El desplazamiento forzoso ha mutado. Lo inició la guerra, luego el narcotráfico y ahora son las Bacrim las que incentivan esta triste realidad.  Los dolientes de este flagelo son personas, no números, son culturas fracturadas en una realidad llamada “regionicidio“.

DIEGO FIRMIANO“La verdad se nos pega como un niño hambriento”

Jean Cayrol

Por: Diego Firmiano

Hay un viejo proverbio que reza: “tres cambios de casa equivalen a una quiebra”. Proverbio que si se aplicara a la situación actual de los miles de desplazados en Colombia, sería una catástrofe.  Gente que cambia de hábitat como se cambia de calcetines, pero no por culpa de la situación económica, sino de la guerra. Las amenazas. La violencia de género, y otra violencia que es menos explorada, el regionicidio.  Gente que sale de su terruño, dejando no solo sus maletas sino también sus costumbres, y se instalan a la fuerza en una cultura que no es la suya, tratando de encajar en un sistema laboral, económico o social en el cual sufren desprecio por su condición de desplazado o refugiado.

Ya sabemos que el idealismo que existió hasta el siglo XIX sobre lo que en otrora fue una bella palabra: refugiés, ha pasado. Ahora el termino es despectivo. Se trata de personas pobres que flotan en el país. Los sociólogos lo interpretan como un fenómeno migratorio posmoderno, pero no hay que ser tan sesudo para darse cuenta que nadie dejaría su tierra verde, virgen, productiva, tranquila, por una ciudad enchapada de cemento, con gente que se habla sin conocerse y donde el dinero es la sangre que circula por las avenidas y arterias de la sociedad. Hay otras riquezas que no son fiduciarias.

Es la paradoja de los desplazados, como dijo Heinrich Böll, la tragedia de “los otros”, de aquellos que se quedan en sus viviendas, en las casas subvencionadas, o campamentos, en cuyas paredes no pueden fijar el típico letrero de “Hogar, dulce hogar” o “Bienvenidos a esta casa”.  Porque quien se desplaza no solo se mueve de un lugar a otro, sino que también la cultura se saca de su sitio.

El regionicidio es un símbolo más en nuestro país y hay que saber reconocerlo. Si antes estábamos juntos, pero no revueltos, ahora somos una mixtura creada a la fuerza.  Culturas indígenas y agrícolas tan ricas, que ahora uno las ve en la ciudad ejerciendo otros roles, dignos claro, pero que no son de su noble función y naturaleza. Aunque no todos sufren la misma suerte, porque aún hay vestigios de mendicidad en Pereira, mayormente mujeres y niños de comunidades indígenas.

Un colombiano de otra región sufriendo en la nuestra es la clara muestra de que los programas de ayuda gubernamental no bastan. Hay que dejar claro que Colombia no es el Estado. El Estado para ser Colombia necesita gestar un feedback cultural. Restituir sin revancha. Dignificar a cada grupo étnico según su contexto original y de reparar el quiebre regional.  De otra manera, entonces, lo mejor de Colombia, como las comunidades indígenas autóctonas y ancestrales, el poder del agro y el encanto de cada región, pueden echarse a perder.

En Colombia no hace falta mudarse tres veces para declararse en quiebra, sino que basta con una para no dar más crédito a esos fingidos valores del gobierno de reparar sin reinsertar. No se trata de vivienda, se trata de hábitat. No hay que ser de labios cosidos. Pues la verdad se nos pega a todos como el hambre a un niño hambriento.