A mí me gusta provocar y esto último lo digo para enojar a los últimos románticos del mundo. Nada más dulce, amoroso y romántico que creer que la materia es esencia mística, respiración quintaesencia del dios Zeus, Apolo, Khrisna, Buda, Alá y ¿Dios?
Por: Simón Blair
Se puede ir de camino en camino, viajando de país en país y simplemente dejar pasar el tiempo; soñar con solo ser hoy y nada más y así ir circundando la idea de lo que pensamos de una manera completamente innata, que no logra alcanzar la entereza de una idea fundamentada en la información y la erudición de las que ustedes, queridos amigos, no lograrán ver en estas palabras. Tal vez las ideas innatas -¿qué otras palabras para definirlas?- se logran convertir en grandes pensamientos de grandes hombres cuando se inicia la búsqueda del conocimiento de las preguntas que se hacen y que nacen, digámoslo así, de ninguna influencia anterior. Y todo lo dicho anteriormente es el fruto de una idea innata. Así que juzguen todo lo que deseen, porque no estoy respaldado por la ciencia.
Estas ideas innatas, lo creo así, tienen su tinte místico y por los tanto fatídico cuando en las profesiones se involucra algo externo a nosotros mismos. Por ejemplo, es muy común escuchar en las calles: “Gracias a dios terminé siendo esto y no aquello” “Gracias a nuestra divinidad por el trabajo del que hoy soy objeto”, aunque el orador de esta última frase sea un sicario o todavía a sus cincuenta años viva con su madre y no haga nada. Leí por ahí, por ejemplo, que la profesión de minero tiene muchísimas supersticiones: desde un duende que se aparece entre las montañas de oro hasta esposas que se ven obligadas a conseguir marido para… estoy inventado (me aburren esas lecturas). Pero supersticiones sí tienen aunque no tantas como las que encierra el oficio del escritor.
Los románticos, por ejemplo, creían que una divinidad (los románticos de ahora son los religiosos: ¡Víctor Hugo se retuerce en la tumba!) era la que ofrecía, en dulces rosas de algodón las ideas que se materializaban en la palabra. Las musas, por ejemplo, sirenas, bellas y amables se transformaban en el árbol, el pájaro, la nube y el arrebol que el poeta desde su ventana logra ver y convertir en símbolo. Nada más romántico que la realidad. A mí me gusta provocar y esto último lo digo para enojar a los últimos románticos del mundo. Nada más dulce, amoroso y romántico que creer que la materia es esencia mística, respiración quintaesencia del dios Zeus, Apolo, Khrisna, Buda, Alá y ¿Dios? Esta provocación es para que les exploten los sesos.
Sin embargo, y como considero no existe pregunta alguna que no valga la pena ser escuchada, replanteada y si es posible, resuelta. Así que preguntarnos ¿por qué somos esto? ¿Cuál es el objetivo de permanecer anclado a una determinada actividad? ¿Quién impulsó en mi cerebro (corazón, dirán algunos) lo que ahora hago sin esmero o con él? De hecho no está mal, el progreso no tiene otra base que las cuestiones y no tiene otra solución que uno de los más altos valores: la curiosidad.
Muchos escritores modernos lo creen. Sin citar nombres y apellidos puedo decir que ellos declaran en entrevistas que “son escritores porque desde el primer momento que vi la luz de este mundo fui llevado al estudio de la casa y todo a mí alrededor, inmutable, eran estantes llenos de libros”. ¿Nada más supersticioso que eso, no?
Los lectores de hoy serán los parapsicólogos del mañana. ¿Por qué las personas se sienten tan cómodas ofreciendo explicaciones de este tipo para responder las preguntas de nuestra conducta? En la literatura resulta un poco paradójico: si la literatura es el alma de la rebeldía, si ella solo es el arma de la inconformidad, ¿por qué explicar esa causa con términos religiosos o divinos? Si los escritores son la divinidad del libro y son conscientes de su ficción, ¿por qué, entonces, decir lo mismo de la vida? Estos escritores aceptan el principio de la contingencia; cosa que yo no veo necesaria. Se podrá decir que somos también la ficción de un Creador, pero y ¿dónde está? Pareciera que no le importara tanto la fama como al autor que sí publica libros con su nombre propio y que, en cambio, fueran sus personajes (los seres humanos) quienes reclaman su existencia, su anhelada autoría. ¡A quién le importa quién escribió el Mio Cid, El lazarillo de Tormes o Las mil y una noches! (a los historiadores, pero solo como dato).
También se conoce la causa materialista (que yo veo más viable) del origen de las profesiones; aquella que dice que solo a través del trabajo y la dedicación se puede alcanzar grandes cosas. Un músico no se sienta al piano por primera vez y logra sacar las más grandiosas notas de alguna obra maestra y lo mismo sucede con el escritor: nunca escribe, nunca lee, pero le da algún día por sentarse en su escritorio y escribe en una noche la obra, no logra conciliar el sueño, al día siguiente llama a un editor y éste, el primero en contestar, lo invita a su oficina y después de media hora de conversación le da un sí al libro. Es seguro, las probabilidades son máximas, de que él sí será un escritor, pero de los malos. Por esa razón no me gustan aquellos que se sientan ante el papel en blanco y se quedan observándolo durante cinco horas hasta que finalmente puedan escribir Erase una vez (creerán que son inspiración de la Musa). Las ideas, las grandes ideas, no nacen sin un aviso previo de la constancia y de la contraargumentación del individuo.
A Vargas Llosa no lo convence totalmente esta explicación sobre el origen del escritor (aunque aquí se aplique en un sentido más amplio) y dice que es necesario una idea anterior a la dedicación, es decir, y como lo expuse al principio, la idea innata de querer se escritor. La idea que da cuerda a la idea siguiente, para que ésta, como la ficha del dominó, derrumbe todas las demás. He pensando en todas las posibles formas de decir no a este argumento, pero creo que Vargas Llosa tiene razón: es el romanticismo, el espíritu de rebeldía, es el ideal materialista del esfuerzo que combinados logran explicar el origen del oficio. Romanticismo sí, pero sin ninguna base supersticiosa más que la del ser humano y su conciencia de vivir en un mundo mejor o menos cruel que éste y nada de místico esconde este enunciado.
Como creo, posiblemente estas palabras serán revaluadas algún día por el vertiginoso avance del conocimiento humano y sus implicaciones: solo pueden ser muestras de agradecimiento a la ciencia y a las personas que invierten en ella. Cuando el cerebro humano quede totalmente, o bueno, casi descubierto, diré desde la tumba: gracias. Y al diablo las musas.


