¿QUÉ HACE LA LITERATURA EN NOSOTROS?

Pues si leer es un acto religioso; la literatura, por su parte, es la auténtica manifestación de un milagro…

  

Por / Jhonattan Arredondo Grisales

Esta pregunta, sencilla en apariencia, la hizo un joven librero hace un par de semanas en una conversación acerca de la labor de las bibliotecas durante el confinamiento. Recuerdo que en ese momento, después de una oportuna interrupción, la inquietud pasó desapercibida. Los desaciertos —decía mi antiguo profesor de teatro— a veces se convierten en aciertos. Seguramente, si se hubiese contestado, la profundidad que ameritaba una posible respuesta se resumiría con cualquier frase al azar. Pero no fue así y dicha pregunta, como un tábano, se quedó aguijoneando mi cabeza.

Quienes conocen mi devoción por la literatura saben que en mi mesa de noche no faltan los libros. Suelo tener a la mano ejemplares de diferentes géneros: poesía, novela, ensayo, cuento y alguna revista que siempre dejo a medias. Con el paso del tiempo este hábito para solitarios se ha convertido en una actividad ineludible. Friedrich Hölderlin, por ejemplo, es una especie de guía espiritual que me acompaña desde hace varios años. Si mis tías no duermen cuando olvidan rezar sus oraciones a las ánimas benditas del purgatorio, lo mismo me sucede a mí cuando no leo alguno de sus poemas. Leer es un acto religioso.

Esa noche, antes de dormir, recordé a mi padre. Ausente desde hace medio año, su imagen, cada vez menos precisa, llega con frecuencia a mis pensamientos. Es como si me mirara desde el fondo neblinoso de un lago. Sin embargo, a veces creo que está aquí y que en algún momento atravesará la puerta de la calle. Puedo oír sus pasos, el sonido de su enigmático llavero, la negra precisión de las cerraduras. Luego, imagino que al pasar por mi habitación, silencioso, correrá las cortinas para hacerme una seña y avanzar hacia la cocina en busca de un trago de café.

Tal vez esta anécdota que acabé de mencionar sólo sea una excusa para retener en mi memoria la imagen de mi padre; para decirle, a través de unas cuantas palabras, que sigue aquí, conmigo, mientras tecleo las veintisiete letras del alfabeto intentando entender el animal de oscuros apetitos que me azuza detrás de los cristales. Pero también es una manera, inútil, dirán quienes apenas ven molinos donde sólo hay gigantes, de decirle que todo está bien. Es algo disparatado, lo sé, pero a su vez es una manera de cruzar las tinieblas. Como dijo la poeta norteamericana Emily Dickinson: “I dwell in Possiblity”. “Habito la posibilidad”. ¿Y qué tiene que ver todo esto con la pregunta inicial?

Jules Renard escribió en su diario el 5 de octubre de 1982: “La muerte de los demás nos ayuda a vivir”. Y es cierto: desde que mi viejo no está, cada mañana, sin falta, despierto con el propósito de construir con el lenguaje —quiero decir, con los misterios del lenguaje— la casa que él construyó con sus propias manos. Debo estudiar el terreno, concebir la obra, trazar los planos. Especialmente, ver donde los otros no ven. Pues si leer es un acto religioso; la literatura, por su parte, es la auténtica manifestación de un milagro: nadie puede impedirnos imaginar lo que queramos, incluso, si lo que imaginamos ya no pertenece a este mundo. Eso es lo que hace la literatura en nosotros.

@Jhonattan_1990