Una sospecha acerca del mito y la sacralidad del ser.

 

HUGO OQUENDO2 Por: Hugo Oquendo-Torres[1]

 

El ser humano es un ser mítico.  Cuando en sus primeros siglos de evolución la especie humana concibió la vida como sagrada, entonces la deificó hasta ponerle un calificativo.  Y mientras transcurrían centurias, el ser humano en todos sus procesos migratorios hacia diferentes regiones del planeta, a este descubrimiento le atribuyó su respectivo nombre, obedeciendo a cada cultura y lengua.  En algunas sociedades más estructuradas esta percepción trascendental de la vida se institucionalizó hasta jerarquizarse.  Inclusive algunas civilizaciones han sido tan osadas que se han adjudicado el criterio de ser las únicas que poseen el relato verdadero del mito, el mito del origen de la humanidad como teofanía.  Como si fuese un absoluto de su propiedad privada.

 

No obstante, como bien precisa Eduardo Galeano: “La leyenda y el mito son también fuentes de conocimiento, porque han sido los medios de los que dispuso la memoria del vencido para no ser aniquilado.  Son metáforas colectivas, maneras de expresión que la historia encuentra para revelarse, a pesar del silencio obligatorio y a pesar de la obligatoria mentira”.  Frente a ello podemos decir que los mitos son vitales para el desarrollo del ser, porque es por medio de éstos que el ser humano construye comunidad e identidad.  La palabra le debe su existencia al mito.  Es por ello que se puede afirmar que alrededor de las fogatas y el mito, de generación en generación, el ser humano aprehendió su cultura, y especialmente el hecho de que era un ser gregario transversalizado por el otro y la otra, por la naturaleza.

 

Sin embargo se debe admitir que dentro de las funciones del mito, éste puede desarrollar una doble faceta, ya que a través de él el ser humano se hace esclavo o libre.  Los mitos en sí son construcciones humanas que conforman nuestro inconsciente colectivo que hemos heredado en nuestro devenir humano.  Ellos parten de la colectividad y de la koinonía con la naturaleza, cuyo propósito es darle continuidad histórica al ser y a la vez proveerle un camino hacia el horizonte cíclico de la existencia con relación al espacio que habita y lo habita; pues el mito es el medio por el cual el ser humano se libera para encontrarse de cara con sus antepasados, sus deidades, porque el mito es epifanía.  Para corroborarlo, nada más valdría la pena estudiar un poco las cosmogonías de nuestros pueblos originarios.

 

Por tanto, se puede aseverar a partir de la crítica de las religiones comparadas, que todas las experiencias religiosas o de espiritualidad, sin importar que estén jerárquicamente elaboradas o no, parten de diversos mitos fundantes con relación a la naturaleza.  Desde las religiones monoteístas y politeístas actuales hasta las “más primitivas” en sus prácticas, bien podría hablarse de las expresiones de orígenes indoamericanas o las de origen africano, sea que se trate de la creación por parte de la deidad o de la intervención de dicha deidad en la historia, todas ellas hablan que el ser humano debe su existencia a la naturaleza, pues es la naturaleza en sus diversas formas la madre creadora.  Quizá la idea que preñó al ser desde su origen es que toda forma de vida es sangrada, ella es su deidad.

 

Pues independiente de si creemos o no en el creacionismo o en la evolución, ambas teorías comparten un elemento esencial: Todos los seres procedemos de una misma naturaleza.  Este factor de enlace que concatena la existencia humana es la consciencia de la trascendencia de la vida a través de la hominización.  Es decir, cuando el ser adquirió consciencia de que era humano, entonces allí tuvo su primer contacto con lo trascendente.  Y desde ese día hasta nuestros tiempos, pasando por lo pictórico, oral y escritural, el universo mítico-religioso se sigue relatando de generación en generación, de cultura en cultura, pasando por la poesía, el canto, la escultura, entre otros, todo alrededor del fuego.  Sólo hasta el día que el ser comprenda que a partir de lo humano se ha abrazado a la tierra, sólo entonces comprehenderá que se ha abrazado a su deidad, a sí mismo. 

 

 

 

13 de Mayo, 2011.

 

[1] Reverendo de la Iglesia Colombiana Metodista y Teólogo de la Fundación Universitaria Seminario Bíblico de Colombia y actualmente adelanta estudios de teología con la Universidad Bíblica Latinoamericana de San José de Costa Rica.