Como peatona observé que era indisciplinada, pues a veces no respetaba las cebras (que también para la mayoría de peatones son un elemento decorativo), que cruzaba semáforos en rojo…

ADRIANAGONZALEZCOLUMNAPor: Adriana González

Hace unos cuantos años decidí comenzar a revisar mis actuaciones en calidad de peatona y conductora con su consecuente espejo: mis conciudadanos.

En primer lugar descubrí que en mi condición de conductora era cuidadosa, pero que debía mejorar mi actuación con los peatones, conducta que consistía en un respeto irrestricto a las cebras, las que para la mayoría de conductores son un elemento decorativo en el asfalto de la ciudad.

Como peatona observé que era indisciplinada, pues a veces no respetaba las cebras (que también para la mayoría de peatones son un elemento decorativo), que cruzaba semáforos en rojo y que con movimientos trepidantes y arriesgados caminaba entre automóviles, bicis y motocicletas para cruzar entre andenes.

Opté por corregir mis errores, pues estoy convencida que la responsabilidad es uno de los primeros valores democráticos.

Sin embargo, en esta jungla de asfalto en que se ha convertido esta ciudad, la cosa para un buen peatón no es nada fácil, debo confesarlo.

La mayoría de bicis y motocicletas parten del presupuesto que las normas de tránsito no les cobija, que pueden hacer caso omiso de las mismas, y que no operan un aparato que puede ser mortal, es decir, no comprenden que realizan una actividad de riesgo (como en derecho se determina a la conducción), y pocas veces se conduce este instrumento de transporte pensando en los peatones, incluso se puede ver a ciclistas violando vía.

Los conductores de automóviles hacen lo propio. Cruzan semáforos en rojo, no respetan las cebras, estacionan en lugares prohibidos obstaculizando el tránsito vehicular, invaden zonas peatonales, nunca o casi nunca –para ser más exactos– otorgan el paso al peatón, en pleno centro de la ciudad algunos conductores exceden la velocidad, no dan paso a los otros vehículos, y todas las demás que en este momento puedo olvidar.

De los taxis y autobuses, ya ni hablemos, para no hacer de esta columna una verdadera pesadilla.

Con todos los anteriores, hay un problema en común: ninguno, o casi ninguno, asume la responsabilidad de sus actos, ninguno reconoce su mala educación a la hora de conducir, ninguno acepta equivocaciones y si un peatón llega a reclamar –como es mi caso– la respuesta es un grito, una mala cara o un vocablo soez, solo por hacer uso de su derecho a reclamar.

El caos es evidente. Una ciudad que parece tragada por el monstruo de la congestión vehicular y peatonal debería apuntar de manera inmediata a una campaña permanente de cultura ciudadana. Se requiere de una educación acertada tanto a los peatones, como a los conductores de bicicletas, motos, automóviles y transporte público.

Las normas internacionales priorizan al peatón y en segundo lugar a la bicis, pues son quienes más en riesgo de vida están frente al uso abusivo de los vehículos, sin embargo, en Colombia y en Pereira, las normas internacionales al parecer carecen de sentido y obviamente de acatamiento.

Por ello, frente a una mala educación, la solución está en una campaña permanente de concientización y de educación masiva para evitar no sólo tanto accidente de tránsito con víctimas mortales, sino para alcanzar una ciudad armónica y con posibilidades de disfrute real.