Señora muerte que se va llevando

GUSTAVOCOLORADOHoy quiero compartirles una crónica que llevaba un tiempo añejándose en mis archivos. No le he modificado fechas para conservar intacto el momento y el sentido.

Por: Gustavo Colorado

 “Las células fermentadas destilan, como si fuera un vino, la muerte tangible del cuerpo. Los que siguen vivos deben beber ese vino”, dice uno de los narradores de la novela  “El grito silencioso” del escritor japonés Kenzoburo Oé. Nelson Marulanda no sabe nada de literatura japonesa ni de ninguna otra procedencia, pero sus manos ágiles y minuciosas, acostumbradas a manipular proyectores de cine y a reparar en cuestión de minutos los más sofisticados aparatos electrónicos, aprendieron con presteza a preparar los cadáveres para que en la ceremonia final de su existencia aparezcan bien presentados ante la mirada curiosa, atónita o de verdad dolida de sus parientes y conocidos.

La gente  se sorprende al ver a un hombre tan joven dedicado  a un oficio de estos. De hecho, la mayoría prefiere imaginar un viejo de mirada mórbida, manos temblorosas y aliento alcohólico que, para acabar de completar, es capaz de narrar con auténtica satisfacción truculentas historias acerca de las cosas que se le pueden ocurrir a un muerto.

De modo que cuando se encuentran por primera vez con este muchacho que a los 26 años  ha vivido las experiencias de muchos tipos de sesenta, lo primero que se les ocurre es que el hombre les está jugando una broma. Ni su contextura gruesa, ni su sonrisa jovial, ni el brillo de sus ojos claros coinciden con la que para ellos debe ser la apariencia física de una persona que realiza el oficio de preparar cadáveres en las funerarias.

Formó parte de la gigantesca ola de colombianos que llegaron a  España en la última década y supo del vértigo de los bares de copas, de los códigos secretos de los bajos fondos y del lado oscuro de la opulencia y el derroche en un país que no para de celebrar su ingreso al club de los nuevos ricos. Antes había sido proyeccionista de cine en el teatro Comfamiliar, donde aprendió en esas historias de celuloide  que los límites entre la ficción y la realidad son una simple convención. También se ganó la vida instalando pasacintas y reparando los sistemas eléctricos de los automóviles en un taller situado a una cuadra del coliseo  mayor. Pero justo en el intermedio de todas esas cosas, este hombre que se casó a los dieciséis años y fue padre a los diciesiete, tuvo tiempo para aprender un oficio al que la mayor parte de la gente le sacaría el cuerpo, por necesitada que estuviese: el de recibir, limpiar, preparar, vestir y exponer a la constatación pública de su finitud a quienes, en términos  de un bromista, se olvidaron de respirar.

Para decepción de quienes todavía esperan una voz gutural y cavernosa, la suya se regodea en el relato, con gran variedad de inflexiones y pausas para darle mayor fluidez a la historia. Como aprendió que la muerte es apenas la otra cara de una moneda que puede caer por donde se le antoje, no hay dramatismo en su manera de contar las cosas. Apenas si una que otra digresión para reflexionar acerca del mucho bien que les haría a los soberbios y presuntuosos acercarse de vez en cuando a una de esas habitaciones heladas y olorosas a formol, donde hombres como él se ganan la vida trabajando entre muertos.

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Nelson Marulanda

Lo mío fue pura curiosidad, algo que me atraía del asunto, de la misma manera como sentía inquietud por aprender cómo funcionaban los proyectores de cine, los televisores y los equipos de sonido. Al fin y al cabo el cuerpo humano es algo que funciona y en un momento determinado deja de hacerlo, ya sea porque se le dañó una pieza o de lo puro viejo, dice en medio de una risotada franca mientras busca con la mirada la aprobación o el reproche de sus interlocutores, al fin y al cabo acostumbrados a ver la muerte como algo que les sucede a otros menos afortunados.

Así que, picado por esa curiosidad, le pidió a un amigo llamado Leonardo García, con larga experiencia en el medio, que le permitiera acompañarlo durante su jornada de trabajo en una de las funerarias de la ciudad. Leonardo, que adelantaba estudios de manera paralela a su actividad empírica,  se lo llevó entonces un fin de semana que estuvo especialmente movido en el lugar y fue entonces cuando empezó su recorrido por esos lugares asépticos, olorosos a desinfectante, equipados con las más prosaicas herramientas de trabajo y por completo ajenos a la teatralidad que rodea entre nosotros a la rutina diaria de la muerte.

La verdad es que para mí fue lo más natural del mundo. No voy a negar que la primera vez causa impresión, pero en general lo que impacta en ese trabajo es descubrir lo indefensos que estamos los seres humanos: un golpe mal recibido por allí, una gripa mal cuidada por allá, un enemigo en el lugar equivocado por aquí y adiós mundo cruel.

