GaleanoSin embargo, todos -ricos y pobres- olvidan, se olvidan en los corredores de estas moles de cemento y adoquín, para calmar las angustias de no poder entablar un diálogo consigo mismos o con alguien que se digne a escucharlos; la lucha fallida de no poder crear, transformar y, solamente, quedar con el consuelo de poder sobrevivir en esta ciudad.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Pereira es una ciudad pequeña que se mueve al ritmo de las ventas. Todo el mundo recorre sus centros comerciales, grandes monumentos erigidos al consumo, donde todos quieren entrar para comprar o, simplemente, para olvidar. Las personas no quieren  salir de esa burbuja que les ofrece lo último y lo más novedoso, tributos  a la vanidad, sin lugar a dudas, a lo pasajero. Estos -los centros comerciales- son el punto de encuentro de las personas, donde pobres y ricos se aglutinan, unos para comprar las modas llegadas de quién sabe qué lugar del mundo y los otros para simplemente observar y desear  haber nacido con el dinero que otros ostentan. Sin embargo, todos -ricos y pobres- olvidan, se olvidan en los corredores de estas moles de cemento y adoquín, para calmar las angustias de no poder entablar un diálogo consigo mismos o con alguien que se digne a escucharlos; la lucha fallida de no poder crear, transformar y, solamente, quedar con el consuelo de poder sobrevivir en esta ciudad. El único alivio que resta en estos laberintos es poder iniciar el rito del consumo y del delirio; así, en medio de vitrinas y estantes de mercancía, simular estar vivos.

¡Qué bella ciudad! Ofrece tantos lugares de estos a las personas que los ponen en todos los sitios,  encima de escuelas y hospitales. Este es el  símbolo, la marca con la que todos reconocen a Pereira y quieren que el mundo la identifique: “el comercio”.

Sin embargo, hallé otro símbolo por la cual podría ser reconocida, desde luego, es menos voluptuoso y despampanante que los centros comerciales, pero no por ello menos palmario, me refiero a un payaso de la calle. Sí, un hombre que camina por las calles  naciendo sonrisas con una guitarra  y  una cara pintada, a cambio de unos cuantos pesos. Este payaso que lleva consigo la alegría, camina taciturno y con la mirada fatigada, tal vez sueña otro lugar, otro tiempo donde las risas no se compran  y el hambre no obliga a mentir o robar. Lo sigo mirando. Él camina e ignora, camina sólo con una sonrisa  y un sinsabor en su boca, agacha la cabeza, menos mal la pintura le ahorra el trabajo de tener que fingir a todo hora una sonrisa hipócrita.

Deambula entre tantos que lo ignoran, pasan a su lado, pero no lo están; hombres y mujeres iguales a él, que, al final, terminan por no ser nada; nadie ve al payaso llevar una guitarra y una pena que no canta, pero que sí enseña a quien lo mira en la distancia. Pena que se oculta tras los colores de su cara, brota por sus grandes zapatos rojos, o acaso se le sale  por los pequeños agujeros de su gran pantalón amarillo.

Tal vez esta ciudad sí tenga la imagen de ese payaso que carga una pena. Pereira, al igual que aquel hombre, se pinta de colores para vender, arma grandes centros comerciales para olvidar; pero el dolor se le escapa por las calles, se oculta para mostrarse debajo de los puentes, busca quién la mire, pero nadie le ofrece una palabra, un espejo donde se pueda observar y ver lo que realmente es.