El eterno adolescente, desde Homero hasta nuestros días, sigue renovando su capacidad de fascinación. Ese aire entre desamparado y autosuficiente siempre será motivo de preocupación para los adultos.
Por: Gustavo Colorado Grisales
¿De qué adolecen los adolescentes?
Por estos días oriento un taller de crónica dirigido a jóvenes estudiantes de secundaria.
De modo que tengo que habérmelas con esa forma del fuego líquido.
O, si ustedes quieren, con hormonas en permanente ebullición.
Lo bueno es que estos chicos contrajeron el virus de la lectura a edad temprana y, por lo tanto, están mejor dotados para asomarse al abismo y volver para contarlo.
Como los lectores de otras generaciones, los muchachos de hoy frecuentan a los autores que supieron conectar con las turbulencias, la perplejidad, los miedos y las ilusiones de quienes abandonan el improbable paraíso de la niñez para adentrarse en las arenas movedizas de la juventud.
Salinger, Goethe, Sábato, Hesse, en la biblioteca universal, o Andrés Caicedo y Rafael Chaparro, entre los colombianos, forman parte de sus autores de cabecera.
Aunque eso de “Arenas movedizas de la juventud” es un decir: en realidad no existe tierra firme entre el nacimiento y la muerte.
A diferencia de sus antepasados, estos chicos lo saben. Por eso miran a los adultos con desconfianza.
No es que no respeten a sus mayores. Es solo que intuyen su fragilidad y por eso no los consideran unos buenos guías.
Ellos saben que la seguridad de los adultos es mera apariencia: a medida que pasan los años no se hace nada distinto a acumular preguntas sin respuesta. Por eso se multiplican todos los días las sectas que ofrecen recetas para eludir las encrucijadas de la existencia.
Tanto si se trata de sexualidad, de amor, de las relaciones con el poder ejercido por los adultos o de sus más secretos deseos, los viejos tópicos retornan una y otra vez.
Uno de esos tópicos es el suicidio como solución existencial. Esa alternativa atraviesa sus universos particulares: las revistas de cómics, las películas, el cancionero y las conversaciones en las redes sociales.
Y estos lenguajes siempre contemplan la posibilidad de poner fin a la vida por su propia mano.
Los mundos del deporte, el arte, la música y la farándula son pródigos en ejemplos.
Es decir, aquellos que sucumbieron al canto de sirenas, al llamado del éxito mundano como única forma de trascendencia, son más proclives a este tipo de salidas.
Nadie está preparado para caer desde tan arriba.
En cambio, los eternos perdedores están siempre entrenados para lo peor. De modo que nada los toma por sorpresa.
Pero tranquilos. Salvo alguna excepción, para estos muchachos regodearse en la idea del suicidio es una forma de exorcizar sus seducciones.
Como todos los mortales, independiente de la edad, ellos quieren vivir a tope el momento que atraviesan.
Lo mismo que sus iguales de otros tiempos se reunían en la esquina, jugaban fútbol en los potreros o se escapaban a ver películas, ellos se sumergen en el parpadeo azulado de sus aparatos digitales.
Algunas veces regresan lúcidos. En otras la confusión los rodea como un manto.
Y no acaban de entender por qué no uso teléfono móvil.
¿Cómo hace para vivir, entonces? Me preguntan en coro.
Pues como vivía la gente hace veinte años: sin teléfono móvil. Los amantes furtivos concertaban sus citas, los médicos atendían los llamados de sus pacientes y los comerciantes hacían sus negocios.
Al final, las dichas y los infortunios eran los mismos, les digo.
Solo consigo que me escuchen con mayor escepticismo. Como una suerte de conspirador aún peor que sus padres. Estos últimos al menos se esfuerzan por parecer contemporáneos. Incluso se visten como sus hijos y tararean una que otra tonada de reguetón.
El eterno adolescente, desde Homero hasta nuestros días, sigue renovando su capacidad de fascinación. Ese aire entre desamparado y autosuficiente siempre será motivo de preocupación para los adultos.
Inquietos, los más viejos nos miramos en ese espejo y creemos ver en su estupor una etapa ya superada.
Pero se trata de otra forma del escapismo: échenle una ojeada al mundo adulto y verán como las obsesiones, los temores y las ansiedades se acumulan. Solo que presentados de otra manera. O, a lo sumo, disfrazados detrás de una aparente seguridad apuntalada con tarjetas de crédito, fanfarronerías y juguetes caros.
Si se quiere, lo que llamamos sabiduría no es más que un desfile de hormonas fatigadas.
Hielo líquido.
PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada


