Victoria

“Ni Gustavo Petro, Clara López, Aida Avella y Antanas Mockus son terroristas. Son la reserva democrática de este país.”

Por Carlos Victoria

 

El triunfo de Santos no significa la derrota del uribismo. Menos en esta región donde los ideales del expresidente siguen intactos. Estas elecciones, convertidas en un referendo entre la paz y la guerra, han demostrado que la mayoría de votantes apoyan las negociaciones de La Habana. Pero también anhelan cambios profundos para transformar los factores que determinan el conflicto armado.

 

Y es a eso, justamente, lo que le teme el uribismo, la más clara expresión del viejo latifundismo ultraconservador que se ha opuesto a las reformas, atizando el odio y la violencia contra cualquier asomo que reivindique las posibilidades de redistribución, equidad e inclusión social. Una de ellas como la reforma agraria, postergada por décadas y refundida en medio de la guerra que las élites le declararon a los campesinos, prueba hasta la saciedad sus raíces reaccionarias.

 

Uno de los grandes problemas que enfrentará Santos II  será la de lidiar con una oposición de ultraderecha que hará hasta lo imposible –como el hackeo– para impedir que avancen y se consoliden las negociaciones de La Habana; lo acaban de decir sus voceros: “Estamos en pie de lucha”. A Santos no le quedará más remedio que rodearse de los demócratas para neutralizar a la sedición conservadora, que no cesará en sus empeños.

 

No se ve en ese escenario político como la deshecha Unidad Nacional, la cual vive de puestos y contratos, pueda defender el proceso de paz. Risaralda es un ejemplo de su fracaso, ante los resultados electorales. Santos no gana propiamente por su fuerza parlamentaria y la maquinaria a su disposición, sino por una enorme movilización electoral de jóvenes, mujeres, campesinos, indígenas e intelectuales que desde tiempo atrás apostaron por la paz y la democracia.

 

Me reafirmo en la tesis que expresé en las redes sociales: “No ganó Santos. Ganó la opción por construir una Nación que se construya al compás del diálogo y la negociación. Y no a punta de fusil sea del lado que sea”. Este hecho es una notificación histórica para remozar el nuevo Mandato por la Paz que desde de los noventa pretendió poner fin al conflicto, intentando construir un escenario propicio para el diálogo y la reconciliación.

 

Iniciativas como la del Frente Amplio por la Paz  deberán, en consecuencia, consolidarse como un mandato ciudadano que permita acompañar, vigilar y fortalecer el proceso, el cual – repito- tendrá en la ultraderecha y los sectores más descompuestos de la sociedad a su más enconados enemigos, más aún cuando su bloque parlamentario tendrá voz propia y lo que eso significa para legitimar su saboteo a la refrendación de los acuerdos.

 

La “paz” no es el fin del conflicto, ni mucho menos la desaparición de la injusticia y la desigualdad. Es una oportunidad para que las disputas por las reivindicaciones más sentidas trancen en medio de reglas del juego que no implique el asesinato de opositores, la persecución a líderes y mucho menos la negación de las víctimas. Santos II ha quedado empeñado y sus reformas deben ser el resultado de un consenso entre todos los sectores para que la nación se encuentre a través de una paz justa.

 

Ni Gustavo Petro, Clara López, Aida Avella y Antanas Mockus son terroristas. Son la reserva democrática de este país.

 

 

16 de junio de 2014