Sobre el suicidio

Gloria Inés Escobar (Columna)El hecho de que la vida en nuestra sociedad se haya convertido en una desgracia para muchos humanos, al punto de encontrar como única salida el suicido, es un hecho aberrante que debería, ahí sí, concitar todas las voces, especialmente las de los defensores de la vida a ultranza, para reprochar y denunciar esto, tomar medidas y evitar que tal cosa siga sucediendo.

Por: Gloria Inés Escobar Toro

Resulta bastante seductora la posibilidad que tenemos los seres humanos de terminar nuestra vida por mano propia; por el contrario, la idea de estar obligados –léase sentenciados– a esperar a que la muerte simplemente llegue, resulta odiosa. Y no es que quiera hacer apología al comportamiento suicida, simplemente considero atractiva y sana la posibilidad que tenemos los humanos de dejar de existir por nuestra voluntad y decisión en pleno uso de nuestras facultades mentales.

Tampoco es que niegue que la vida en sí misma carezca de encanto y hermosura. La vida es realmente bella y poder disfrutarla es un privilegio. Respirar a profundidad en campo abierto; imaginar el flujo de la sangre recorriendo todo el cuerpo; disfrutar el despertar del día y el caer de la tarde; sentir en la piel la caricia de un sol recién llegado; admirar el categórico rayo que ilumina con fuerza un cielo gris; dejar que un viento amable se cuele por el cabello y nos invada por todos los poros; sumergirse en el agua cristalina y dejarse acariciar por ella; escuchar el sonido de la vida al crecer; todo ello es sin duda motivo de alegría y fuente de placer. Sí, la vida y todas sus manifestaciones, es inefablemente bella.

Además, la vida no solo es encantadora, también es obstinada. En efecto, una vez la vida florece, en cualquiera de sus formas, se empeña en ser y en reproducirse, adaptándose al medio y aún a las circunstancias más adversas. Una vez surge está empeñada en desplegarse en toda su plenitud. Ella se lo traga todo, avanza con determinación en múltiples direcciones, se mete por todos los espacios posibles, no hay resquicio por pequeño o extremo que sea en el que no se instale; una vez ha sido la vida persiste sin tregua en permanecer.

Sí, la vida es hermosa y decidida, por eso resulta tan difícil renunciar a ella. Solo el ser humano parece poder hacerlo y no fácilmente pues para tomar esta decisión se requiere hacer caso omiso de las cualidades mencionadas y, además, luchar contra las creencias religiosas y un culto sagrado en torno suyo. Por todo, ello el suicidio es un tema de fuerte discusión y enorme controversia.

Una de las formas de suicidio que se ve confrontada por tales circunstancias es la eutanasia. La negación de la sociedad a este procedimiento impide que una persona, no creyente o aun siéndolo, pero aceptando esta posibilidad, decida sobre su propia vida. De igual modo, el suicidio por causas diferentes al desahucio de la vida, es bastante condenado y anatematizado por las religiones y la sociedad en general. En ambos casos la condena al suicido proviene, además de las razones indicadas, de otras de orden moral.

Pese a todo ello opciones como la eutanasia y el suicidio por razones estrictamente de conciencia individual, de ejercicio libre y pleno del derecho a decidir sobre la propia vida, me resultan totalmente válidas, y como ya lo mencioné, atrayentes. El suicidio que sí considero condenable desde todo punto de vista es el que se produce como consecuencia de la desesperación y arrinconamiento a los que este sistema lleva a una cantidad ingente de seres humanos. Mírese el caso conocido, por ejemplo de la oleada de suicidios de indígenas guaraníes en Brasil, especialmente de jóvenes y niños, quienes se quitan la vida “para no vivir como mendigos o hacinados en reservas tras perder sus tierras en manos de grandes empresas y terratenientes” (Ver documento).

El hecho de que la vida en nuestra sociedad se haya convertido en una desgracia para muchos humanos al punto de encontrar como única salida el suicido, es un hecho aberrante que debería, ahí sí, concitar todas las voces, especialmente las de los defensores de la vida a ultranza, para reprochar y denunciar esto, tomar medidas y evitar que tal cosa siga sucediendo. Que millares de seres se vean impelidos a terminar con su vida porque el sistema les ha cerrado todas las puertas y solo les ha dejado abiertas las que conducen a la mayor humillación y degradación posibles, es algo que debería escandalizarnos y ponernos a discutir sobre lo que significa la dignidad de la vida humana y el derecho que tenemos todos los habitantes de este planeta a disfrutar de ella en las mejores condiciones posibles.

No es tolerable ni justificable de ninguna manera que unos cuantos humanos vivan en el mejor de los mundos posibles a expensas de que la mayoría viva en el peor de ellos. Pero de nuevo la doble moral o el doble patrón se imponen. Esas muertes por mano propia de quienes no encuentran otra salida para la situación ignominiosa que padecen; esos suicidios de quienes no son capaces de resistir más el peso brutal que los aplasta; esas vidas que se quiebran porque es imposible soportar más; esas existencias que se pierden en medio de la miseria más absoluta; todas esas muertes, repito, aunque técnicamente sean llamadas suicidios, no son más que asesinatos indirectos que el sistema ejecuta.

La vida, que el sistema a través de todas sus instituciones y voceros tanto dice proteger, de la que constantemente se repite es sagrada e intocable por mano humana, solo importa realmente cuando se trata de la de quienes están en el poder, de los opresores, las demás vidas, las de los oprimidos, las de los nadie como diría Eduardo Galeano, no cuentan. Por eso resulta hipócrita e irritante tanta indignación que la sociedad exhibe frente al aborto, frente a la eutanasia y frente al suicidio.