Pareciera que el historial de corrupción, ineptitud e impunidad que surca a la historia de TM y a la contratación distrital y estatal en general han hecho mella por fin en sus usuarios.

 

Manuel Ardila (BN)Por Manuel Ardila

¿Cuán común se ha vuelto, no? Cuán común se ha vuelto aceptar lo indefendible como inevitable.

Pareciera que de un momento a otro la ciudad ha sido infestada, asediada, fastidiada por una problemática  que ha hecho la vida diaria de sus habitantes si no más difícil, imposible; y aunque sus efectos se pueden palpar en cualquier parte de la ciudad, en ningún otro lugar esos efectos son más visibles que en el sistema Transmilenio. El problema que ha ayudado a elevar el caudal de nuestra neurosis colectiva es la falta de cultura ciudadana, elemento sine qua non podemos hablar de una ciudad moderna (olvidémonos por un momento de las mega obras y los ríos de concreto y hablemos de la convivencia  en la ciudad).

Los efectos de esta “incultura ciudadana” en el sistema son de sobra conocidos por la acción magnificador de los medios de comunicación. Van desde lo negligente o desconsiderado, como no ceder las sillas azules; lo suicida o estúpido, como colarse en el sistema teniendo el dinero para comprar el pasaje; hasta lo innegablemente criminal, como las bandas de ladrones y los acosadores en serie que operan  a sus anchas en el sistema.

En un solo día en el sistema (qué  digo en un día, en unas horas) usted lector desprevenido se puede encontrar personas que utilizan los buses alimentadores para recorrer unas cinco o seis cuadras sin pagar un solo peso, ser recibido en el sistema con empujones y codazos,  pasajeros que corren a tomar silla como si estuvieran jugando a las sillas musicales, hacinamiento, ventas y músicos ambulantes, etc., (eso si tiene suerte, no quiero pensar en las jornadas que deben soportar grupos vulnerables como mujeres, ancianos o personas con niños pequeños).

Teniendo en cuenta lo anterior, solo podemos deducir que es un milagro que una persona, que debe soportar día tras día estas condiciones para ir a sus lugares de estudio o de trabajo y volver a sus hogares, conserve su salud mental casi intacta.

Aún así,  si observamos las malas noticias que produce la falta de cultura en el sistema TM se puede llegar a una  conclusión menos obvia que preocupa bastante: parece ser que los bogotanos nos hemos acostumbrado a la incultura ciudadana y hemos adoptado hasta cierto punto esa forma de actuar.

Pareciera que el historial de corrupción, ineptitud e impunidad que surca a la historia de TM y a la contratación distrital y estatal en general han hecho mella por fin en sus usuarios. Ahora, si no nos hacemos la vista gorda ante los comportamientos impropios de otros, muchas veces los ejecutamos nosotros mismos. Es escandalosa la manera en la que se puede ver a estudiantes y trabajadores colándose en el sistema sin mostrar un solo rastro de vergüenza (estudiantes a los que no les da ni un poco de pena dejarse ver con los uniformes de su institución colándose en una estación).

Miles de nosotros hemos visto estos vergonzosos comportamientos y nos hemos quedado con la boca callada por desidia, miedo o por (y aunque parezca increíble) estar de acuerdo con el agresor y el precio que pagamos -al parecer- con gusto es hacernos  la vida imposible a nosotros mismos y a los demás, es perder a plazos, como agua entre las manos, la ciudad que nos ha visto nacer o que nos ha recibido con los brazos abiertos.

Si terminamos de sucumbir a la tentación de tratar con desprecio a lo que nos pertenece (por muy deficiente que sea) le habremos dado el tiro de gracia a la ciudad, habremos completado el trabajo de los saqueadores. Es hora de que, a pesar de todo, empecemos a reconstruir nuestra ciudad desde sus verdaderos cimientos, desde la relación que nos une a todos nosotros, sus habitantes.