Sombras chinas

  1. La historia proyecta sus juegos de sombras chinas  en el tiempo y los humanos las atrapamos al vuelo, en un intento por descifrar  algunas claves del presente.

Por: Gustavo Colorado 

El pasado habita entre nosotros diciéndonos cosas.

Solo que las estridencias del ahora nos impiden escucharlas.

Los más  escépticos  aseguran que siempre ha sido así y, por lo tanto, nada ni nadie va a cambiar las cosas.

Otros van más allá  y citan el proverbio bíblico: “nada nuevo  hay bajo el sol”.

Unas cuantas voces, sobre todo entre los más jóvenes, dicen que es hora de cambiar el curso de la rueda.

Entonces se echan a la calle y, sobre todo, se sumergen en las redes sociales en busca de interlocutores y respuestas.

Lo que  encuentran no es muy alentador: un intercambio incesante  de insultos, calumnias, amenazas, infundios y descalificaciones  enhebrados en un lenguaje cada vez más envilecido.

Con un agravante: esa hoguera es alimentada por  columnistas, caricaturistas, presentadores de noticias, analistas   y otras variantes de lo que ha dado en denominarse Líderes de opinión. Influenciadores, los llaman también.

Algunos entre estos últimos suelen ser perversos hasta la insania.

En ese bosque escasea el pensamiento y abundan las pasiones. Los consumidores de información beben esa pócima  nauseabunda y la regurgitan convertida en odio, en  prejuicio, en descalificación  visceral  de los otros. Como en un  mortífero  bumerán, éstos devuelven la ofensa, multiplicada. Razones de sobra para preocuparse por partida doble.

En ese momento, uno decide visitar las sombras chinas de otras épocas en busca de cordura.

Entonces se encuentra  con la gran Hipatia de Alejandría, que  le devuelve el aliento  desde el siglo IV d.C con esta dosis de lucidez:

“Conserva  celosamente tu derecho a reflexionar, porque incluso el hecho de pensar erróneamente es mejor que no pensar  en absoluto”.

Qué falta nos hace hoy esa sensatez frente a las bombas arrojadas a los cuatro vientos en ciento cuarenta caracteres.

Más adelante, entrado el siglo XVI, el viajero asiste a la controversia epistolar entre Erasmo de Rotterdam y Martín Lutero.

El primero era un pensador entre los  más grandes y el segundo un activista ferviente cuyas tesis provocaron un sismo  al interior de la Iglesia católica y en la estructura política de Europa.

Y  ninguno de los dos perdió el respeto por el decir y el sentir del interlocutor, como lo revelan algunos fragmentos de  sus cartas. Por ejemplo, este de  Lutero a Spalatino:

“(…) Jesús. Salud. Hasta ahora me has preguntado cosas, óptimo Spalatino, cuya respuesta dependía de mi capacidad o de mi temeridad. Ahora, al rogarme que te oriente en lo que concierne al conocimiento de la Sagrada Escritura, me planteas un problema que excede en mucho todas mis fuerzas. Y es que ni yo mismo  puedo  encontrar quien me guie en asunto de tanta trascendencia. Cada uno, incluso los más eruditos y mejor dotados de ingenio, opina a su aire. Ahí tienes a Erasmo: afirma públicamente que san Jerónimo es un teólogo de categoría tal, que a seguir su gusto debería ser el único que se tomase en consideración (…)”.

A su vez, el genio de Erasmo no se hace rogar:

“(…) Con vehemencia disiento de quienes se oponen  a que los laicos puedan leer las Santas Escrituras traducidas a las lenguas vulgares, como si Cristo hubiera enseñado cosas tan intrincadas que escasamente pudieran ser comprendidas por unos pocos teólogos y como si la difusión de la  religión  cristiana dependiera del desconocimiento de ella. Tal vez pueda ser conveniente que los reyes oculten  sus secretos, pero Cristo quiere divulgar al máximo sus misterios (…).”

Es decir, que Erasmo  valora y acoge  el razonamiento de su contradictor allí donde encuentra puntos de coincidencia. Desde luego,  hablamos de dos mentes poderosísimas, cada una con un enfoque distinto de su tiempo.

No de la olla de grillos que es, en últimas, la vida pública colombiana. Pero por algo se empieza- supongo-. De modo que los invito a continuar el recorrido.

Escuchemos a  sor Juana Inés de la Cruz, que escribió un siglo más tarde para el mundo desde México, el reino de lo mero  macho entonces  y ahora:

“¿Qué humor puede ser más raro que el que, falto de consejo, él mismo empaña el espejo, y siente que no esté claro?” 

O esta  otra reflexión de la monja indómita:

“Y aunque es la virtud tan fuerte, temo que tal vez la venzan. Que es muy grande la costumbre y está  la virtud muy tierna.”

Y  sí, tenía razón sor Juana: es tan grande la costumbre que nos habituamos a la sordidez. Peor aún: a las muchas formas de la estupidez.

Pero después de visitarla allí donde habita junto a su hermana Hipatia y  sus contertulios Erasmo y Lutero, bien vale la pena jugársela por la virtud, por tierna que sea.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

  https://www.youtube.com/watch?v=8wcqV_dnO3U