EVOLUCIÓN Y BUDISMO (III): ILUSIÓN DEL ALMA (Y DEL YO) (SEGUNDA PARTE)

Desde este punto de vista, gran parte de la actividad psicológica humana moderna tendría sus raíces en las adaptaciones que ocurrieron antes en la evolución humana, cuando la selección natural estaba formando la especie. 

 

Por / Diego Londoño Correa*

Para Siddharta Gautama existen cinco khandhas (literalmente “pilas”, “montones” en pali) que integran el complejo psicofísico que configura a un ser sintiente y que constituye cada momento de la experiencia. Se cuenta que Gautama, cuando enseñó por primera vez este método para examinar la experiencia, usó montones de granos para representar cada agregado. El Neurobiólogo Francisco Varela, nos describe cada uno brevemente[1]:

  1. Cuerpo o Formas: Agregado constituido por los órganos sensoriales y su mecanismo de percepción. Incluso el órgano mental y los pensamientos son tratados como un sentido y su objeto respectivamente, porque así es como se manifiestan en la experiencia, percibimos nuestros pensamientos con la mente tal como percibimos un objeto visible con los ojos.
  2. Sentimientos-Sensaciones (no se debe confundir con emociones): Agregado encargado de clasificar las experiencias como agradables, desagradables o neutrales, y como sensaciones corporales o sensaciones mentales.
  3. Percepción: Alude al primer momento de reconocimiento, identificación y discernimiento, acoplado con la activación de un impulso básico para actuar hacia el objeto discernido. Se dice que hay tres impulsos: pasión/deseo (hacia objetos deseables), agresión/furia (hacia objetos indeseables) e ilusión/ignorancia (hacia objetos neutros). En la medida en que los seres son presa de hábitos “yoístas”, los objetos, ora físicos o mentales, se disciernen, aun en el primer instante de la relación con el yo, como deseables, indeseables o irrelevantes para el yo, y en ese mismo discernimiento está el impulso automático de actuar de manera relevante. Estos tres impulsos básicos también se denominan los tres venenos porque constituyen el comienzo de actos que inducen a aferrarse más al yo. [Como veremos en la tercera y última parte, esta descripción sobre el discernimiento corresponde con lo que posteriormente se ha propuesto por la psicología evolucionista y la visión modular de la mente respecto a la relevancia evolutiva de la sensación de poseer un Yo].
  1. Formaciones mentales (o disposicionales): Este agregado alude a los patrones habituales de pensamiento, sentimiento, percepción y acción, tales como confianza, avaricia, pereza, preocupación, etc. Fenómenos que se llamarían cognitivos en el idioma de las ciencias cognitivas, o rasgos de personalidad en la psicología de la personalidad.
  2. Consciencia: Los otros 4 pueden ser contenidos de la consciencia. De hecho, cada agregado contiene a aquellos que lo preceden en la lista. Consciencia es la experiencia mental que acompaña a los otros cuatro agregados; técnicamente es la experiencia que proviene del contacto de cada órgano sensorial con su objeto (junto con el sentimiento, el impulso y el hábito que se provoca). La consciencia —el término técnico es vijñana— siempre alude a la percepción dualista de la experiencia, donde hay un experimentador, un objeto experimentado y una relación (o relaciones) que los vincula a ambos. El hecho mismo de la consciencia no es cuestionado, lo que se cuestiona son las elaboraciones discursivas alrededor de cómo la consciencia opera e invoca a un Yo que la acompañe.

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Generalmente vemos una continuidad en este último agregado, de modo que todo parece tan cohesionado que puede dar lugar a la idea de que existe un Yo que está siempre presente. Pero en contra de nuestra intuición, nuestra consciencia no es continua, sino que está constantemente surgiendo y desapareciendo. Existe una discontinuidad de las consciencias momentáneas, relacionadas entre sí por causa y efecto. Es aquí donde encontramos otro choque del budismo con el hinduismo, y es lo que ambos entienden por karma.

Para el hinduismo es una ley de Acción-Reacción, donde la reacción tiene la participación de entidades sobrenaturales y divinas, y juicios sobre la moralidad de ciertas acciones que pueden tener consecuencias para el futuro del alma en sus siguientes reencarnaciones.

