Las limpiezas sociales, de las cuales Pereira ha sido un laboratorio para probar el odio y exterminio contra habitantes de la calle, se transformaron luego en campañas de embellecimiento (…) No es una ciudad para todos. Es para los que tengan ingresos y poder de consumo; para quienes socializan su estatus en los centros comerciales. Y lo peor: los ideales de ciudadanía se diluyen (…)

Por Carlos Victoria

Queremos una ciudad bella y ordenada”, dijo Alexander Granados, Secretario de Desarrollo Social y Político de la Alcaldía, tras haberse hundido el esperpento de Proyecto de Acuerdo que pretendía borrar del mapa a los indigentes de las calles de Pereira, prohibiéndoles dormitar en sus aceras como lo han hecho por décadas. En el pasado esas intenciones pasaron por hordas de criminales públicas y privadas que limpiaron, a sangre y fuego, la ciudad de gamines y pordioseros. La obsesión continúa.

Las limpiezas sociales, de las cuales Pereira ha sido un laboratorio para probar el odio y exterminio contra habitantes de la calle, se transformaron luego en campañas de embellecimiento. La estética del terror ha sido remplazada por la limpieza de imagen. Limpiezas al fin y al cabo que buscan encubrir el meollo de las ciudades miserias que se expanden ante la desindustrialización, el desempleo, la tercerización de la vida y la toma de las calles por miles de personas en busca del sustento diario. La ciudad bella y ordenada que se imaginan termina violando derechos. Esa es la cuestión.

Obvio que tras esta iniciativa lo que se pretende es consolidar el llamado “clima de negocios”, el city marketing y la capitalización del espacio público en su conjunto, como un legado de los patrones del ordenamiento conservador del territorio. No solo es cuestión de estética, y mucho menos de seguridad. En el fondo es la concepción excluyente y por tanto el rechazo a cualquier atisbo de mestizaje en las calles. La exhibición de los miserables resulta una vergüenza ante la dimensión que alcanzó el performance de la desgracia humana. Históricamente el discurso del orden, en Colombia, se ha teñido de sangre.

Más que una ciudad las clases dirigentes buscan que nos parezcamos a una vitrina, y no cualquiera: en este caso y por cuenta de la “vocación” y las políticas de competitividad, Pereira se torna en una vitrina turística, más que en una ciudad donde las miserias morales y materiales se confronten. Escucho voces a mi lado que me dicen que diga: “…es que Israel dejó tan pobre a Pereira…” Bueno, entonces somos eso, una vitrina donde se exhibe y deambula la pobreza y la miseria, disfrazada de rebusque, prostitución infantil e infamia por doquier. Esconderla es una utopía burguesa y absurda.

                              “La ciudad es una mercancía que se ofrece a la mirada”

(A. Verón, 2005)

A medida que la crisis se ahonda y se torna cada vez más ingobernable las políticas siguen siendo las mismas: cámaras de seguridad, pie de fuerza, cuadrantes, y lo peor una ciudad segregada y fragmentada a través de la proliferación de bunker, guetos de privilegiados, jaulas de oro, encerramientos y todo aquello que aísle, diferencia y resguarde. Los espacios de la esperanza (Harvey, 2007) se reducen y privatizan. No es una ciudad para todos. Es para los que tengan ingresos y poder de consumo; para quienes socializan su estatus en los centros comerciales. Y lo peor: los ideales de ciudadanía se diluyen.

A Granados, egresado de la UTP, se le debe recordar aquella reflexión de Heráclito cuando dijo que la armonía más bella nace del enfrentamiento de las diferencias, y no propiamente de su negación. El espacio público, saturado por las inequidades que reinan por cuenta de un modelo que privilegia la concentración  de la riqueza, es un tinglado de conflictos que no se resuelven en un salón de belleza. Lo único positivo de este esperpento es que abrió la discusión sobre la noción fascista del orden local que pervive entre quienes tienen las riendas de la ciudad. Este es el orden que produce miedo.

Como contribuyente no me incomoda que mis impuestos vayan destinados a darle un tratamiento humanitario a seres lanzados a la calle por la secuencia destructora de la miseria en todas sus dimensiones y que el consumo de sicotrópicos extrapola, creando un mercado en el que se sustenta buena parte de los ingresos de una ciudad bajo el acecho de todo tipo de delincuentes, pero encabezados por los de cuello blanco, los mismos que no duermen en los andenes pero sí sueñan con hacerse cada vez más ricos con el tesoro público.

De todo esto lo único cierto es que  Pereira si bien es destino turístico, también lo es de indigentes e inversionistas. Para todos hay un buen clima de negocios y limosnas. La decadencia es inocultable. Sobra decir  que la idea de orden bajo el sonido de la campana (Zambrano, 2000) dejó de ser. El rebusque, el miedo y los planificadores son los que tocan el timbre de la ciudad sin puertas.