que eso es pura carreta, mentiras, inventos de izquierdistas nostálgicos del comunismo soviético. Usted es libre de pensar y decir lo que quiera, pero yo le digo lo que nosotros, como pueblo que éramos, vivimos o, más bien, padecimos, mientras nuestros compatriotas fuera de las universidades y en las urbes veían las repeticiones de “Betty la Fea” o el programa “La Noche”, de Claudia Gurisatti, por enésima vez, donde ella entrevistaba al honorable presidente (¿por cuarta o quinta vez? Ya no me acuerdo).

Contada la historia en el contexto descrito, procedo a sugerirle por qué votar por Iván Duque el próximo domingo 17 de junio de 2018. Digo la fecha exacta porque, para bien o para mal, marcará un punto de quiebre en la historia de nuestro país.

Atreviéndome a hablar en nombre de quienes vivimos todo lo narrado, le ruego que nos haga un favor. En cuanto cartel de campaña de Duque vea, junto Álvaro Uribe o Martha Lucía Ramírez, Ministra de Defensa del expresidente en su primer mandato, mírelo a los ojos; interrogue su mirada y pregúntele, aunque no le conteste, qué va a hacer por, o, mejor dicho, con sus hijos, sobrinos, nietos, hermanos, amigos y vecinos desde el día en que se posesione con el apoyo del partido dirigido con mano de hierro por el mismo Uribe Vélez.

Mírelo una y otra vez, interrogue también su sonrisa y pregúntese de quién o por qué causa se ríe. Recuerde que ese es el candidato que ganó la propuesta de muchos colombianos que dijeron que votarían “por el que diga Uribe”.

Teniendo en cuenta esa frase, pregúntese realmente quién va a gobernar. Observe y concéntrese en esa mirada una y otra vez. Y el domingo, frente al tarjetón, con las ideas claras en su cabeza, piense cómo nos va a salvar de terminar como Venezuela, del castrochavismo o de la maldad que las crecientes iglesias evangélicas llaman “ideología de género”.

Esa reflexión no toma más de 10 segundos, los mismos que le toma ir al cubículo en el que va con la pieza de papel con las imágenes y logotipos de los candidatos. Mírelo por última vez.

Y cuando ya esté tranquilo de que gobernando a punta de terror y motosierra contra campesinos, dirigentes opositores y estudiantes que serán sus hijos, sobrinos, hermanos, amigos y vecinos es una manera honorable de gobernar, marque la casilla de Iván Duque. Estaremos a salvo de cualquier desastre, su conciencia estará en paz y el futuro de Colombia estará sellado.