Para el budismo el karma podría parecerse más al principio de causalidad en occidente, donde las acciones tienen consecuencias físicas y mentales. En lo mental, si alguien roba y las cosas salen bien, esta persona será propensa a seguir robando. Si las cosas salen mal, esta propensión estaría menguada.

La propensión a robar o a no-robar fue desencadenada por pequeños actos que fueron dejando marca en la mente, llevándola a una especie de inercia para actuar continuamente de la misma forma, lo que repercutiría en cómo se constituye el cuarto agregado, las formaciones mentales o disposicionales, algo parecido a lo que es la personalidad en la psicología occidental.

El Karma, en el sentido budista, puede relacionarse también con la inercia, con una rueda, que tras un empujón puede seguir rodando dejar marcas en el camino con cada giro, marcas que, aunque discontinuas, pueden dar la apariencia de continuidad.

Esta discontinuidad y continuidad aparente también se manifiesta en la consciencia, y ha sido confirmada por estudios en neurofisiología. Como relata el neurobiólogo Francisco Varela, varios estudios muestran la segmentación de la consciencia, que funcionaría por marcos.

Recordemos que cualquiera de los agregados puede ser objeto de esta consciencia presuntamente discontinua, por lo que podemos tomar como material de análisis al sistema de visión humano, que haría parte del primer agregado.

A una persona se le presentan un par de bombillos, que se encienden uno después del otro, la persona verá las luces como secuenciales si se le presentan con un Intervalo de 100 milisegundos (ms), pero si se le presentan a un intervalo de 50 milisegundos se verán como simultáneas. Entre 50 ms y 100 ms se pueden percibir secuenciales o simultáneas.

Como dice el neurocientífico colombiano Rodolfo Llinás en su libro El cerebro y el mito del yo, la actividad del cerebro puede describirse como “tormentas eléctricas autocontroladas”[3], y resulta que en el estudio de Varela si las luces se presentan con un intervalo de 77 ms podrán ser percibidas como secuenciales o simultáneas dependiendo de si se presenta la primera luz al inicio de estas tormentas o al final de estas tormentas[4] (cambios en el potencial eléctrico en una electroencefalografía), por lo que se ha podido definir que hay una segmentación natural en el marco visual, y en el resto de sistemas perceptivos que son objeto de la consciencia.

Esta fragmentación tiene que ver con lo que tarda el flujo de información en el cerebro (siendo muy importante el flujo entre el tálamo y la corteza cerebral), por lo que en aquellos sistemas en los que el viaje es más largo o intrincado, la momentaneidad de la consciencia puede tener duraciones diferentes.

Tal y como en una película dividida por fotogramas que si se pasan con suficiente rapidez (veinticuatro fotogramas por segundo) dan la ilusión de un flujo suave, ininterrumpido y continuo. “Nuestras percepciones tienen cierta continuidad; pero como los budistas han mantenido y los neurobiólogos ahora confirman, esta continuidad es una ficción” nos dice el biólogo evolutivo y profesor de psicología en la Universidad de Washington, David P. Barash  en su libro Buddhist biology: Ancient Eastern Wisdom Meets Modern Western science[5]

Una metáfora budista para entender la cuestión del karma, su influjo en la continuidad aparente, y su relación con la ilusión del Yo en medio de la consciencia, es la de una vela que enciende otra vela, ésta última enciende a otra y así sucesivamente. “La llama pasa de vela en vela sin que se traslade ningún ser material. Sin embargo, al tomar esta secuencia como una continuidad real, nos aferramos tenazmente a esta consciencia y nos aterramos ante la posibilidad de que se destruya con la muerte”[6] con lo que surgiría la ilusión de un Yo permanente que nunca desaparece.

“No podemos decir que la llama se haya transferido a la otra vela. La llama de la segunda vela no es la misma de la primera vela, pero surgió con la ayuda de la primera vela. De igual modo, un sello deja una impresión en el papel. La impresión no es lo mismo que el sello original, pero tampoco deja de relacionarse con él (…) Los buddhistas no aceptamos la permanencia, pero sí aceptamos una conexión de causa y efecto. La causa y el efecto aparecen incesantemente, incluso en esta vida, de momento a momento. Esto da a una persona la impresión de continuidad, la impresión de ser la misma persona continuamente. La causa y el efecto continúan durante toda la vida, hasta llegar a la ancianidad y la muerte”[7].

