De modo que, en lugar de una definición, les ofrecí una colección de rostros y voces, porque una  ciudad es eso: un juego de voces y rostros que, empujados por el azar o la esperanza, se dan cita en el tiempo y el espacio para desvanecerse después en un incesante ir y venir del que sólo puede rescatarlos la memoria.

Por: Gustavo Colorado Grisales

Para cumplir con una tarea escolar con motivo del aniversario 156 de la segunda fundación de Pereira, dos estudiantes me pidieron a quemarropa que definiera la ciudad en una frase.

Les respondí que una persona o una ciudad no se pueden definir sin recortarlas o, peor aún, sin reducirlas al peligroso estereotipo de las frases hechas, útiles para campañas publicitarias y por eso mismo perniciosas a la hora de aproximarse al talante diverso y cambiante de todo organismo vivo.

Y las ciudades lo son en grado sumo.

Pensé en adefesios como ese de “La ciudad de la eterna primavera”,  “La ciudad  milagro” “La sucursal del cielo” o “La capital musical de Colombia”, para nombrar sólo cuatro en una lista que se haría interminable nombrar aquí.

Bien sabemos que la primavera pueda devenir tormenta tropical, el milagro puede ocultar una estafa, el cielo convertirse en infierno y la capital musical de este país puede ser cualquier rincón donde un grupo de personas se empecinen en ponerle ritmo y voz a sus dichas y desventuras.

De modo que, en lugar de una definición, les ofrecí una colección de rostros y voces, porque una  ciudad es eso: un juego de voces y rostros que, empujados por el azar o la esperanza, se dan cita en el tiempo y el espacio para desvanecerse después en un incesante ir y venir del que sólo puede rescatarlos la memoria.

Y esto último demanda mucho más tiempo del que se necesita para fabricar una frase efectista.

Cuando les dije que Pereira había sido fundada por primera vez tres siglos antes del 30 de agosto de 1863, la fecha establecida para los festejos oficiales, abrieron unos ojos así de grandes.

Y ese es el mejor síntoma de que se ha encendido la chispa de la curiosidad. De ahí en adelante, los chicos no pararon de hacer preguntas.

Les inquietaba saber por qué desapareció Cartago Viejo y para dónde se fueron sus habitantes.

Dicen algunos cronistas que, como en las páginas de la novela de José Eustasio Rivera, “se los tragó la selva”.

Luego les conté que el relato de la colonización antioqueña era, en todo caso, una verdad a medias, porque al territorio ubicado entre los ríos Otún y Consota llegaron caucanos, negros, indígenas y, más tarde, algunas familias palestinas, judías y siriolibanesas expulsadas de sus aldeas en el Medio Oriente por guerras seculares y asaltos coloniales.

Aproveché la ocasión para hacerles un relato de otra avanzada de inmigrantes: la de los futbolistas paraguayos llegados a Pereira desde el inicio del primer torneo colombiano, hasta finalizar los años ochenta del siglo XX.

Como sucede en todos los rincones de la tierra, el fútbol tocó una fibra esencial de esos muchachos.

Puestos en ese terreno, no me fijé en gastos para narrarles la epopeya de Roberto Vasco, un arquero diminuto que “Volaba de palo a palo”, para utilizar una frase cara a la poética de los narradores de fútbol. Les mencioné -cómo no- que una tarde de 1971 el paraguayo Apolinar Paniagua dejó sin pan ni agua a Otoniel Quintana, un portero que llevaba una docena de juegos con la valla invicta.

Y, claro, evoqué el grito de batalla de Isaías Bobadilla, un defensor central duro y afilado como el pedernal, cuya consigna era “Pasa el balón, pero no pasa el rival”.

Pero como no sólo de fútbol vive el hombre les recomendé –por si algo- la lectura de Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, la novela en la que Albalucía Ángel desvela los muchos rostros y las muchas voces de una Pereira que a partir de 1948 empezaría a recibir racimos enteros de familias desgajadas desde sus pueblos y veredas por los embates de la violencia entre liberales y conservadores.

Con esos rostros y esas voces, más los que siguieron llegando, se alimenta el rumor de sangres que le dan vida a la ciudad como otros afluentes de los ríos que la circundan.
Ese rumor brota en el pregón de los vendedores de chontaduros y en el grito de los que ofrecen baratijas en las esquinas. Alienta en ese caudal de músicas de todos los géneros imaginables que se escuchan por donde uno pasa. Brilla en la piel de negros, indígenas  y mestizos cuando les pega de lleno el sol del mediodía. Corre por  la espalda de los varios miles de venezolanos que van y vienen por las calles en una especie de reflujo de la marea que condujo a tantas familias pereiranas hacia Caracas o Maracaibo a partir de los años sesenta.

A esa altura del camino, uno de los muchachos recordó que tenían que llevarle la tarea a su profesor: la frase aquella de marras.

-¿Y entonces, qué  le llevamos al profe?, preguntó Camilo, toda una urdimbre de piercings en nariz y orejas.

-“ Pasa el balón, pero no pasa el rival”, contestó -lapidario- Sebastián, agitando su pelambrera roja y se alejaron pateando piedras calle abajo.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.