Sin escape

La violencia intrafamiliar nos roba la confianza, eclipsa la casa como espacio seguro. Con el tiempo las cuarentenas terminarán; pero mientras el confinamiento se siga prolongando el peligro probablemente se intensificará.

 

Por / Diana Brochero Sepúlveda

¿De qué manera puede enfrentar el ser humano un encierro en casa que lo aísla de un peligro invisible que puede llegar a matarlo, pero que en muchas ocasiones lo lleva a convivir justo en este espacio con un verdadero verdugo que ataca indiscriminadamente su tranquilidad, su quehacer diario, su existencia?

Es un hecho que a lo largo y ancho del territorio nacional diferentes delitos como hurtos, riñas, extorsiones, entre otros, han disminuido significativamente a raíz del confinamiento obligatorio; sin embargo, se presenta en contraste que la violencia parece haberse acomodado al interior de los hogares en los cuales la pandemia nos obligó a encerrarnos bajo diferentes circunstancias por tiempo indefinido.

El Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses reveló que entre los meses de enero y marzo de 2020 se registraron en el país 15.440 hechos de violencia intrafamiliar en Colombia y de esos casos más de 11.000 han sido agresiones físicas y psicológicas contra la mujer.

Esto responde, según lo manifiesta el ICBF, a que la sociedad ha naturalizado conductas que generan desigualdad política, económica y social entre hombres y mujeres, según los roles que asigna a cada género.

Desafortunadamente las cifras no mejoran si nos referimos a la ciudad de Pereira, pues tanto en su territorio urbano como rural aumentan los casos de violencia intrafamiliar; durante la cuarentena cerca de 2000 denuncias se han instaurado por este motivo y las víctimas principalmente son mujeres.

Sí, a los hombres también les pegan, pero la diferencia con relación a las mujeres es abismal. Ahora bien, al estar las mujeres en casa la violencia contra los niños ha disminuido, lo que nos hace pensar que la carga psicológica, emocional y física recae en un gran porcentaje en la figura femenina del hogar.

Según Lina Marcela Estrada, docente investigadora en asuntos de niñez y familia de la Facultad de Derecho de la UPB, se debe tener en cuenta que “el aislamiento es un factor estresor, y al ser un factor estresor puede conllevar a que se presenten conflictividades en las familias”.

Lo anterior nos lleva a analizar dos asuntos importantes que el aislamiento social obligatorio ha generado: el primero es que aquellas mujeres que sufrían de violencia se ven obligadas a permanecer encerradas con su abusador e incluso a recibir mayor maltrato por defender a sus hijos que ahora también permanecen en casa; y el segundo, familias en las cuales no se habían presentado situaciones de violencia, pero que a raíz de factores como el temor por la pérdida de empleo, consumo de sustancias psicoactivas o alcohol, el manejo de la economía del cuidado en los hogares han hecho que se generen conflictos y a la vez asuntos de violencia intrafamiliar de diferente índole

El aislamiento en los hogares, aunque vital para la lucha contra la pandemia, le está dando aún más poder al abusador. Si de repente las personas tienen que quedarse en sus casas, eso le da al abusador una oportunidad inesperada para establecer las reglas alrededor de esa situación y para decir lo que la mujer debería o no hacer.

Judith Lewis Herman, una reconocida especialista en traumas de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard, ha descubierto que los métodos coercitivos que los abusadores domésticos usan para controlar a sus parejas e hijos “tienen un parecido asombroso” con los que los secuestradores utilizan para controlar rehenes y los que los regímenes represivos usan para quebrar la voluntad de sus prisioneros políticos.

Sumado a todos estos métodos abusivos y opresivos se encuentra el colapso de las redes de apoyo para aquellas mujeres víctimas de violencia en el hogar, si bien las diferentes administraciones han habilitado líneas para que las víctimas sean escuchadas, las comisarías de familia, a raíz del cuidado por la pandemia, han parado sus labores, lo que ha dificultado la denuncia efectiva y la judicialización de los abusadores.

Desafortunadamente el sistema judicial colombiano tampoco ayuda. Muchas de las mujeres que han denunciado maltrato físico reciben como solución la medida de protección en la cual por escrito se le ordena al abusador “abandonar la habitación que comparte con la víctima cuando su presencia constituye una amenaza para la vida, la integridad física y la salud de cualquiera de los miembros de la familia”; sin embargo, es sólo un papel y la mayoría de los abusadores no atiende a esta orden.

La situación se complica mucho más cuando las mujeres sufren violencia psicológica y económica, un maltrato silencioso que temen denunciar porque consideran que son sólo palabras y que en algún momento su maltratador va a cambiar. Lo que no saben es que estos son los primeros pasos para escalar a la violencia física de ellas y sus hijos.

Con el tiempo las cuarentenas terminarán; pero mientras el confinamiento se siga prolongando el peligro probablemente se intensificará. Con la covid-19 devastando a la economía ese tipo de crisis se volverán mucho más frecuentes ya que los abusadores tienen más probabilidades de asesinar a sus parejas y a otros tras pasar por crisis personales, entre ellas pérdida de empleo o grandes fracasos financieros.

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