Piénsese en alguien que sufre de un Alzheimer severo en cierto momento de su vida, evidentemente su memoria se puede ver tan afectada que el mundo psíquico podría dejar de ser tan continuo para él, su percepción de un Yo autobiográfico podría verse alterada, y como muchos familiares dicen “no sería la misma persona que era antes”.

Sus agregados mentales pueden haber cambiado fuertemente por el deterioro en aspectos de la memoria que dotan de continuidad a la experiencia, por lo que lo único que aparentaría una continuidad más o menos sólida es el cuerpo que aun así envejece y cambia hasta su completa extinción.

¿Pero es esa persona ese cuerpo? ¿Es sus memorias? ¿Su personalidad? ¿Hay algo que realmente sea persona?  Si tengo un carro, y un día le cambio las llantas, ¿podría decir que ya no es ese carro? ¿Y si luego le cambio el motor, seguiría siéndolo? ¿Si luego le cambio las sillas? ¿Hasta cuándo puedo reemplazar el carro por partes para que deje de ser el carro? ¿Existe de verdad una “esencia” en el carro? Evidentemente, a lo que llamamos “el carro” es un conjunto de agregados, y no hay una esencia que uno pueda atribuir como el Atman o Yo del carro.

Al parecer sucede lo mismo con los humanos y todo ente de este mundo constituido por átomos.  “No somos más que remolinos en un río de agua que fluye constantemente (…) No somos cosas que permanecen, sino patrones que se perpetúan a sí mismos” escribió el matemático y fundador de la cibernética, Norbert Wiener o como diría Dawkins, somos máquinas de supervivencia construidas por sus genes con el propósito expreso de llevar esa información al futuro; y aunque sepamos que nuestro cuerpo cambia como la carreta, y que el “Yo” de hace diez años no es el mismo que el que ahora lee estas palabras, continuamente estamos teniendo la sensación de ser el mismo sujeto, la misma sustancia, la misma amalgama de cosas juntas.

Esto no le resta utilidad a usar los pronombres personales o decirle al carro, carro, simplemente ha de tenerse en cuenta que estas son realidades convencionales y no últimas, como dice Malalasekera “El buddhismo no objeta el uso de las palabras atta [atman] para indicar al individuo en conjunto, o para distinguir a una persona de otra, cuando tal distinción es necesaria, sobre todo en lo tocante a cosas tales como la memoria y el kamma [karma] que son privadas y personales y donde hay necesidad de reconocer la existencia de líneas de continuidad separadas (santàna). Pero aun así, estos términos deben tratarse sólo como etiquetas, concepciones y convenciones del lenguaje que ayudan a economizar el pensamiento y las palabras, nada más”[8]

Siddharta enseñó que no puede identificarse nada en el humano que no esté entre los cinco agregados, y que si se analiza uno por uno se advertirá que “no queda nada: no hay alma, no hay yo, fuera de los agregados. La combinación de los cinco agregados es lo que llamamos una persona, un ser, un hombre o una mujer (…) No se puede encontrar ningún director, ningún hacedor, ningún experimentador, ninguna esencia. El atta es sólo una idea sin ninguna realidad correspondiente.”[9]

Dado que, como vimos anteriormente, todo está sujeto a la impermanencia, incluidos los agregados, para el budismo es imposible que exista un alma o Yo permanente. Aun así, los agregados son meras clasificaciones abstractas hechas por Siddharta y como tales no tienen ninguna existencia real como grupo. Los agregados son interdependientes, y no surgen nunca como una totalidad; sólo pueden surgir elementos o pedazos de cierto grupo, dependiendo de las condiciones.

Lo que vemos en una persona surge de la interacción de estos grupos artificiales. “Así como un muñeco de madera, que es insustancial, inerte e inactivo, puede moverse, pararse y parecer lleno de vida y actividad jalando ciertos cordones, la mente y el cuerpo son, como tales, algo vacío, inerte e inactivo; pero mediante su operación mutua, esta combinación mental y corpórea puede moverse, ponerse de pie y parecer llena de vida y actividad”[10].

