No, no verá que aquí, en esta línea borrosa que dejó el tren, los niños también sueñan con poder asistir a la universidad, tener espacios en dónde conocer las artes o entrenadores que los motiven en las diferentes áreas del deporte.

 

Jhonattan Arredondo GriPor: Jhonattan Arredondo Grisales

Un día de estos volverá al corregimiento más alejado de la ciudad. Ese día, seguramente, será un día de fiesta: los días de fiesta son buenos para las visitas importantes. Todo parece cambiar: el número de muertes violentas, la drogadicción, la falta de oportunidades laborales o los preocupantes índices de escasa educación superior. Todo. Todo es cambio con la esperada visita del alcalde que prometió, como tantos otros, hacer visible a los invisibles. Los rostros de las gentes más humildes, por ejemplo, transmitirán alegría. Los padres, en el parque —que no es un parque, sino un par de juegos hechos con metal económico— enseñarán a sus hijos, con su mano derecha, quién es la persona que les habla desde allá arriba. Les dirán: “Ese es el alcalde, nuestro alcalde”. Y los comuneros, en la noche anterior, pasarán por las calles anunciando el valor de asistir al evento. Esa noche, por cierto, no podrán dormir: deben preparar un breve discurso con el cual conseguir el mercado del mes o las cervezas que beberán a gusto en la tienda de la esquina. Sí: un día de estos vendrá al lugar más olvidado del departamento. Pero no, nunca se dará cuenta que acá existimos, que en este rincón violento también queremos sentirnos pereiranos.  No, no verá que aquí, en esta línea borrosa que dejó el tren, los niños también sueñan con poder asistir a la universidad, tener espacios en dónde conocer las artes o entrenadores que los motiven en las diferentes áreas del deporte. En fin: lugares en donde cultivar la anhelada paz que tanto necesitamos.