Mamá lo sabía todo, podía preguntarle cualquier cosa y ella siempre tenía una respuesta, incluso conocía cosas de un mundo diferente al nuestro y conocía cómo funcionaba todo.

 

Por: Luis Edward Gañán

Muchas veces el mundo es solo la distancia

que abarca nuestra mirada.

La perspectiva de la vida se vuelve tan relativa como la perspectiva del mundo cuando va de la mano de lo desconocido o, en mi caso, de la inocencia. Mamá me explicaba el mundo de una manera tan especial que me hacía encontrarle sentido a lo que a diario veía, desde que me acostaba hasta que me levantaba; silla número uno y silla número dos eran tan confiables siempre, mamá se podía sentar en ellas, incluso conmigo en sus brazos; el armario podía hacer muchas cosas, como guardar la ropa, guardar las sábanas, esconderme del viejo, hasta podía dormir en él.

Mamá lo sabía todo, podía preguntarle cualquier cosa y ella siempre tenía una respuesta, incluso conocía cosas de un mundo diferente al nuestro y conocía cómo funcionaba todo. Todo en la habitación sabía hacer algo, y siempre eran buenos en eso que hacían y yo aprendía siempre, podía recorrer el mundo en unos segundos, podía ir a cualquier dirección y el camino nunca terminaba, podía ver cómo el tragaluz a veces iluminaba mucho y también podía ver cómo detenía el agua cuando se escuchaba caer la lluvia; no la conocía, pero mamá siempre me lo contaba, me hablaba que las luces que iluminaban mucho por el tragaluz siempre hacían un gran ruido en todas partes, me decía que esa era la voz de la luz.

Cuando cumplí seis años lo conocí todo. Sabía todo, casi como mamá, vi que había un mundo más grande y era un espacio donde el mundo de mamá y yo estaba. Vi cómo caía la lluvia y hasta pude dejar que cayera sobre mí, como lo hacía el tragaluz, también vi la voz de la luz y hasta a la luz misma; era larga y delgadita como un hilo de lana, bajaba desde el cielo hasta la tierra como si fuera un mal trazo de crayón sobre un papel y siempre caía lejos. Conocí todo, hasta donde mi vista alcanzaba, y con mi conocimiento yo también crecí hasta hacerme todo un hombre.

Mi perspectiva de la vida tuvo que cambiar de golpe. De tener un total conocimiento limitado por cuatro paredes y complementado por mi imaginación a tener un conocimiento ilimitado que no paraba de crecer y el que jamás podría tener totalmente.

 

Cambia la luz del mundo

Mamá enfermó y yo solo tuve la idea de cortar mi cabello por primera vez para enviárselo y que mi fuerza de Sansón se le pasara a ella para que se pudiera recuperar. Al crecer entendí que había sido depresión por todo lo que estaba pasando en ese momento: la presión de los medios de comunicación, la presión que generaban los abuelos sobre ella a causa de que no me dejaba salir para conocer más personas, todo por su miedo a perderme. Estas cosas generaron un colapso emocional en ella y con justa razón. Pero al final ella lo pudo superar y seguir adelante con su vida.

Mamá siempre supo cómo arreglárselas para enseñarme todo, para que yo nunca más viviera dentro de una pequeña habitación y que todo lo que supiera fuera un pequeño tragaluz; ella siempre se empeñó en sacar mi alma y mi mente de un cobertizo para hacer de mí alguien que conociera y conquistara el mundo como ella soñó alguna vez, ella realizó sus sueños en mí.

Ahora que mamá no está, entiendo la habitación en la que ella vivía, o bueno, la parte en la que crecemos, maduramos y nos hacemos adultos independientes. Cuando asumí que mamá se había ido para siempre abrí la puerta de mi silencio y me encontré con mi alma, un poco rota; con su voz quebrantada no me decía nada, solo guardaba silencio. De caer y levantarse dicen que está hecha la vida, para así entender que no todo es lo que parece al pasar los días; pero me di cuenta que de nada sirve mantener vivo un recuerdo si el recuerdo no me abraza en los momentos de silencio.

Busco ser más que un soñador en este mundo. Distinguir y por fin entender que todo cambia y es rotundo. Que nada vuelve a ser lo mismo y que el tiempo no se detiene. A veces, entre mis momentos, paro, me detengo y limpio mis pensamientos, mirando hacia la nada y refrescando mi memoria, sorprendiéndome de mí mismo por haber aguantado tanto y todo eso me agobia y termino pensando que el cáncer de mi existencia se debate entre la soledad y el amor; pero después recuerdo a mi madre y entiendo que ella es el tragaluz en mi pequeño cuarto de cobertizo.

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El mundo es un vasto lugar lo suficientemente grande como para sentirnos libres, pero siempre terminamos encerrándonos en un pequeño lugar cuando las emociones se hacen más fuertes, como por ejemplo cuando nos enamoramos de alguien; esa persona es muestro mundo y no queremos estar en otro lugar que no sea en sus brazos. Así mismo es cuando nos desilusionamos, nos encerramos en una habitación a llorar por ese conflicto emocional y olvidamos la diversa vida que está ahí afuera. Para todos siempre hay una habitación en la que viviremos encerrados hasta que decidamos arriesgar lo que más amamos de nosotros mismos para salir de nuestra propia habitación y ser libres.