Sabiduría, idolatría, locura

Los desvaríos mentales que acarrea el hecho de empaparse de literatura no son tanto por el amor a los tomos, libros, enciclopedias, como a una indiferencia hacia la vida real, el sentimiento de existir y toda la pléyade de experiencias que registran esos cuerpos cuadrados que contienen el conocimiento.

 

Por: Diego Firmiano

Si un escritor en Pereira define al hombre (correctamente o no) como “un conjunto de átomos empaquetados” o “luz seca”; y su vez, al definir la ciudad, dice, es “el lugar donde los pollos no caminan, sino que dan vueltas”, tal persona necesita hacer tres cosas urgentemente: salir de la biblioteca, salir de si mismo y ser interrogado sobre los diferentes colores de las líneas de transporte urbano.

De hacer caso omiso, podría pasar la delgada línea que conduce de la sabiduría a la locura. Y la locura es idolatría. Y por idolatría se entiende preferir el símbolo a lo que representa ese símbolo. En palabras prácticas, hablemos del dinero. El dinero representa camisas, comida, joyas, viajes, casas, etc. Pero el avaro prefiere el símbolo a lo que eso representa, es decir, las monedas lustrosas y los billetes arrugados, que guarda bajo el colchón.

Como otro ejemplo, la ebriedad también es una manía de confundir el símbolo de las bebidas espirituosas con lo que esto representa. Es preferir el vino, la cerveza, el tequila, el aguardiente, a la felicidad. De ahí que confunda borrachera con gozo, y ser adicto a la bebida con depender de una felicidad extraña.

De igual forma los libros representan un mundo de pasiones, intrigas, aventuras, conocimiento, pero si el lector prefiere los libros, a disfrutar la vida como una historia más real, es un insano igual que el avaro en toda su esencia. Esta es la idolatría de la que nos han intentado prevenir, casi, desde el inicio del mundo racional. Porque cuando se valora más el cofre que las joyas, ha empezado la superstición, ha comenzado a morir el hombre y está naciendo a la religiosidad.  Los libros pueden pasar de amigos, a enemigos, lo cual sería una tragedia.

Como dice magistralmente G. K. Chesterton: “Existe idolatría donde quiera que aquello que en un principio nos proporcionaba felicidad haya pasado en último término a ser más importante que la felicidad misma”.

Así, una cosa es amar los libros y otra es la bibliomanía. Esta última es ebriedad. Es preferir las paginas ajadas, una primera edición de un tomo, un libro raro, de moda, escaso, a elegir aquello de lo que habla esos libros: lugares bellos, un atardecer, una velada romántica, experimentar la vida, comer algo delicioso, montar a caballo, caminar con otra persona bajo un paraguas en la lluvia de la ciudad, y si no hay paraguas, disfrutar juntos la lluvia y por qué no, bailar encima del agua.

No ver esto así, representa un serio indicio de convertirse muy pronto en ciudadano de un mundo irreal. De leer sobre bellas estatuas griegas, pero andar desparpajado; de deleitarse en biografías de hombres y mujeres magnánimos, a vivir en soledad privado de si y de los demás.  Por ahí ya se empieza a vislumbrar el reino de la locura, después de salir del paraíso de la sabiduría.

Los desvaríos mentales que acarrea empaparse de literatura no lo son tanto por el amor a los tomos, libros, enciclopedias, como a una indiferencia hacia la vida real, el sentimiento de existir y toda la pléyade de experiencias que registran esos cuerpos cuadrados que contienen el conocimiento. Aunque por supuesto, no todos los que leen están locos, pero ninguno tampoco está sano, a riesgo de que, si aparece en Pereira alguien totalmente cuerdo, en seguida lo recluirían en un manicomio.

En una ciudad ideal, quien se dedica a profundizar en la poesía de León de Greiff, los tratados metafísicos de René Descartes, o las teorías de Craig Venter sobre el genoma humano, deberían estar obligados por ley, sino al menos nacional, sí local, a conversar 45 minutos con un mesero, una viuda o un vendedor ambulante, montar bicicleta por la 30 de agosto a las 5 de la mañana, o bailar al son de un estilo de música moderna. Así se purgaría a las personas de esa manía que a veces lo amenaza de ser sabio, a convertirse en loco. Se enseñaría a transformarse en hombres de ciudad, que es un paso para convertirse en hombre cosmopolita.

@DFirmiano