Río no ríe

Las mismas dificultades que motivaron la Río-92 persisten hoy, sin que se vislumbre una solución verdadera, justa y definitiva a estos problemas

Por Carlos Victoria

Después de 20 años de desarrollo sostenible el panorama no puede ser peor. El fracaso de las políticas ambientales es inocultable. Los pueblos del mundo han resultado sacrificados tras el credo neoliberal que impuso la racionalidad de los mercados por encima de los derechos. La ideología del desarrollismo sigue su curso inatajable. El patrón del consumismo adquirió un estatus privilegiado, a la par que millones de seres humanos mueren de hambre y de sed. En estos cuatros lustros, los estragos climáticos han producido más daños que todas las guerras juntas del siglo pasado. Las metas de Rio 1992 quedaron en buenas intenciones.

El extractivismo, el productivismo y en suma el desarrollismo, se han convertido en el tridente contra cualquier posibilidad de sostener el equilibrio ambiental, comprometiendo el derecho más sagrado: el derecho a la vida. Estos factores,  propios de un modelo que en Colombia se acentúa con mayor énfasis en unas regiones que otras, son determinantes para contrarrestar los intentos que desde algunos sectores del Estado y la sociedad civil se alzan, aunque impotentes, frente a la magnitud de una amenaza convertida en riesgo para la propia supervivencia. Durante el gobierno Uribe y en lo que va de la administración Santos es claro que las políticas ambientales han sido subsumidas por la confianza inversionista y los tratados de libre comercio, y pare de contar. 

El momento actual es de una mayor crisis, agravada por la voracidad de los capitales trasnacionales que hunden sus garras en nuestra geografía, configurando así nuevos mapas de la injusticia. La fiebre mino energética es el correlato de un capitalismo herido pero avasallante que devora a su paso ríos y montañas, pueblos y culturas, niños y ancianos. La llamada locomotora minera del actual gobierno ha puesto la lápida a las posibilidades del desarrollo sustentable. Hoy el escenario está cruzado por la frustración y la resistencia. La esperanza de la Declaración de Río 1992 se fue diluyendo tras hechos concretos: Katrina, desastres nucleares, derrames de buques petroleros, hambrunas y sequías en África, extinción de pueblos indígenas, deforestación, desplazados climáticos, privatización del agua, desempleo, pobreza, ciudades miseria, trabajo indecente, etc.

Rio + 20 puede ser otra frustración más. Como en las recientes cumbres del Cambio Climático la humanidad se quedó viendo un chispero mientras EU, Canadá y China hacían cálculos para oponerse a la reducción de emisiones de efecto invernadero. Hoy desde estas potencias salen los nuevos piratas a comprar tierras, bosques, minas, aguas y hasta la misma gente, en un verdadero festival de la depredación global. ¿Qué decirle al campesino arruinado que a esta hora sufre junto a su familia porque en el mercado no es competitivo? La caída de los precios agrícolas, como ocurre con el café, ha sido reflejo de la liberalización del sector primario y con ello la ruina y el desplazamiento económico para miles de campesinos en Colombia. No es gratuito que nuevos dueños sean los poseedores de inmensas áreas de suelo cultivable para dar paso a los cultivos de precisión, a la agricultura de “energías limpias”, como la caña de azúcar y la palma aceitera, catapultados, además, por el narco paramilitarismo, colocando así en vilo la seguridad alimentaria.  

En nuestro país la fiebre minera, por cuenta de la inversión extranjera, ha prendido las alarmas ciudadanas: Santurbán, Marmato, Cajamarca y La Guajira son los símbolos del despertar ciudadano frente a la amenaza de la mega minería.  Hoy, también, el paisaje cafetero declarado patrimonio mundial de la humanizada está en jaque por cuenta de explotaciones mineras a gran escala, constituyéndose en la una de las mayores amenazas ambientales para la región después de las plantaciones de coníferas y otros mega proyectos que pondrán en riesgo la vida de miles de seres, incluyendo los que no están por nacer. La defensa del paisaje cafetero es un imperativo para el pueblo de estos departamentos.

Por fortuna el tema ambiental es, cada vez más, un asunto de opinión pública y no un tema de especialistas. Las recientes movilizaciones que se han desatado en distintas regiones del país en defensa del agua y en contra de la gran minería es un síntoma inequívoco que el problema rebasó las fronteras de la burocracia y la manipulación de los tecnócratas para tornarse en un factor clave de la agenda pública. Esto es lo que cuenta. Si hoy en Río de Janeiro no hay consenso sobre la suplantación del desarrollo sostenible por la economía verde es, justamente, porque la opinión pública se transforma en indignación mundial y ciudadana frente a la corrupción y las políticas económicas que alientan el desastre. Opinión pública, paradójicamente, erigida como una superpotencia mundial.

Sin embargo, hay motivos para no ser optimistas. Los pronósticos de los líderes ambientalistas en todo el mundo se están cumpliendo al pie de la letra, sin mayores atenuantes. Solo queda el camino de la resistencia social frente a la voracidad e irresponsabilidad agenciadas por el mito del progreso, desde hace más de 150 años. Consumo responsable, tecnologías limpias, cero emisiones, etc., son paliativos frente a las verdaderas causas de una problemática superior al apocalipsis que vaticinó el Club de Roma en 1972 a través de su informe Los límites del desarrolloLas trágicas consecuencias, a las que se refirió el documento, las estamos experimentando. “Las mismas dificultades que motivaron la Río-92 persisten hoy, sin que se vislumbre una solución verdadera, justa y definitiva a estos problemas”, se oyó decir esta semana en Brasil.

Ante estas circunstancia, como dijo el historiador Howard Zinn, “no se puede ser neutral en un tren en marcha”, y menos en un tren desbocado hacia el precipicio como lo es la humanidad, retomando la célebre metáfora de Walter Benjamin (Occupy the world, 2012). De a poco el mundo y Colombia transita de la resignación a la indignación. La presión social tiene en el campo de las políticas públicas una oportunidad extraordinaria de batirse  frente a los poderes económicos y financieros que en últimas están tras la crisis ambiental y humanitaria: “nuestra voluntad colectiva y nuestras valerosas actuaciones no deben servir para curar los síntomas, sino las causas primarias”, dijo en su momento la líder hindú Vandana Shiva.