Gustavo ColoradoPara Angie, la desmemoriada   

Por: Gustavo Colorado     

“He muerto de fiebre en los médanos de Singapur”, le dice el fantasma del gitano Melquiades a su compinche José Arcadio Buendía en uno de sus regresos al mundo de los vivos. Desde hace siglos, antes que un pueblo, los gitanos son una metáfora. Símbolo del peregrino, del desterrado, sabio a fuerza de  auscultar los latidos del mundo, como corresponde a  todo gran poeta.

Melquiades  se mueve en  la tenue frontera que separa a vivos y muertos. En esos límites, bien lo sabemos, acontece el olvido y la obra toda de Gabriel García Márquez es una lucha por conjurar esa plaga que nos devora como individuos  y como sociedad.

A muchos lectores nos gusta buscar rastros del autor  en las ideas  o manías de algunos de sus personajes. En mi caso siempre sentí que si hay algo del García Márquez hombre en sus obras de ficción es en Melquiades. Andariego, exiliado. Locuaz o silencioso dependiendo de las necesidades del momento. Iniciado en los misterios más sencillos y en los más grandes, va por el mundo ayudándonos a descifrar las claves de un destino incierto hasta para los mismos dioses, como bien lo intuyeron los clásicos griegos desde el viejo Homero.

¡Mierda!”, supongo que debió exclamar el coronel Aureliano Buendía, encerrado en su taller de orfebre, interrumpiendo la fabricación del enésimo pescadito de oro al conocer  la noticia de la muerte de su creador. “¡Ave María purísima!”, debió gritar Úrsula Iguarán, atravesando con su clarividencia de ciega las paredes de la muerte. “¡Ahora si Melquiades se nos murió del todo!”, supongo que dijo el espectro de José Arcadio Buendía, amarrado al castaño del patio.

Hace  unos cuatro años emprendí con mi hija adolescente una aventura de la que nadie sale incólume: noche tras noche, después de la merienda, le leí en voz alta las trescientas sesenta páginas de Cien años de soledad. Era mi propia manera de vacunarla contra la peste del olvido. Con una paciencia impensable a su edad, tejió y destejió la  urdimbre de Aurelianos y José Arcadios, las ansias de Pilar Ternera, las pesadillas de Rebeca  y Amaranta, la indolencia de Remedios la bella, y los desengaños del coronel, hasta dar con el  hilo de sangre que viaja desde el lugar  donde acaba de  morir José Arcadio  hijo y termina por colarse bajo la puerta de la cocina donde Úrsula no hace cosa distinta a comprobar lo que ya le habían anunciado sus corazonadas de madre.

Pero lo que más le impactó fue la visión de ese tren cargado de cadáveres que atraviesa las plantaciones de banano hasta dar  con su carga de horrores en las aguas del mar Caribe. “¿Si eran tantos los muertos, como pudieron decir que no existieron?”, me preguntó en una pausa de  la lectura. Así es la historia de Colombia, le respondí: plagada de engaños  y negaciones. Porque, más allá de la etiqueta de realismo mágico acuñada por editores y reseñadores de libros, Cien años de soledad es en realidad  un relato cifrado de este país nuestro de penas y olvidos. Tanto, que todavía hoy existen quienes pretenden contarnos la violencia entre liberales y conservadores como una fábula de campesinos borrachos o la confrontación de guerrilleros y paramilitares  como una  lucha entre buenos y malos.

Por esas razones, dejando de  lado las declaraciones patrioteras que hablan de “Nuestro Gabo”, aunque el autor de la proclama no haya leído una sola de sus páginas , de García Márquez nos queda un puñado de libros que ojalá puedan ayudarnos a luchar contra la peste del olvido. Solo por esto último, no existen palabras para expresar todo el sentimiento de gratitud  por la obra de este  señor muy viejo que vino al mundo a dejarnos como legado unos libros enormes.

PDT: les comparto enlace a una canción de Bienvenido Granda, el cantante favorito del mago de Aracataca.