No es misión sencilla la del ídolo en un país importador de ideas. Muy complicado dar ejemplo en un país que exige todo aquello de lo que sus habitantes carecen. Toda una novedad encontrar un ídolo en un país inmediatista que padece alzhéimer crónico.

JUAN ALEJANDRO ECHEVERRIPor: Juan Alejandro Echeverri

¿Quién alguna vez no ha soñado con la fama –o no ha querido calzar los zapatos de quienes gozan de ella–? ¿Quién no ha deseado ser reconocido como el mejor en algo? ¿Quién no ha anhelado tocar el cielo con las manos y arrancar los pies de la tierra? ¿Quién no ha ansiado dejar de ser un mortal más para convertirse en ese superhombre que atraiga miradas como un imán?

Los ídolos –materia al fin y al cabo– alcanzan lo que muchos otros sueñan, desean, anhelan y ansían; incluso traspasan la barrera de lo posible cuando ocupan el trono que está destinado a una deidad o un semidiós.

Cualquier candidato a ídolo debe adaptarse a un clima antagónico: amores y odios, cumplidos y vituperios, camaradería y egoísmo, manos y zancadillas, aplausos y reproches, adeptos y detractores, cobijo y repudio, ayudas y ataques. El aspirante, además de su capacidad adaptativa, deberá explotar una cualidad o dominar un arte: domar un balón como si fuera una extensión del cuerpo o despertar emociones en el cerebro por medio de imágenes, tener experticia en los negocios o conocer el lenguaje al derecho y al revés, ser lo suficientemente rápido para desafiar al viento o ser capaz de hablar con el cuerpo, programar el mundo a través de números o hacer magia utilizando sonidos.

La lógica indica que el ídolo se abre paso hasta ocupar, por sus propios méritos, el lugar que le corresponde. En mi país la lógica es otra. Los méritos no bastan –a veces ni son necesarios–; como no es una tierra fecunda en ídolos, Colombia debe inventarlos.

Entre otras cosas, porque somos parte de una sociedad que sube ídolos a la cúspide solo por disfrutar el morbo que produce la decadencia. En esas condiciones, la fama es el primer escalón para llegar al fracaso. Colombia no procrea ídolos, incuba mártires que puedan consolar, y justificar, el fracaso colectivo señalando el fracaso individual.

No es misión sencilla la del ídolo en un país importador de ideas. Muy complicado dar ejemplo en un país que exige todo aquello de lo que sus habitantes carecen. Toda una novedad encontrar un ídolo en un país inmediatista que padece alzhéimer crónico. Ningún ídolo sale ileso en un país enfrentado y polarizado bajo el camuflaje de ideologías y líderes de opinión. Ni Dios podría ser ídolo en un país que mira con ojos expertos en detectar errores y obviar virtudes. No todos los días nacen ídolos en un país que juzga guiado por la razón, el corazón, y el estómago al mismo tiempo.

Está claro que la cruz del ídolo no es para cualquiera (no en Colombia): porque ayer te llaman dios, mañana dicen que vieron a lucifer; porque así como volás sobre un mar de aplausos, te puede arrollar un mar de escupitajos; porque el nombre de los malos queda grabado en la historia, y el de los buenos al comienzo de un epitafio; porque se necesitan años para ser Einstein, y segundos para ser un imbécil; porque el humano no es atractivo, sino la mina de dinero que esconde su imagen.