El dolor de saber que nunca sería ni suficiente hombre ni mujer. No sería nada. Solo un túmulo de mierda golpeada y baboseada. La adolescencia fue la peor parte. Me desexualicé. No me identifiqué con nada.

 

Por / Mateo Ortiz Giraldo

El dolor abarca y secunda todo. Se expande dentro y crea vacíos: deja un camino profundo por el cual se transforma la pus del alma putrefacta. El dolor es un instrumento. Lo ejercemos y sentimos cuando no queda más remedio que vivir. Seguir viviendo, ahogarse en esa sensación de total vitalidad.

Llevo años sintiendo el dolor, del desarraigo, del crecimiento: dolor en las piernas, los fémures estirándose y haciéndose cada vez más delgados; el dolor de la pérdida: mascotas y nombres; Rabbit por Roger Rabbit, un conejo que terminó en el plato de algún amigo de mi papá. El dolor de la compañía, la obligación de estarlo y sino, estás mal. Eres un puto cero a la izquierda, anormal, dislocado, freak; un autista social.

Si estás solo, debes estar más hundido en la soledad; marginado, por ellos, por los entes sin nombre que recuerdo como sombras gritándome, lazándome cosas. Violencia, es todo lo que aprendí; pero no me enseñaron cómo responder a ella. Cómo debía actuar ante esas sombras densas sobre mí.

El jardín de niño y luego la escuela. Tampoco hablaba con nadie o, mejor, nadie me lo permitía.

El dolor de saber que compré a mi única amiga. Era la hija de una de las aseadoras del colegio, estaba becada donde estudiábamos. Recuerdo su cabello negro, sus ojos pétreos y chocolatosos, su piel de un color antiguo. Yo ahí: sentado sin decir nada, consumido por el silencio: hablo con ella porque le compartía mi comida. Su madre no le empacaba, ni podía, entonces yo se lo suministraba. Por eso era mi amiga. Traicionado por mi primer contacto de amistad.

Luego los abusos de compañeros y docentes. Nadie me aceptaba, ni yo mismo. Todo era caos y confusión. No sabía qué sentir ni cómo sentirme. Todo se iba bajo la misma ruta: ansiedad infantil ¿Cómo puede un niño de esa edad sentirse así? Sin saberlo me sumí en más dolor. El dolor del aislamiento, del engaño, del miedo. Dolor a causa del miedo a todos. Sobre todo, miedo a mis compañeros.

En segundo grado me di cuenta que yo no podía ser cómo ellos: toscos, burdos y completamente desposeídos de alguna sensibilidad. En cambio, yo era todo aprehensión; no podía cambiar y me daba miedo la conformación que ocurría a diario.

A todos les incomodaba quién era: inteligente, ordenado, un puto nerd de mierda que en segundo ya sabía leer, entendía gramática e incluso podía hacer un cuento coherente; sabía palabras raras y como no hablaba, cuando lo hacía las usaba porque las pensaba normales.

Me devoré las enciclopedias y juré algún día ver todo con mis propios ojos. Todos me odiaban, incluyéndome. Incluso las niñas, porque mis trazos eran más finos, mi capacidad creativa más desarrollada y tenía mucho mayor sentido de la composición que ellas.

El dolor de saber que nunca sería ni suficiente hombre ni mujer. No sería nada. Solo un túmulo de mierda golpeada y baboseada. La adolescencia fue la peor parte. Me desexualicé. No me identifiqué con nada. No sabía si ser un macho que se agarraba las bolas mirando a una nena o tocarme pensando en él. Mi pene era inútil. Mi deseo no existía, solo quería estar hundido y leer y leer y leer y leer hasta que los ojos se me secaran o sangrara por la nariz.

No tenía mayor contacto, solo debates donde ganaba porque sabía cuál era la capital de un país subsahariano o conocía la línea de mando de la Guerra de las Rosas. Tragaba información. Leí a Nietzsche a los 11 años y a Freud a los 13. Tenía miedo de mí y de ellos. Les ganaba con ideas no con golpes.

El dolor de saber que tu cuerpo es inútil ante su fuerza desmedida. Siempre fui así: cuando me golpearon, cuando me intentaron violar, cuando me lanzaron a la basura y me llamaron loca y marica y mariposón y gay y demás. Todo. Fui todo y ahora soy esto. Un tipo que se confiesa ante sí mismo y que dice que el dolor abarca y contamina todo. El dolor dota de sentido a la vida, de allí que asumirla sea esto.