Seguido a este tipo de comentarios, vienen los más difíciles de escuchar: “es que esos ladrones son unas ratas que no valen nada”, “les encanta el vicio y le toca a uno pagar por eso”, “hay  que matarlos a golpes, esas vidas no valen nada, ahí nada se pierde”.

 

DIANA CAROLINA GOMEZPor: Diana Carolina Gómez Aguilar

Imagine su vida de la siguiente manera: fue parido por una mujer habitante de calle o en condición de pobreza extrema. Imagine también que a medida que va creciendo se encuentra con los golpes de la desigualdad. Intente sentir por un segundo en su propio cuerpo el dolor del estómago vacío, el maltrato de los consumidores de drogas que hay a su alrededor, el abuso sexual producto del abandono de sus padres, el rechazo de la sociedad a causa de su condición económica, la falta de oportunidades para tener salud y educación, la necesidad de vengarse por la realidad que es obligado a vivir, la presión del entorno por obligarlo a unirse a cualquier bando: ya sea el de los sicarios o el de los ladrones, tal vez el del microtráfico o el de la prostitución. Las opciones son variadas, pero sobre todo: degradantes, despiadadas, inhumanas.

Ahora sepa que, según una investigación realizada por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar con colaboración de la Unión Europea, más de cuatro mil niños están en situación de calle, contando solo 16 grandes ciudades del país. En su mayoría, son niños consumidores de drogas, niños enfermos y niños víctimas de abusos sexuales. Niños, entre los 12 y 17 años en su mayoría, pero otros pocos menores de 7 años.

Ahora bien, imagínese en otra situación como la que me sucedió la semana pasada: usted va en un bus -en mi caso en el Megabús de Pereira-, de repente oye un estruendo y un alboroto. Resulta que una de las pasajeras, una chica de aproximadamente 20 años de edad, que lleva en sus manos un celular y en sus orejas unos audífonos, está consternada porque acaba de salvarse de un intento de robo de su teléfono móvil. El ladrón calculó mal su salto por la ventana y no pudo atrapar con mayor fuerza este artículo que por mucho le significaba unos treinta mil pesos en el mercado ilegal. Una situación tristemente común en nuestro país.

De inmediato los comentarios de los demás pasajeros, que en principio condenan a la joven mujer por ejercer su derecho a la libertad: “es que no se puede dar papaya”, “cómo se le ocurre ir con el celular en la mano, eso se sabe”. Seguido a este tipo de comentarios, vienen los más difíciles de escuchar: “es que esos ladrones son unas ratas que no valen nada”, “les encanta el vicio y le toca a uno pagar por eso”, “hay  que matarlos a golpes, esas vidas no valen nada, ahí nada se pierde”.

Todo este ejercicio no es más que un intento por entender cómo es que no se pueden desligar estas dos realidades tan latentes en nuestro país. De entender que debemos hacer reflexiones más profundas sobre las situaciones que a diario se presentan en nuestra sociedad y de esa manera reclamar lo que por derecho nos corresponde y les corresponde a los actores de esas circunstancias que pedí imaginar, y de muchas otras, tal vez más duras, que a diario son la realidad de otros. Otros que, como usted y yo, son seres humanos.

Todo esto con la intención de que entendamos que el derecho a la vida es de todos y que nadie nace con vocación de ladrón. Nadie nace queriendo atracar a otro para comer o para comprar alucinógenos que le permitan desconectarse de su realidad, tan desigual de la de quienes tuvimos el privilegio de correr con suerte en la ruleta del nacimiento. Antes de pensar en que la solución más efectiva es matar a quienes cometen este tipo de delitos, debemos ser conscientes de la desigual que existe en un país que, según el índice de Gini del año 2014 –correspondiente a la desigualdad económica– ocupa la posición 9 dentro de la región de Latinoamérica, en un total de 18 países.