…Esto no es únicamente culpa del Estado, aquí tenemos parte de responsabilidad pues, con la ignorancia de pueblo troglodita que nos caracteriza, apoyamos el estereotipo donde el actor es un “mariguanero”, un alcohólico o, quizás, un “guerrillero”…

Mateo Ortiz GiraldoPor: Mateo Ortiz Giraldo

Cuando una persona dice que es actor, o que tiene alguna relación con el mundo del “espectáculo”, ya sea en un teatro o tras la pantalla de un televisor, de inmediato le relacionamos con la opulencia, con el reconocimiento, incluso con la riqueza, pues nos han vendido la imagen del actor estadounidense multimillonario, exitoso y, sobre todo, famoso. Pero, qué pasa cuando ese imaginario es planteado en un espacio más nuestro, es decir en la realidad de un país que ve a la cultura como un acto subversivo y en el cual el Gobierno, patrocinando este estigma, se encarga de doblegar más a los actores: los fondos que se dirigen a asociaciones de artes escénicas son paupérrimos, casi inexistentes ya que para ellos empuñar un fusil es más útil que tomar un libro para ir un lugar donde la cerca bélica no sesgue nuestra visión del mundo.

Recientemente, las figuras más destacadas de nuestra farándula criolla se arremangaron el drill, se adueñaron de la constitución y en grupo fueron a tomarse el Congreso de la República: fueron a representar un dramatizado absolutamente real, un drama que no se representó en las tablas, sino en las baldosas monocromáticas de una sala con el aire acondicionado helándoles la piel. Allí artistas de la televisión, cine y teatro reclamaron a viva voz por el cumplimiento de sus derechos laborales, personalidades como Vicky Hernández o el “Gordo” Benjumea expusieron sus casos en una sesión que duró alrededor de cinco horas.

Ellos fundamentaron sus reclamos en un hecho puntal: la falta de garantías. En este país los supuestos “famosos multimillonarios”, los que aparecen en las portadas de las revistas o vemos todas las noches en los canales nacionales, tiene un sueldo máximo de cuatro salario mínimos, es decir del rededor de 2 millones y medio de pesos los cuales deben restar  20% para su mánager, 12% para pensión y salud, además de los gastos del transporte a los sets de grabación o a las salas de ensayo; esto les deja un salario con el cuál no logran ser las estrellas hollywoodenses que imaginamos que son.

Si esto ocurre con actores de talla nacional tratemos de pensar un momento en el desamparo que sufren los actores de las obras teatrales que vemos representado su papel en las salas y auditorios; tratemos de comprender a la persona que se oculta tras el personaje, es decir, al humano que al igual que usted y que yo necesita suplir necesidades básicas que su arte no logra cubrir. Esto no es únicamente culpa del Estado, aquí tenemos parte de responsabilidad pues, con la ignorancia de pueblo troglodita que nos caracteriza, apoyamos el estereotipo donde el actor es un “mariguanero”, un alcohólico o, quizás, un “guerrillero”.

Son muchas las historias por contar. A continuación se muestra una historia revela la dificultoso de  vivir en una sociedad cuya cultura sólo congratula al corrupto o al narcotraficante.

Manuela Barco López: la estudiante becada

Manuela, es una joven de 17 años, todas la mañanas se levanta muy temprano para ir a la universidad, pues vive en la vereda la Aurora  (área rural de Manizales)  y el transporte tarda más de una hora en arribar a la iglesia Los Agustinos. Allí camina hasta la Universidad de Manizales. Tras sus ojos verdes oculta miles de historias que su cuerpo, voz – incluso alma, como ella dice- expresan cuando está sobre un escenario. Manuela, a causa de su situación económica, no pensaba entrar a la universidad, más un día una persona le ayudó para acceder a la educación superior por medio de una beca que alcanzó gracias a su arte. Esta joven ha ganado premios a nivel nacional y ha hecho papeles impresionantes como el de Rosa María Celis en el monólogo “La violación” – que participó en la VIII maratón de monólogos en la ciudad  Bogotá- o el de Ofelia en una adaptación de Hamlet.

Para mantener la beca  debe cumplir ciertos términos que la llevan a dar una contraprestación a la Universidad, por tanto debe trabajar en la universidad sin ninguna retribución económica. Así que dicta talleres de corporalidad en la facultad de Ciencias Jurídicas, ayuda en el Semillero de Teatro, presenta sus obras de manera gratuita dentro de la Universidad y otra serie de labores de sensibilización artística. Además debe tener un promedio general de 4.0.

Ustedes podrían pensar que una temporada le dará suficiente dinero para vivir cómodamente, si eso es lo que pasa por su cabeza, están equivocados: los ingresos que recibe son muy bajos, pues, como ya lo había manifestado, el vulgo no apoya al arte. Por tanto Manuela para su manutención se dedica a otras labores, entre las que se encuentra vender empanadas los fines de semana.

Ella con tristeza lo dice “El arte es mi vida, por eso vivir es tan complicado”. Pero a pesar de ello, ella sonríe.