Eché un vistazo a mi alrededor y comprobé, por la manera en que continuaban mirándome, que no. ¿Qué hacer? Sentía una vergüenza enorme. Pensaba en mi madre, en mis amigos; absurdamente, también en las encuestas para la alcaldía de Bogotá.

 

Por: Camilo Villegas

Nos encontrábamos unas 13 o 14 personas en el interior de una sucursal bancaria en el occidente de Bogotá, cuando de repente entra un hombre fuertemente armado, fuera de sus cabales y empuñando un arma.

Tras ordenar que nos sentáramos, con la espalda apoyada en la pared y las manos sobre las rodillas, exigió al gerente de la sucursal la combinación de la caja fuerte.

De inmediato supe que aquel bandido era yo. Lo supe de un modo intuitivo, claro, no racional. Lo malo es que el resto de clientes debieron de notarlo también, lo digo por la forma en que empezaron a observarme.

Para disimular, se me ocurrió enfrentar con dureza al atracador, que me respondió con un tiro en el brazo. La bala atravesó los tejidos, rompió los huesos que halló a su paso y salió, incrustándose en la pared. No me dolió un carajo, pero me incomodó ver el agujero en el brazo, del que comenzó a salir perezosamente una sangre más negra que roja.

El disparo, lejos de disipar mi convicción de que yo era el que empuñaba el arma, me afianzó más en ello, igual que al resto de las víctimas, por lo que volví a enfrentarme a él, esta vez llamándole estúpido perdulario. La respuesta fue un nuevo disparo, en el otro brazo. A ver si de este modo, me dije, he logrado desviar la atención de mí.

Eché un vistazo a mi alrededor y comprobé, por la manera en que continuaban mirándome, que no. ¿Qué hacer? Sentía una vergüenza enorme. Pensaba en mi madre, en mis amigos; absurdamente, también en las encuestas para la alcaldía de Bogotá.

Sin pensarlo, me abrí teatralmente la camisa y pedí a gritos al bandido que me matara, suponiendo que mi muerte disiparía todas las sospechas. El hombre se volteó, me pegó un tiro en el corazón y me morí.

Desgraciadamente no supe qué dijeron al otro día en las noticias. Pero di por bien empleado el sacrificio si sirvió para que nadie se diera cuenta de que yo era él.