SIMON BLAIR (IZQ)Por el contrario, la ciencia es perfectible, se auto-corrige para lograr aproximaciones a la verdad que sólo son posibles por el reconocimiento de sus errores. Por esta razón no hay ninguna ínfula de infalibilidad en el método científico. 

 

Por: Simón Blair

Réplica a una columna publicada en El Espectador.

Todos concordamos en que cuando no se conoce un tema (esto es, hasta sus recodos más inaccesibles) es imposible sugerir o tratar de entender de qué habla. El columnista Julián López de Mesa Samudio cometió este grave error.  No entiende, en principio, qué es la ciencia y cuál es su método. Sin entrar a debatir si este señor asume sus posturas desde unas perspectivas puramente religiosas, haré algunas consideraciones que considero pertinentes. Por supuesto todo lo que dice son opiniones no fundadas en pruebas: dice que el lenguaje científico es puramente místico –contradicción imperdonable– porque usa un lenguaje extraño para confundir incautos y, esto es, en esencia, parte del esoterismo que sólo unos pocos pueden adquirir.  Como lo he dicho, es sólo desconocimiento.

La ciencia es puramente explicativa, no sólo quiere dar a conocer al público sus hallazgos en el lenguaje más sencillo posible, sino que intenta responder por qué sucede esto y si es el caso, por qué no. Esta simple explicación basta para confrontar el argumento central de su columna de opinión: que el método científico es infalible. La ciencia es objetiva y razonable, pero esto no quiere decir que todo lo que una vez es demostrado es, digámoslo así, una causa final. Por el contrario, la ciencia es perfectible, se autocorrige para lograr aproximaciones a la verdad que sólo son posibles por el reconocimiento de sus errores. Por esta razón no hay ningún ánimo de infalibilidad en el método científico.  Es abierta, la ciencia no se limita al conocimiento previo, sino que a través de él y si es adecuado busca nuevas herramientas para futuros descubrimientos u observaciones. Sus axiomas o postulados son corregidos inmediatamente cuando se descubre que son inadecuados por el embate de nuevas circunstancias, por la cual y como perfectamente la describe Bunge: “la ciencia no es un sistema dogmático y cerrado sino controvertido y abierto”.

Otra cosa que me parece absurda del señor Mesa Samudio es el hecho de que considere la inversión científica inútil y derrochadora con el ejemplo del Bosón de Higs. ¡La partícula que nos permite entender mejor el Modelo estándar (el modelo científico que nos explica hoy en día de manera coherente los fenómenos físicos del universo) por la cual era pertinente la construcción del costoso Gran Colisionador de Hadrones! Las fortunas gastadas en material de ingeniería en la Tierra y lanzada al espacio no se hacen por capricho: por poner dos ejemplos, hoy sabemos que Venus sufrió un efecto invernadero que elevó las temperaturas a 400°C (o sea, se convirtió en un infierno) y que tratándose de un planeta tan parecido como la Tierra, esto mismo podría pasar si no se hace algo al respecto. Dos, el dinero utilizado para edificar observatorios con tecnología de punta que sólo se utiliza en estos sitios: el Observatorio PS-1 de Hawaii que permite detectar asteroides que podrían amenazar la Tierra.

La inversión en ciencia (esto es, en educación) es necesaria hoy y siempre para comprender mejor en qué clase de mundo vivimos y cómo podemos sobrevivir a él.  Otra cosa muy distinta de las religiones organizadas que creen que sobreviviremos con un soplo pequeñito de milagros.  Ahora que lo pienso, posiblemente el enredo que tiene Mesa Samudio y otros con la ciencia es porque quizá (y ellos no tienen la culpa) el oscurantismo viral de inescrupulosos en Internet está entrometiéndose no sólo con la academia, sino también con nuestras propias vidas. La religión es la religión, la ciencia es la ciencia. Confundir esto es un error enorme.