Imaginen un diálogo entre Tom Sawyer y Cosiaca, el entrañable personaje de nuestra picaresca campesina. El escenario podría ser una piedra encallada en mitad de las aguas del río Otún.

 

Por Gustavo Colorado Grisales

“Todo hombre es  una historia”, cantaba la banda de rock colombiana Kraken, allá en sus albores.

Paso a paso, a medida que una persona se abre camino por el mundo teje con sus palabras, sus gestos y sus actos una urdimbre que, al entrelazarse con las de los otros, da lugar a ese relato fascinante que llamamos La vida.

Célebres o anónimos, ricos o pobres, grandes o chicos, los seres humanos se narran a sí mismos y narran a los otros en un coro que no  cesa de crecer con cada nacimiento.

Con cada encuentro.

Canciones, poemas, dibujos, pinturas, fotografías, fábulas y diálogos familiares dan cuenta de esa aventura en la que cada quien se reinventa a la medida de sus ilusiones y sus carencias.

Así nacen tanto la literatura escrita como la tradición oral.

Va uno a saber quién fue en principio ese Odiseo elevado a la categoría de héroe por la imaginación de Homero.

Entre otras cosas, es probable que otro alguien haya inventado a éste último.

De esa sucesión de incertidumbres y milagros está hecha la vida.

Y de esa materia están hechos los personajes que habitan las canciones de El blues de la parranda, la obra musical  nacida de los encuentros gozosos entre Carlos Elliot, Rubiel Pinillo y Los parranderos de La Florida.

Imaginen un diálogo entre Tom Sawyer y Cosiaca, el entrañable personaje de nuestra picaresca campesina.

El escenario podría ser una piedra encallada en mitad de las aguas del río Otún.

O una de esas embarcaciones que siguen surcando el río Mississippi.

Ese es el mundo en el que se mueven las criaturas de El blues de la parranda.

En una de esas, caminando por la vereda, nos topamos con el paso inconfundible de Ratón, uno de los inspiradores de El blues de la parranda. Allí va, con su tumbao de guapo, convocando a la fiesta y el delirio.

Sin él, La Florida y el mundo serían un poco más pobres.

Fijémonos en Miguelito, el  viejo sabio portador de las virtudes curativas de las plantas: el paico, la yerbabuena, la mejorana, el culantrón de sabana.  Toda una farmacia ambulante que lleva la buenaventura a los hombres acorralados por los achaques.

En El blues de la parranda sus recetas se vuelven canción.

Y por aquí cruza, señoras y señores, el mismísimo Chumacera  en persona. Una suerte de caballero andante con sombrero y sin caballo.

Igual que el personaje de Cervantes, Chuma también es -a su manera- desfacedor de entuertos, defensor de damas y asaltante de alcobas.

En esta fauna no podía faltar la mula Katrina, ese animal laborioso, valiente y afable como pocos, nacido para cargar el mundo sobre su lomo a lo largo de unos andurriales imposibles.

Caminos como los que llevan  de La Florida a la laguna del Otún, ese territorio donde nacen las canciones de Rubiel Pinillo, este cultor de nuestra picaresca de arrieros, espantos y polvos furtivos en mitad del cafetal.

Bienvenidos entonces a la fauna recreada por Rubiel Pinillo y Carlos Elliot para El blues de la parranda, una producción de la Fundación Músicas en Albor, por la difusión de las nuevas músicas latinoamericanas.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada