Ser segundo

No es sano acostumbrarse a que el primer lugar es lo único valioso. Por ese camino se echa a perder la visión de las cosas por mejorar y las cosas que se aprendieron.

 

Giussepe Ramirez (col)Por: Giussepe Ramírez

El segundo puesto siempre ha sido desdeñado con el lapidario rótulo de ser el primero de los últimos. La frase es de un reduccionismo grosero. Sin embargo, es de uso común en el deporte. A pesar de trivializar una competencia, la vida misma, despojándola de complejidades y detalles, es el caballo de batalla de los periodistas deportivos para desmerecer el trabajo de un atleta o grupo de atletas: «Solo sirve ganar». La verdad es que el triunfo es siempre una excepción; la derrota, lo cotidiano.

Un poste. Una pelota pegando contra ese poste. El trabajo de varias temporadas puesto en entredicho por esa pelota que no tocó la red. Así de cruel es el fútbol. Así de crueles son quienes solo ven en la victoria la razón de ser del juego, sin matices, incluso si hablan de ellos mismos. Autocrítica dirán algunos. Reduccionismo puro y duro, dirán otros.

De alguna manera el primer puesto pareciera asegurar el carácter memorable de quien lo obtiene. Al menos así piensan muchos. Pero no siempre es así. Ejemplo de segundo puesto memorable: Holanda del 74, más recordada que la Francia campeona del 98. Y nos toparíamos con muchos ejemplos en la vida donde el primer puesto no salva del olvido, y el segundo no necesariamente es una condena a no figurar en los libros de Historia. Lo memorable de las cosas siempre es un capricho, de la gente o el azar.

Tampoco puede faltar en este caso el anacrónico ejemplo literario de grandes maestros que jamás recibieron Nobel, y sin embargo mantuvieron la grandeza a través del tiempo. Borges, por temas políticos y no estéticos, jamás recibió el galardón, pero nadie desconoce la universalidad de su literatura, la erudición de sus cuentos. Tólstoi, finalista de la primera entrega del premio, fue superado, según el jurado, por Sully Prudhomme, del que hoy nadie se acuerda.

No es sano acostumbrarse a que el primer lugar es lo único valioso. Por ese camino se echa a perder la visión de las cosas por mejorar y las cosas que se aprendieron. Infancias malogradas por el afán de los padres para que su hijo figure, para que no se convierta en un perdedor de la vida. Entonces el niño le coge fobia al fracaso, y un pequeño obstáculo puede paralizar su futuro en algún oficio. Cuando la realidad es que asumiéndolo con naturalidad podrán pensarse mejor las cosas, volver a intentarlo con un plan acertado, disfrutar un poco del proceso.

En esta suerte de inversión de prioridades de las esferas de la vida, el deporte, y no la política, la economía o la educación, se presenta como el lugar donde más fácilmente puede exigir la gente, donde la autoridad moral da para embarrar un poco a los que no triunfan o hacen las cosas mal, y hacerse dueña de las victorias donde solo ha participado como opinadora. A propósito de la convulsión en la Asociación de Fútbol Argentino, Carlos Mac Allister, Secretario de deportes de la nación argentina, ponderaba de la siguiente manera las tres derrotas consecutivas en finales de la selección: ¿Qué sentiría la gente si fuéramos la segunda economía del mundo?