Trump y el incendio de Roma

Se salva o no el imperio, solo queda saber que llega otro, y abajo las colonias y sus parias no se deben conformar con la contemplación pasiva de la sucesión de tronos o de imperios.

Por / Eduardo Pulido García
En Quo Vadis el escritor polaco Henryk Sienkiewicz desarrolla el incendio de Roma en medio de la locura “estética” de Nerón, hecho que marca, para algunos historiadores, el primer signo de la caída del imperio y el comienzo de la hegemonía Cristiana cuatro siglos después.

Es claro que Trump no es Nerón, tiene sí ese mismo aire megalómano que se abriga al ser el presidente de uno de los imperios modernos, también es el estereotipo de una imagen y de un discurso político: su gran tamaño, tez blanca y adicción a la comida chatarra, son casi un símbolo; un tío Sam del siglo XXI, con un nuevo eslogan: del “I want You” al “Make America great again”, eslogan que esconde, conscientes de ello o no, el signo del desmoronamiento de EE. UU. como primera potencia del mundo.

Su muerte política no se debe al sofisma de la democracia burguesa, si no más bien al fracaso de su intento de hacer resurgir el imperio. China, Rusia y Alemania han ido inundando cada vez más el mercado y la fórmula mágica de la guerra en el medio oriente, que ha servido tantas veces y a tantos otros presidentes, se ha tornado en su contra. En su patio trasero no ha podido controlar los incendios: fracaso de la intervención en Venezuela y Bolivia, sin contar con ambientes no tan proclives a su mando en Argentina, Chile, México… solamente en Colombia se ha mantenido fiel -mal haya para nosotros- y algún efecto positivo tuvo la estrategia en Ecuador, aún sin saber hacia donde gire la balanza en las próximas elecciones.

Al interior: las llamas, no tanto producto de su locura de esteta megalómano, si no más por el estallido social, la inequidad, la discriminación racial, étnica, sexual y hasta cultural. Un modelo económico proteccionista acompañado de un discurso nacionalista excluyente, en una nación que se ha erigido sobre la multiplicidad étnica de Europa, África y Latinoamerica, un ultranacionalismo, donde todos son Roma, pero al final nadie es Roma.

Así cae Trump y llega Biden, no con otra tarea de apagar el incendio de un imperio que arde: ajustar la economía interna, recomponer las colonias y recuperar el terreno perdido en la carrera imperialista.

¿Cuál será la fórmula? Garrote y zanahoria para las colonias y el tercer mundo, y diplomacia con sus rivales, ahí a donde no llegan o no pueden las armas.

Se salva o no el imperio, solo queda saber que llega otro, y abajo las colonias y sus parias no se deben conformar con la contemplación pasiva de la sucesión de tronos o de imperios, que lleguen los Luises XVI y las Antonietas, y que los reciba bien la guillotina de la historia, o que prevalezca el hambre y la miseria.