¿Cómo se le ocurrió esto a Siddharta? Se ha reportado que en algunos tipos de meditación budista, como Vipassana o Dzogchen, se suele reportar la ausencia de un Yo, mas no la ausencia de consciencia. De hecho, uno de los principales objetivos de diferentes técnicas de meditación es la aniquilación del yo, pues se dice que de ahí procede gran parte del sufrimiento, ya que aferrarse a cosas impermanentes es lo que genera Dukkha (insatisfacción, sufrimiento).

Decía Siddharta, en el segundo discurso que dio en su vida (el Anattalakkhaṇa Sutta) luego de su supuesta iluminación convirtiéndose en el Buda: “Bhikkhus [monjes], ¿qué pensáis de esto? ¿Son el cuerpo (…) sentimientos-sensaciones (…) percepciones (…) formaciones mentales (…) la consciencia permanentes o impermanentes?” “impermantentes, señor” “Eso que es impermanente, ¿es insatisfactorio o satisfactorio?” “Insatisfactorio, señor” “Eso que es impermanente, insastifactorio y sujeto al cambio, ¿es apropiado considerarlo como ‘esto es mío’, como ‘esto soy yo’, como ‘esto es mi persona’?” “No, señor”[11].

A pesar de esto, sigue siendo más fácil para un budista decir “yo”, que referirse a una particular combinación de agregados, así como los biólogos hablamos de una vaca más que de un conjunto de genes, células, tejidos, órganos, microbiota y sistemas que interactúan interdependientemente para generar cualquier tipo de organismo. De hecho, Siddharta usaba con frecuencia la palabra atman a pesar de que negaba su existencia objetiva.

 

El cuestionamiento del Yo desde la filosofía, la psicología y las neurociencias

Esta presunta ilusión no pasó tampoco inadvertida en la filosofía occidental. Como vimos anteriormente, Hume también dudó de una existencia objetiva del Yo.  Kant, en su Crítica de la razón pura escribió: “La consciencia del yo, de acuerdo con las determinaciones de nuestro estado en la percepción interior, es meramente empírica, y siempre cambiante. Ningún yo fijo y permanente se puede manifestar en este flujo de apariencias internas (…) debe haber una condición anterior a toda experiencia, la cual posibilite la experiencia misma (…) llamaré apercepción trascendental a esta consciencia pura, original e inmutable”.

Kant, a pesar de no ver el Yo como entidad psicológica, pasó a invocar a una entidad trascendente responsable supuestamente de nuestro sentido de unidad e identidad a través del tiempo, algo muy parecido a la idea del alma. Esta negación del Yo psicológico, pero aceptación de un Yo o Alma trascendental no diferencia mucho a Kant de posturas hinduistas o de posturas de algunos budismos que, como vimos anteriormente, se mezclaron con otras tradiciones religiosas y terminaron convirtiendo al Buda en una deidad y aceptando una idea del alma a pesar de que Siddharta la negó categóricamente.

En las neurociencias también ha habido planteamientos alrededor de este problema. Nos dice Steven Pinker en su libro La tabla rasa “Los neurocientíficos cognitivos no han exorcizado el espíritu, pero han demostrado que el cerebro ni siquiera tiene una parte que haga exactamente lo que se supone que hace ese espíritu: revisar todos los hechos y tomar una decisión que deberá llevar a la práctica el resto del cerebro. Todos sentimos que lo que se controla es un único «yo». Pero se trata de una ilusión que el cerebro pone todo su empeño en producir (…) El cerebro dispone, en efecto, de unos sistemas supervisores en los lóbulos prefrontales y la corteza cingulada anterior, que pueden (…) anular los hábitos y los impulsos. Pero esos sistemas son unos artilugios con unas peculiaridades y unas limitaciones específicas; no son la implementación del agente libre racional que tradicionalmente se identifica con el alma o el yo.”

