A lo mejor, para ser bueno haya que ser un poco malo. Lo ignoro porque no soy bueno, tampoco malo, pues los malos son también, en el fondo, un poco buenos.

 

Por: Camilo Villegas

A veces imagino que soy una persona sociable, que tengo muchos amigos en Colombia y en otras partes del mundo, con los que intercambio cuantiosos mensajes de WhatsApp a diario.

Imagino que no me da pereza llamar o escribirle a Pepita Pérez e invitarla a cenar, para estrechar lazos. Invento que la comida es fabulosa, que no me deprimo en el postre, que no estoy deseando volver a casa, con mis libros, mi soledad, mi rabia, mi odio, mi frustración, mi ansiedad, mi cerveza, mi aturdimiento nocturno…

Imagino también que mi vida parece estar escrita por Dios, que todo lo que sucede, lo que poseo, lo que deseo, quién soy y lo demás, me hace feliz.

Fantaseo que estoy dichoso con lo que la vida me ha dado, que no envidio a nadie, imagino que me gusta el fútbol y que puedo pasar la tarde entera echado en el sofá, viendo partidos de la liga española.

Imagino que ordeno mis libros por orden alfabético, como le gusta a mi madre (o por cualquier otro, qué más da) y que encuentro siempre el que busco (por lo general, doy con el que no busco).

Pero no nos salgamos del tema de la sociabilidad. No cansarse de la compañía de los demás, no preguntarse qué hago aquí, no renegar de tus amigos y por lo tanto ser bueno, ser una buena persona, no en el sentido estúpido de la palabra, sino en un sentido que quizá no se haya descubierto todavía.

A lo mejor, para ser bueno haya que ser un poco malo. Lo ignoro porque no soy bueno, tampoco malo, pues los malos son también, en el fondo, un poco buenos.

Y decir lo que realmente piensas siempre, siempre, y no sólo los fines de semana con tragos en la cabeza. Decir la verdad, ahora, no sería viable porque tengo pensamientos horribles acerca de los demás (aunque también acerca de mí mismo).

Por lo general, estas fantasías bondadosas me atacan en los aeropuertos, rodeado de personas que, como yo, creen saber adónde van sin tener ideas claras sobre sí mismos.

El otro día en ElDorado, una mujer atrás de mí (una caleña, creo) me preguntó si aquella fila era la del vuelo de Avianca. Estaba justo haciendo fila en Latam y se lo dije. La mujer dudó unos segundos y al final exclamó: «¡Y qué más da!».

Me sobrecogió aquella indiferencia que tomé por un rasgo de sabiduría, incluso de heroísmo. A la semana siguiente, de nuevo en un aeropuerto, formé fila e intenté viajar sin saber adónde, como la caleña, pero no me salió. Se los dije, no soy bueno.