¿Hacia dónde se dirigen esas criaturas cuya locura es apenas un avatar de quienes las crearon y las pusieron a viajar por  el mundo? (…) Supongo que el joven ensayista y cronista Camilo Alzate se planteó  esa pregunta a la hora de sentarse a escribir sus breves y reveladores textos, compilados en un trabajo titulado La escritura y el viento…

 

Por Gustavo Colorado Grisales

Es un tópico decir que la gran literatura es una interminable procesión de sombras que se buscan a sí mismas entre los meandros de las palabras.

Pero qué le hacemos si los cuentos, las novelas, los poemas, las crónicas y los ensayos están allí para recordárnoslo.

De  Helena de Troya a Alejandra Vidal Olmos. De El Cid Campeador a Melquiades y del Moisés bíblico al santo borrachón de Joseph Roth.

De hecho, Ernesto Sábato  escribió un libro cuyo título resulta redundante sólo en apariencia: El escritor y sus fantasmas.

¿Hacia dónde se dirigen esas criaturas cuya locura es apenas un avatar de quienes las crearon y las pusieron a viajar por  el mundo?

Nos preguntamos al llegar a la palabra final de un libro.

Porque en la gran literatura el final es apenas otro comienzo: igual que Ulises al regresar a esa Ítaca que ya no es suya.

Supongo que el joven ensayista y cronista Camilo Alzate se planteó  esa pregunta a la hora de sentarse a escribir sus breves y reveladores textos, compilados en un trabajo titulado La escritura y el viento, obra que resultó ganadora de las convocatorias de estímulos de la Secretaría de Cultura de Pereira en el año 2018.

El viento va y viene. Viene y se va.

En ese trasegar cuenta cosas, igual que las palabras.

Son trece ensayos breves los que conforman las ciento dieciséis páginas del libro.

En el recorrido pasamos de algunos de los escritores claves en la formación literaria de Camilo Alzate a su particular visión del mundo desde el sillín de una bicicleta.

Tal vez por eso en el primer ensayo titulado Oyendo la  hierba nos deja claro que no hay vida sin paisaje. Y por lo tanto, tampoco puede haber literatura sin el aliento del agua, de los árboles y de la tierra.

O de  esa otra forma del paisaje que son los edificios, las esquinas, los parques y los transeúntes anónimos de las grandes ciudades.

Por eso en su devocionario personal un escritor como Paul Auster ocupa un lugar central: es el narrador de un mundo forjado con los fragmentos de mil espejos rotos: las vidas de quienes transitan un laberinto tan inexpugnable como el de la vieja Creta: las calles de  Nueva York.

Así de a poco, pedaleando las palabras igual que Alzate en su bicicleta nos aproximamos a aspectos primordiales del mundo a través de una canción de Lucho Bowen escuchada en un granero del centro de Pereira: esas imágenes que llegan a nuestros sentidos colgadas de un gancho  que se balancea en el tiempo.

Otro pedalazo y estamos ante su visión del García Márquez esencial: el que tradujo en novelas nuestras infinitas formas de un delirio que, todavía hoy, nos permite adivinar el futuro en el lomo de los peces del Caribe.

Una  leve escalada y nos topamos con esa bella forma del absurdo cifrada en un libro de Melville, vencedor de ballenas blancas.

Un premio de montaña y asistimos a  su valiente vindicación de la vida y obra de Eduardo Galeano, un escritor  despreciado por las élites de la literatura. ¿Su pecado? Permitir que la indignación política circule en libertad a través de sus libros.

Como si todo texto no fuera, en el fondo de sí mismo, político.

Y así vamos rodando por un paisaje en el que, de repente, los frailejones conviven con los cañaduzales y los ciclistas -anónimos o célebres- comparten el dulce y amargo sabor del viaje con novelistas como Emile Zola, poetas como Francisco de Quevedo o músicos salseros como Ray Barreto.

La vida, la literatura, están hechas de esos amores incestuosos.

Al final de la jornada, entre La escritura y el viento encontramos una declaración de principios como ésta, consignada en una de las solapas del libro:

La escritura se parece a rodar en bicicleta. Nos va la vida tirando para acabar una página. Uno aguanta, resiste, borra, aguanta. Vuelve a borrar. Casi nunca llega como quisiera. Uno prueba a ver qué. Cualquier historia sucede  durante la ruta, pues el final es pura disculpa.

En realidad el final  nunca ha importado. Ya lo han dicho tantos que se volvió  tópico: para el viajero la gran recompensa es el camino.

Sobre todo si, como  sucede con la gran literatura, el camino es transitado una y otra vez por una procesión de sombras, más consistentes en todo caso que muchos seres de carne y hueso.

Eso es lo que nos dice  Camilo Alzate a través de estos “Ensayos, tanteos y errores”, como bien lo precisa en el subtítulo de su libro.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.