Disfrutar una relación con una persona del mismo sexo o del otro, no hace ni mejor ni peor, ni más ni menos inteligente, ni más o menos digno, a nadie. Los verdaderos valores éticos, como la responsabilidad, la solidaridad, el respeto, la sinceridad… son los que pueden servir para juzgar el comportamiento de las personas, no su preferencia sexual.

Por: Gloria Inés Escobar Toro

Lo ideal sería ser capaz de amar a una mujer o a un hombre,

a cualquier ser humano, sin sentir miedo, inhibición u obligación. Simone de Beauvoir

Resulta, por lo menos extraño, que en esta época caracterizada por una hipersexualidad omnipresente, ciertas prácticas sexuales, como las relaciones entre dos personas del mismo sexo, sigan teniendo que ser justificadas, defendidas.

Se ha demostrado hasta la saciedad que los homosexuales no son personas anormales ni enfermas ni raras. Son solo seres humanos con gustos sexuales diferentes al de los heterosexuales. Solo eso. Lo que diferencia a unos de otros es el disfrute de un placer. Es por ello tan absurdo rechazar y estigmatizar a una persona por sus gustos sexuales como lo sería señalar y marginar a alguien porque prefiere la mantequilla de maní en lugar de la de vaca.

Disfrutar una relación con una persona del mismo sexo o del otro, no hace ni mejor ni peor, ni más ni menos inteligente, ni más o menos digno, a nadie. Los verdaderos valores éticos, como la responsabilidad, la solidaridad, el respeto, la sinceridad… son los que pueden servir para juzgar el comportamiento de las personas, no su preferencia sexual.

Justificar la homosexualidad debería resultar no solo innecesario sino estúpido. Las personas con estas preferencias sexuales no deberían esgrimir ningún argumento para responder a quienes les reprochan su comportamiento. Debería bastar con decir SOY HOMOSEXUAL ¿Y?, ¿a quién le importa?, ¿a quién afecto?, ¿qué pasa?

Si con los gustos sexuales no se agrede ni se obliga a nadie a hacer lo que no quiere, qué carajos importa el que una persona prefiera amar a alguien de su mismo sexo.

La estigmatización de las personas homosexuales es justamente una respuesta al distanciamiento de los géneros férreamente instituidos: o se es mujer o se es hombre, lo demás son “desviaciones”. Esta sociedad, por más que lo pregone, no admite algo diferente. Se obliga a las personas a parecerse a cualquiera de los dos modelos establecidos. Es por ello que un homosexual no cabe: si se es macho, pero su comportamiento no encaja en el género masculino, se rechaza; si es hembra, pero no se comporta como mujer, se rechaza. Los homosexuales son así una especie de seres a medio hacer, inacabados, o peor, mal acabados, de ahí su discriminación.

La homosexualidad no es un peligro, no es una calamidad, no es una desgracia, no es una deficiencia, no es un problema, y como tal, no debería ser motivo de vergüenza para nadie, ni para quien lo es ni para la familia. Lo verdaderamente peligroso y vergonzoso está en otro lado, en, por ejemplo, la manera en que se ejerce el poder y para quién se ejerce, ahí es donde debemos concentrar toda nuestra atención, no en los gustos sexuales de las personas.