Sin embargo, lo suyo no es cinismo, ni mucho menos: es la tranquila aceptación de las cosas por parte de quienes aprendieron pronto que la vida es un asunto prodigioso y simple a la vez. Como cuando relata la ocasión en que le correspondió recibir el cuerpo acribillado de un finquero que había pasado varios meses secuestrado y lo único que se le ocurrió pensar en medio de tanto estropicio, fue que sus botas Brahma todavía le podían servir durante un buen tiempo al vendedor de dulces de la esquina.

Es curioso, pero la gente lo mira a uno como si fuera una ser de otro mundo. Algo así como una especie de Doctor Frankestein. Es una mezcla de respeto y miedo bien especial. Como será que si uno se descuida acaba creyéndose especial. Como un intermediario entre el mundo de los vivos y el de los muertos. De manera que mejor es olvidarse de esas cosas y concentrarse en hacer bien el trabajo, porque hay que ver la preocupación de la gente para que sus muertos queden , si no bonitos, al menos presentables al público, porque eso es: un público que se pone la mejor pinta para ir a chismosear al velorio. Fíjese en los tipos cómo escogen la corbata, mientras las mujeres hasta se van de compras para no hacer el oso de asistir con un vestido viejo.

Pero bueno, creo que nos estamos saliendo del asunto. Les decía que pasado el primer día, la principal preocupación es convertirse en un profesional. Ocuparse del manejo adecuado de las herramientas para cercenar, serrar, drenar y coser. Además hay que tener en cuenta cada detalle, incluyendo la vestimenta del difunto, que su familia escoge de acuerdo a lo que más le gustaba en vida , llegando al extremo de comprarles ropa nueva: sé de hombres que se han ido de este mundo estrenando de pies a cabeza. Esas son razones más que suficientes para entregarse al trabajo, con respeto, pero también entendiendo que, como los médicos y las enfermeras, si uno se pone a considerar cada caso como un asunto personal, pues termina llorando parejo con los dolientes y haciendo mal su tarea.

 “Señora muerte/que se va llevando/todo lo bueno/ que en nosotros topa”, escribió el poeta León de Greiff. Para ayudarle en su tarea, los hombres como Nelson Marulanda llevan consigo un maletín de herramientas  parecido en algunas cosas al de una ejecutiva o al de una muchacha a punto de salir de rumba. Hay depiladores y cortaúñas, así como una profusión de polvos y cremas para el maquillaje. También se necesita mucho hilo y agujas en cantidad. El resto, que no cabe en la valija, lo conforma esa parafernalia desprovista de toda sacralización, que por sí sola podría ser el epitafio del rey de los escépticos. Muchos galones de formol, paquetes de algodón, mangueras, pegantes, guantes, tapabocas y trajes impermeables. Claro que  no todo es de ese color: para acompañar las largas noches de trabajo solitario, estos obreros del reino de Saturno siempre llevan consigo una pequeña grabadora en la que escuchan noticias sobre los desastres y las vanaglorias del mundo o canciones recién recordadas en sus estaciones de radio favoritas.

Cuando uno vuelve al mundo de los vivos no deja de sentirse raro. Por eso lo mejor para retomar el orden es una buena ronda de cervezas en compañía de algún amigo o de una muchacha. Claro que son más bien poquitas las que no se timbran cuando uno les cuenta en qué trabaja. De inmediato les da asco y acaban alejándose, como si uno también estuviera muerto. Pero como hay de todo en esta vida, durante un tiempo estuve saliendo con una pelada que me acompañó una vez y como que le quedó gustando, porque se volvió mi acompañante de tiempo completo. No solo me pasaba los instrumentos, si no que me ayudaba en cosas tan ásperas como la costura y el drenado. En todo caso si hay una cosa que no deja de llamarme la atención y es que mientras a las mujeres los muertos parecen darles asco a los hombres les producen es miedo. Son ellos los que más le preguntan a uno si nunca lo han asustado, si les han tirado de las patas o bobadas de esas. Yo, que  he pasado buen tiempo entre ellos, puedo confirmarle una cosa: hay que tenerle miedo pero a los vivos.

Con su viaje a España, en el año 2000, interrumpió el ejercicio de lo que algunos llaman preparador a secas y los más elegantes denominan tanatólogo, aunque el significado de esta última palabra sugiere otro tipo de aproximaciones a la muerte. Hoy, mientras realiza  trámites para volver a ese país del que regresó acosado por la nostalgia, recuerda que durante ese tiempo aprendió muchas, tal vez demasiadas cosas sobre la condición humana, entre ellas la vanidad suprema, pero también sobre las pequeñas solidaridades de esos campesinos que en medio de la montaña se acompañan en el dolor. Todavía se sonríe cuando piensa en la costumbre de poner un recipiente con agua debajo del féretro, dizque para que sea bebida por el ánima después de su largo recorrido deshaciendo los pasos. En todo caso, mientras guarda en el bolsillo una fotografía de su pequeña hija y de su joven mujer, no duda en afirmar que, de presentarse la oportunidad regresaría a uno de esos salones fríos y olorosos a formol, donde pondría todo su empeño para hacer posible en el cuerpo de un viajero anónimo el sueño de los años sesentas condensado en la letra de una canción de rock and roll : “Vive rápido/muere joven/y serás un cadáver bien parecido”.