Sísifo y el correcaminos

Tardé unas cuantas décadas para entender con algún grado de racionalidad que en esa historia palpitaba una metáfora sobre las cosas inasibles: el deseo, la dicha, el amor. Es decir, la vida misma.
Por: Gustavo Colorado G.

De niño, frente a la pantalla del televisor en blanco y negro, siempre me fascinó la torpe obstinación del coyote persiguiendo a ese pájaro zanquilargo por un desierto infinito.

Como todas las personas a esa edad vi decenas, cientos de veces los mismos episodios sin que llegara a cansarme la repetición.

Había una suerte de misterio en esa sucesión de equívocos.

Ni los explosivos, ni las flechas ni las trampas artesanales le ayudaban mucho al coyote en su propósito: a última hora, cuando estaba a un tris de atrapar su presa, ésta se le escurría de las garras. Algo pasaba siempre: o la pólvora estaba húmeda o le estallaba un segundo antes de arrojarla. Las flechas erraban el blanco o chocaban con objetos surgidos de la nada. En fin, que la trampa se atascaba y el perseguidor terminaba adolorido y atrapado por su propio artilugio.

Tardé unas cuantas décadas para entender con algún grado de racionalidad que en esa historia palpitaba una metáfora sobre las cosas inasibles: el deseo, la dicha, el amor. Es decir, la vida misma.

Y entonces me resultó ineludible pensar en Sísifo empujando su piedra cuesta arriba en medio de grandes fatigas… solo para reiniciar la tarea pocos metros antes de llegar a la cima. O al menos a lo que él creía que era la cima.

Igual que en la historieta.

O mejor dicho: igual que en cada segundo, en cada minuto, en cada día, en cada año de nuestra existencia.

Por eso se queman muñecos de Año Viejo y se brinda en la medianoche del fin del ciclo anual: para regalarnos la ilusión de que el pasado queda atrás y de paso creer que, ahora sí, vamos a alcanzar al Correcaminos de la propia vida.

Asunto imposible de entrada porque perseguidor y perseguido son en realidad la misma criatura. Echamos a volar espejismos para olvidarnos del vacío que, como el desierto, se extiende entre nuestro punto de partida y el de llegada. Entre la nada que nos precede y la que nos sucede.

Como nos lo han explicado tantas veces, desde antes de la escritura los mitos tratan de hacer comprensible el enigma de nuestro tránsito por el mundo. Todos los anhelos, los miedos, las fatigas, las obsesiones y los desencantos se resumen allí. Por eso trascienden el campo del arte y la literatura para devenir espejos, cifras de nuestra aventura personal y colectiva.

Allí está, por ejemplo, el mito del vampiro atravesando siglos y geografías para recordarnos la desesperación del hombre viejo que busca en la piel, en la sangre de las muchachas un último aliento que le permita recorrer el tramo final.

O el más socorrido de todos: Prometeo sediento de infinito, encadenado a la roca de su propia impotencia.

Siglos atrás, los ancianos de la tribu estaban encargados de cuidar y multiplicar esa suerte de galería de espejos en que se mirarían sus sucesores.

Los hijos de esta época disponemos de otros artefactos para contemplar el reflejo propio y el ajeno. Tenemos el cine, la televisión, las revistas, los discos, la internet y unos cuantos artificios cada vez más sugestivos.

Pero no debemos confundirnos con el ropaje. En el fondo es lo mismo: millones de seres persiguiendo algo entrevisto en sueños o escuchado en medio de una conversación distraída.

Justo en ese punto se desata una persecución en la que dejamos pedazos de nosotros mismos, como señales regadas al azar hasta que solo queda un montoncito de huesos ardiendo en el desierto.

Igual que en la historia de Sísifo y el Correcaminos.

PDT.  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.

 https://www.youtube.com/watch?v=YJZfrpGJ3oY