En ese mundo de palabras amaestradas para callar, me guarnecía. De allí que ahora me sea fácil disfrutar de la experiencia estética de la contemplación… del desagrado de mirar de frente a Rothko y saber que no lo entiendo, que solo me puedo aproximar a él tras el velo del mutismo.

 

Por / Mateo Ortiz Giraldo

Nadie nos enseñó a ser adultos. Por el contrario, siempre nos han infantilizado, disminuido, relegado a las sobras. Somos eternos niños y el “sistema”, por llamarlo de alguna forma, solo nos ha relegado más, nos ha enseñado a situar nuestro cuerpo en un único lugar: espacio pequeño de 2X2 donde se guarnecen las necesidades, los anhelos y el conocimiento. Derruidos, naturalmente.

Ese es el punto final, el lugar donde el tiempo y los agobios se unen. El tiempo, como gran arquitecto, solo sabe crear sobre las ruinas, que es lo único que persiste. En últimas, de eso se tratan la vida y la madurez, entenderse hasta las ruinas, saber que todo va hacia ese estado de desgaste. No hay muerte, hay destrucción del cuerpo y perpetuación de esa destrucción.

Se nos pide mucho. Siempre hay algo pidiendo más: amor, comida, libros, alcohol, drogas…hay una porción sistemáticamente insatisfecha en nosotros. Esa porción es lo que llamamos vida, un gran hoyo negro que absorbe todo, como una pintura del Rothko.

La movilidad inane de un rojo profundo al que lo absorbe el negro; nunca desleído, cada vez más profundo. ¿Dónde termina esa dualidad absorbente? ¿En qué punto el rojo se abandona y convierte en un negro pétreo, silencioso? Así es la vida o las vidas, las múltiples y agónicas.

No se trata solo de un reclamo adolescente, es más un grito. Ese clamor pesimista que no terminará en nada sino en el olvido. Un vacuo estertor de máquinas del juicio final que aplauden con metales oxidados el fin, el último giro del reloj.

Este no es un pesimismo nuevo. Viene de años atrás, cuando comprendí, levemente, que en algún momento estaría en esta situación. Frente a frente con el vacío, con la imposibilidad de avanzar o avanzar hacia la incertidumbre. Por otra parte, también es viejo porque no es mío, únicamente. El pesimismo nace con la humanidad, con la capacidad de razonar y observar el futuro como la improbabilidad misma. Pensar es entender la linealidad del tiempo. Esa linealidad deriva en el caos de la punta borrosa de la línea.

Con el temor, nace el arraigo. Así de simple. Por eso mi pesimismo no es solamente viejo, es también desarraigado. Así, no tengo de dónde asirme para caer lentamente. Caigo en picada, sin posibilidad de retorno. Es una caída donde veo, con los ojos abiertos y lastimados, cómo no hay fin, ni final. Solo hay constantes cabeceos hacia un lado u otro. Es una caída concéntrica, impune.

Nací en el núcleo de una familia que huyó. Se fue lejos ignorando la pobreza, el posible paso hacia la asimetría que significa no mirar al futuro. La asimetría calculada de no estar donde se debe… y en ese paso, hacia el futuro lejano, yacen ellos y nazco yo. Yo soy ese futuro incierto que ahora es certeza hacia el fracaso. Ellos son el pasado, claro pero distante. Yo soy el presente y ellos, el tiempo seco que deja la tormenta. Aún siento el coletazo de la huida.

Por es ahora me dedico a mirar esa escapada. La observo en silencio, como lo he hecho toda mi vida. El silencio de un niño que aprendió a callar por miedo a la palabra. Las palabras debían ser susurros, venir de un lugar callado, porque si no esa misma palabra, domada y de apariencia tranquila, se transformaría en un bestia sanguinaria, que grita, aúlla, chapalea, entre los demás insectos gigantes.

En ese mundo de palabras amaestradas para callar, me guarnecía. De allí que ahora me sea fácil disfrutar de la experiencia estética de la contemplación… del desagrado de mirar de frente a Rothko y saber que no lo entiendo, que solo me puedo aproximar a él tras el velo del mutismo. El mutismo que no da goce mayor que mirar y ver la similitud que teje el negro con el rojo y el rojo con el marco, el marco con el computador y ese computador con la mesa. Todo desliéndose, con impertinencia.  Cae, junto a mí, junto a la enseñanza de no poder aprender a ser adulto, sino un niño acorralado.

Con Rothko la palabra es también callada o acallada. Quizás por eso se me hace necesario no decir nada con los labios, sino con los dedos, que son más rápidos y sagaces que mis palabras llenas de babas. No se atoran, porque van por las ramas, con belleza y parsimonia. Con la misma lentitud con la que sorbo café y me mancho las tripas con su sabor amargo.

Nadie nos enseñó a ser adultos. Pero reaccionen, ¿para qué queremos aprender semejante acto de cinismo?