Cuán común se ha convertido eso de “no dejársela montar de nadie” o “no dejarse chimbiar de nadie”. Se nos ha inculcado esa deformada visión del amor propio desde que éramos pequeños y aprendimos a guiarnos en la vida por ella…
Por Manuel Ardila
La frase se ha vuelto la comidilla de los medios desde que cierto joven de “buena familia” la utilizara en contra de policías en un incidente que ha sido cubierto tan intensivamente por los medios que no veo la necesidad de explicarlo aquí. La intención de esta columna no es tanto mostrar el abuso de poder y la desigualdad que se esconden bajo la dichosa frase sino mostrar otro aspecto que ha hecho metástasis en nuestra cultura y que no ha sido analizado tan a fondo gracias a la guerra de clases en la que nos hallamos inmersos.
Ese sentimiento de querer imponernos a toda costa (incluso si no tenemos la razón) ha dominado nuestra psique. Cuán común se ha convertido eso de “no dejársela montar de nadie” o “no dejarse chimbiar de nadie”. Se nos ha inculcado esa deformada visión del amor propio desde que éramos pequeños y aprendimos a guiarnos en la vida por ella, a tratar los asuntos más importantes y los menos importantes desde el principio de “no dejárnosla montar”.
Una persona se cuela en la fila para ingresar a uno de los articulados de TM, alguien en un bar pasa demasiado rápido y derrama nuestra cerveza, nuestra novia o esposa ha decidido dejarnos por razones que no entendemos, nosotros somos esa persona que se cuela en la fila para ingresar a un articulado… Sea cual sea el caso, el contexto, la situación o la poca o mucha razón que tengamos, la regla de oro es defender nuestros intereses a toda costa y sin que interese mucho el “tamaño de la ofensa” o cuán justo sea nuestro reclamo.
En la estación de TM armamos un alboroto tan grande que tiene que venir la policía a controlarlo; ante la negativa de pagarnos una nueva cerveza como compensación, no se nos ocurre una mejor manera de protestar que romperle la botella en la cabeza al ofensor; nuestra ahora ex novia o esposa ha seguido con su vida pero hemos empezado a seguirla y acosarla para que “reconsidere su decisión”, hasta hemos pensado en “darle un sustico”. Nuestra obsesión con nosotros mismos y reforzada de esa manera por nuestros valores y nuestra cultura nos ha llevado en muchas ocasiones a convertir pequeños conflictos en guerras campales que crecen hasta alcanzar consecuencias insospechadas para todos los involucrados.
Y en muchas ocasiones las cosas llegan tan lejos que aparece la frase que titula esta columna. Personas que llegan a cometer crímenes abominables por demostrar de lo que son capaces de hacer con tal de defender sus intereses, la frase en este caso (y sin distinción de clases sociales) ilustra la soberbia del mal, esa oscuridad que en el fondo habita en todos nosotros, los niveles insospechados de abyección a los que somos capaces de llegar con tal de mostrar que tenemos la razón, con tal de “defendernos”.
Un país que intenta superar un conflicto armado de larga data no puede seguir teniendo ciudadanos que se comportan como niños de 14. Es imperativo que aprendamos a resolver las diferencias en paz, a ponderarlas en su justa medida y, sobre todo, aprender a no tomarnos demasiado en serio. Esta columna no es un llamado a la sumisión, es un llamado a la sensatez.


