Thomas Adams y los semáforos

 

GUSTAVO COLORADO IZQPor: Gustavo Colorado

Mi amigo Jorge Alberto Marín, quien no por nada es un experto  en mercadeo y publicidad, me formuló la pregunta  a quemarropa a la hora del desayuno: ¿Qué pasaría con las políticas de mercadeo  de las fábricas de chicles si un día prohíben  las ventas de sus productos en los semáforos? Aunque  la posibilidad es remota, dada nuestra vocación secular  de productores de pobres, pensé que la primera consecuencia será el incremento de las cifras de desempleo en las estadísticas oficiales: bien sabemos que a los rebuscadores no los cuentan  como desempleados, entre otras razones por el impacto político que  el aumento o la disminución de esos indicadores suele tener.

Quizá inspirada en algunos personajes de   La guerra de las galaxias, la jerga  administrativa versión siglo XXI llama  “Fuerza de ventas” a  los viejos vendedores de siempre. Con ello se  sugiere  que se va a un combate con los competidores, el mercado y con la resistencia de los clientes. “Que la fuerza te acompañe”, supongo que les dicen los capitanes de empresa a sus escuadrones  cuando salen a tomarse el mundo.

Vendedor de chicles

Picado por la curiosidad , me paré  entre las doce del mediodía y la una y treinta de la tarde e en uno de los cruces  viales más congestionados de Pereira: el  semáforo de la carrera octava con  calle catorce. Me acompañaba un grupo de estudiantes universitarios.

Aparte de un enjambre  de motociclistas enloquecidos y de conductores ansiosos, contamos ocho personas entre los cinco y los setenta años ocupadas en las siguientes tareas: una anciana mendigaba monedas,  un tipo adulto limpiaba parabrisas, un travesti entrado en la treintena ofrecía sus servicios, un hombre ciego entonaba en una  armónica melodías destempladas. Van cuatro. La otra mitad de la fuerza de ventas, compuesta en su totalidad por chicos  menores de edad  ofrecía cajas pequeñas de dos chicles a  cien pesos cada una. Como teníamos un objetivo preciso nos concentramos en este último nicho de negocio y  escribimos en nuestras libretas cuatro  nombres imaginados. Perezoso como soy, apelé a los nombres bíblicos y  sugerí  trazar a la derecha de cada uno una raya corta por cada   caja de chicles vendida.

Al llegar a casa me dediqué a la tarea de sumarlas y me encontré con unas cifras que, en principio le dan la razón a Jorge Alberto. No sobra aclarar que anotábamos solo las que alcanzábamos a cubrir con un golpe de vista.

Juan sumaba treinta rayas a la una y media de la tarde.

Pedro acumulaba cuarenta y siete.

Pablo lo superaba por una raya.

Y  Marcos le ganó  al anterior por una cabeza: cincuenta rayas.

Ciento setenta y cinco rayas en hora y media en  un solo semáforo. Nada despreciable para un negocio informal.

De repente sentí vértigo: pensé en miles de semáforos instalados en decenas de ciudades del tercer mundo. Imaginé cientos de miles de conductores adictos a la goma de mascar. Supuse legiones enteras de muchachos empecinados en sacarle  unas monedas a esa adicción.

THOMAS ADAMS CHICLE
Thomas Adams

 

Como sucede con casi todo en este mundo, la respuesta  solo podía ser política: no solo a los aspirantes  a gobernar republiquetas tropicales les conviene mantener a millones en la pobreza. Abrumado por las cifras evoqué la figura de  Thomas Adams y su hijo. El viejo es reconocido por ser el creador del chewing  gum. En su momento fue secretario personal del dictador mexicano Antonio López de Santa Anna. Quizás  mirando  cómo su jefe amortiguaba los remordimientos de conciencia masticando cualquier cosa blanda  que tuviera a la mano, imaginó el paraíso como una miríada de cuadritos de goma  saborizados y cientos de semáforos diseminados por el planeta para ponerlos en venta. Quién sabe.