Los ateos serios, los de verdad, entienden que no es el pietista, ni el evangélico, ni el canónigo, su contrincante, sino la razón misma. O mejor, los argumentos a los cuales no pueden resistirse sin caer en la injuria, el adefesio, el descalificar al otro.

 

Por: Diego Firmiano

Hay un error al que hay que cortarle el cable correcto o podría estallar como una bomba. A saber, que el adversario del ateo es el creyente. Corte de cable correcto, bomba desarticulada. Si esta antinomia fuera tan fácil, yo mismo sería el mejor de los ateos, pero no soy ni creyente ni escéptico. Estoy en la mitad. En la línea de los que razonan con cuidado, sin dogmatismo.

Aunque atemperémonos sin peligro de incendio.  Porque hubiese sido ateo a ojo cerrado si Jean Paul Sartre, literalmente, no hubiera reconocido a dios en una mota de polvo o si Christopher Hitchens, muerto en un hospital protestante, no registrara entre los difuntos sin confesión de fe; o en el otro bando, fuera creyente (o crédulo) si Jimmy Swaggart o Jim Jones, fieles al evangelio no lo hubiesen torcido para sus fines y para el perjuicio de los demás.

Sé que son casos aislados, pero creer en la humanidad es una ilusión, una fata morgana, una utopía epistemológica concebida desde que se establecieron las primeras  sociedades del conocimiento.

La fe en la humanidad nos ha atrasado por lo menos 3.000 años. Descontando 18 años de este nuevo siglo donde aparentemente la civilización  (o mundo civilizado ) ha estado alejada de masacres, muertes e injusticias propias de siglos anteriores.

Los ateos serios, los de verdad, entienden que no es el pietista, ni el evangélico, ni el canónigo su contrincante, sino la razón misma. O mejor, los argumentos a los cuales no pueden resistirse sin caer en la injuria, el adefesio, el descalificar al otro.

Estamos lejos de ver un ateísmo que seduzca, que lleve al país a un progreso, que libere al hombre (si es que existe la libertad como tal).  La razón  es otra de esas quimeras luminosas que en realidad no existe, o si existe es una prisión más y no hay que esforzarse mucho para demostrar esta verdad.

Yo, contrario a la forma cruel como los ateos tratan a los creyentes (cosa que a mí personalmente me parece más una ideología matonera que una corriente del pensamiento), no siento lástima por los que no creen.

¿Soy alguien calificado para decir en qué deben creer? No, sin embargo, mi vida no me descalifica, sino que me sostiene en un punto intermedio y con eso basta.

El ateísmo, en realidad, afecta gravemente la inteligencia, porque el marasmo de la existencia se puede notar en el lenguaje y en las acciones hacia y contra el otro, en el “personaje” social que representan.  Solo basta con desvelar la “mala fe”, idea de la cual hace gala el pequeño Jean Paul Sartre y voilà!, o en lenguaje pereirano, ¡listo el pollo!

Así entonces queda la sensación de que alguien pueda llegar a ser ateo sin saber qué es serlo, sin tener un por qué, o un para qué. A excepción, claro, de la sabiduría metafísica de los memes en internet que atacan la fe de los demás para afirmar la fe en su no-fe (entiéndase ateísmo).

Ningún ateo conocido ha producido un solo progreso en la humanidad. Antes bien, las dictaduras comunistas, de corte ateo-marxistas o materialista-dialéctica, han masacrado millares de personas; han destruido proyectos sociales concebidos en democracia; han querido establer un paraíso y han hecho un infierno. Ya lo dijo alguien, las ideologías son los grandes cementerios de la historia.

Karl Marx resultó ser un buen burgués; Thomas Paine fue barrido de la historia norteamericana (o relegado a pie de páginas); y lo más sobresaliente de Charles Darwin fue su nariz y sus sonoras flatulencias.

El ateísmo,  practicado desde la ciencia, ha permitido ejecutar experimentos con humanos en una rabiosa lucha por patentar descubrimientos biológicos y justificado en la idea de que somos “animales pensantes”. En fin, destrucción y muerte desde su concepción de desprecio y odio por la vida, ya que si dios no existe todo está permitido. Esa es su máxima configurante.

Podría seguir con desastres más prominentes y yerros más destinados en la historia producidos por ateos políticos, científicos, médicos, filosofos, antropólogos, escritores y más, pero prefiero dejarlo al escrutinio del investigador interesado y porque no, del apologeta fanático. Por supuesto, esto no es una invitación a reflexionar sobre si algo es mejor o peor. Como Kant lo propuso infantilmente, estamos en vías de alcanzar “mayoría de edad” y en esa adultez podemos decidir.

Solo me resta decir que, así como la religión es un mal necesario (no la justifico), el ateísmo también lo es, aunque no le encuentro ni lo necesario, ni lo contingente, porque si existe una corriente de este tipo en nuestra ciudad, en Pereira, es lo más oculto porque no la conozco (o al menos les falta marketing) y desconozco  quién de esa corriente de pensamiento pueda estar capacitado para debatir con argumentos e ideas y con altura sobre el tema.