Encuentro en un “Agáchese”  un ejemplar de El gran libro de las citas de frases célebres. Como sucede casi siempre, el libro no tiene autor. ¿Quién podría responsabilizarse de semejante montaña de pensamientos?

Por: Gustavo Colorado Grisales

Es como  entrar a uno de esos hipermercados en los que el consumidor encuentra un producto para  conjurar cada temor y para satisfacer cada capricho, o “necesidad”, como les gusta decir a los expertos en publicidad y mercadeo.

¿Un deseo? Se le tiene.

¿Un miedo? Se le tiene.

¿Una obsesión? Se le tiene

Así son los libros de  “Frases célebres”, ese remedo de sabiduría comprimida en píldoras de todos los colores, escogidas para responder a las necesidades del cliente, según el momento y las circunstancias.

De Jesucristo a Gandhi, de Marx a  Benjamin Franklin y de Nietzche a Fukuyama, siempre habrá una sentencia  a la mano para que los perezosos y los desesperados se aferren a ella con el ahínco de quien encuentra  un madero en medio de un naufragio.

Es simple: frente a la incertidumbre y la complejidad del mundo, el talante lapidario de las frases célebres funciona al modo de un imán.

Son como luces de bengala en medio de la oscuridad.

Una duda, una congoja, un manojo de preguntas sin respuesta siempre encontrarán la frase de  un pensador célebre o de un personaje famoso que les sirva de muleta.  “Platón dijo”,   “Mark Twain afirmó”,   “Alejandro Magno sentenció”,  exclama el dubitativo y las cosas parecen quedar zanjadas.

¿Quién se atrevería a poner en duda el celebérrimo “Solo sé que nada sé”, atribuido a Sócrates?

Sin embargo, basta uno solo de  los razonamientos de la Crítica de la razón pura para que se resquebrajen los cimientos de ese edificio.

Pero, para tranquilidad de  los editores de frases célebres y de sus millones de lectores, es mejor dejar las cosas así.

Ya sea que se trate de una  humilde y lúcida  aceptación de ignorancia o de un ingenioso juego de palabras enfocado a desorientar al interlocutor, la frase en cuestión parece disolver las tinieblas del pensamiento: si eso le pasó a Sócrates, ¿qué pueden esperar de mí?

Encuentro en un “Agáchese”  un ejemplar de El gran libro de las citas de frases célebres. Como sucede casi siempre, el libro no tiene autor. ¿Quién podría responsabilizarse de semejante montaña de pensamientos?

Abro la página setenta y tres y me doy de narices con uno de los más célebres textos de auto superación: El principito, un breviario de lugares comunes sobre el mundo infantil, firmado por un aviador desaparecido. “Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones”. Ignoro cuántas veces se ha recitado ni a cuántas lenguas se ha traducido la frase de marras. Pero sí he visto demudarse los rostros de muchos adultos cual si estuvieran ante una revelación.

Los comprendo: cada vez que se pronuncia una frase célebre se acrecienta su prestigio: en este caso, la sabiduría parece ser un asunto de acumulación. De tanto repetirlo, nadie se atreve a poner en duda la validez del aserto.

Unas páginas más adelante me encuentro -cómo no- con el nombradísimo“Dios ha muerto” de Nietzche, sentado junto al no menos famoso “La religión es el opio del pueblo”, de Karl Marx.

Al  compilador parece tenerle sin cuidado que,  a pesar de las apariencias y salvada la coincidencia de nacionalidad, los dos autores nada tienen en común. Mientras Marx pensaba a Dios desde su condición judeo cristiana y desde  las raíces de la economía política, Nietzche especulaba acerca de una divinidad cuya trascendencia se había disuelto en los meandros de la conciencia moderna: era el paso necesario para la aparición del Súper hombre.

Pero no importa, si de paso las píldoras nos evitan la arriesgada aventura de leer al autor de El capital y al forjador de Así habló Zaratustra: frente a una antología de frases célebres nadie corre peligro.

Ahora soy yo quien enfrenta una encrucijada.

Ya pagué el ejemplar pero no me lo quiero llevar. Sería como trajinar por las calles con un trasto inútil a la espalda. O como atiborrarse con un montón de comida de imposible digestión.

Así que lo dejo junto a la pila de libros cuyos editores tienen idéntico propósito: encandilar al prójimo con la ilusión de que la sabiduría se puede ingerir en comprimidos.

¡Olvidó su libro, señor, olvidó su libro!, oigo gritar al vendedor cuando estoy a punto de doblar la esquina.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada