Ivan Rodrigo GarcíaEn consecuencia, para que las universidades privadas sean un buen negocio, es necesario que el gobierno les otorgue las gabelas que les recorta a las universidades públicas.

Por Iván Rodrigo García Palacios

Dos asuntos, separados entre sí pero conectados por el tema de la educación superior, me llamaron la atención el pasado fin de semana.

El primero, acaban de realizarse los exámenes de admisión para el segundo semestre en la Universidad de Antioquia, a los cuales se presentaron cerca de 35.000 aspirantes, de los cuales sólo 6.000 tendrán cupo. E insisto en las exageraciones, del total de los aspirantes, 6.000 aspiraban a un cupo en la Facultad de Medicina, para sólo 120 cupos. Y me pregunté: ¿a dónde van aquellos que no obtuvieron cupo?

El segundo, hojeando el periódico El Tiempo del domingo 26 de mayo, vi el enorme despliegue publicitario de las universidades privadas de Bogotá anunciando que están en época de inscripciones para sus cursos de pregrado y posgrado. Avisos de página, media página y cuarto de página, publicidad a todo color que cuestan cada uno una millonada. Y me pregunté: ¿de dónde sale toda esa plata?

Por supuesto, no tengo la respuesta pertinente a esas preguntas, pero sí me provocaron a formular otras preguntas, quizás malintencionadas, para encontrar alguna respuesta.

¿Qué está pasando con la educación superior pública y sus múltiples contradicciones?

¿Qué clase de negocio es la educación superior privada?

Sin ser un experto, me pregunté: por qué el gobierno recorta los presupuestos y los programas de crédito a los estudiantes en las universidades públicas, pero al mismo tiempo las obliga ampliar los cupos en detrimento de la calidad y las obliga a privatizar su financiación y la financiación de los programas de crédito estudiantil. A lo que habría que agregar los cambios en los programas de doctorado y desarrollo de investigación científica de Colciencias que beneficiaban a universidades y a estudiantes.

Acaso sólo existe la privatización como modelo. Lo que me llevó a pensar en el negocio de la educación superior privada, la cual, de por sí no es un buen negocio, porque en todo el país no hay tantos padres de familia con el poder financiero suficiente para pagar los altos costos de las matrículas y los semestres en tantas universidades privadas.

En consecuencia, para que las universidades privadas sean un buen negocio, es necesario que el gobierno les otorgue las gabelas que les recorta a las universidades públicas, para que así estas puedan aumentar los cupos y bajar los costos y mantener sus estatus privilegiados y elitistas, lo que si es un negocio redondo.

La solución es sencilla, si las universidades públicas no pueden darle cupo a tanto pobre, pero, al mismo tiempo, se obliga a los que no lo obtuvieron a someterse a la usura de los programas privados de crédito estudiantil, estos terminarán engordando las arcas de las universidades privadas y las del sistema financiero.

Claro que ese no es un problema para los estudiantes más ricos, obvio, ni para los más pobres, ellos van al “rebusque y el traqueteo”. Los del medio, “a llevar del bulto” y a pagar las deudas, al fin y al cabo ellos son la masa de profesionales con la que se surten los puestos de trabajo mal pagados del las empresas. Como por ejemplo, médicos de millón de pesos al mes, en oficios varios, en las IPS y EPS. O los aspirantes a “ejecutivos de película”, de saco y corbata obligadas y con carro o moto nueva … todo a crédito.

Fue así como pude entender que sí, que esa es la idea de la privatización y la razón por la que ya existen más mini-universidades y universidades que mini-centros comerciales y centros comerciales en las ciudades del país. Y casi tantas como concesionarios de carros y motos.