Unos de los experimentos más impactantes sobre este tema son los realizados por los neurocientíficos Michael Gazzaniga y Roger Sperry, después de que neurocirujanos le hubiesen cortado (con fines médicos, no experimentales) el cuerpo calloso, que une los dos hemisferios cerebrales, a varios pacientes. Nos dice Pinker al respecto:

cada hemisferio puede actuar libremente, sin el consejo ni el consentimiento del otro (…) el hemisferio izquierdo teje constantemente una explicación coherente pero falsa de la conducta escogida sin que lo sepa el derecho. Por ejemplo, si el que realiza el experimento lanza la señal «Andar» al hemisferio derecho (manteniendo la señal en la parte del campo visual que sólo el hemisferio derecho puede ver), la persona cumplirá la orden y empezará a andar para salir de la habitación. Pero cuando a la persona (concretamente, al hemisferio izquierdo de la persona) se le pregunta por qué se levantó, dirá, con toda sinceridad: «Para tomar una Coca-Cola». Asimismo, si al hemisferio izquierdo del paciente se le muestra un pollo, y al derecho se le muestra un paisaje nevado, y ambos hemisferios han de escoger una imagen que se corresponda con lo que ven (cada uno utilizando una mano diferente), el hemisferio izquierdo elige una pata de pollo (correctamente), y el derecho, una pala (también correctamente). Pero cuando al hemisferio izquierdo se le pregunta por qué la persona en su conjunto tomó esas decisiones, dice alegremente: «Pues es muy sencillo. La pata del pollo va con el pollo, y se necesita una pala para limpiar el gallinero».

Es decir, el hemisferio que maneja la lógica discursiva (suele ser el izquierdo) no sabe por qué el otro hemisferio escoge algo, pero se encarga de inventarse una respuesta. Incluso se han reportado casos en los que un hemisferio dice creer en Dios y el otro dice no creer, por lo que tendríamos un sujeto creyente y un sujeto ateo en el mismo cuerpo ¿irá su alma al infierno o al cielo?

Sin embargo, eso es lo que hace nuestro cerebro todo el tiempo, manejar inconsistencias internas (lo que en psicología se llama Disonancia Cognitiva) para finalmente dar una respuesta e inventar razones y excusas que den explicación a estas decisiones finales, e inclusive a actos que pueden deberse a impulsos muy viscerales, que nada tienen que ver con una entidad profundamente racional y deliberativa que controla todo lo que elige y hace.  Como nos continúa diciendo Pinker

Lo espeluznante es que no tenemos razones para pensar que el generador de tonterías del hemisferio izquierdo del paciente se comporte en modo alguno de forma distinta a los nuestros cuando nosotros interpretamos las inclinaciones que emanan del resto de nuestro cerebro. La mente consciente -el yo o el alma- es un creador y manipulador de opinión, no el comandante en jefe. Sigmund Freud escribió sin ningún recato que «en el transcurso del tiempo, la humanidad tuvo que soportar tres grandes atentados de manos de la ciencia contra su ingenuo amor propio»: el descubrimiento de que nuestro mundo no es el centro de las esferas celestes, sino un punto en un vasto universo; el descubrimiento de que no se nos creó de forma especial, sino que descendemos de los animales; y el descubrimiento de que a menudo nuestra mente consciente no controla nuestra forma de actuar, sino que simplemente nos cuenta un cuento sobre nuestras acciones. Tenía razón sobre el efecto acumulativo, pero quien asestó el tercer golpe fue la neurociencia cognitiva, no el psicoanálisis.

Una planaria es un organismo que al cortarlo, no sólo en dos, sino en varios pedazos, puede regenerar a partir de cada pedazo a un individuo diferente. En este caso no habría que preguntarse “¿a dónde se fue la mente de la planaria?”. Al final tenemos a dos o más entidades vivientes con circuitería nerviosa, con homeostasis, con comportamientos adaptativos al medio, con percepción del ambiente, etc.

Existen procesos informáticos en nuestro cerebro y existe el pensamiento porque es producto de estos procesos. Pero no hay realmente certeza sobre la existencia de un pensador. El Yo sería sólo otro pensamiento que surge constantemente, según el budismo. Sin embargo, este pensamiento podría ser tan adaptativo como el pensamiento de “quiero sexo”.

¿De dónde surge entonces esta ilusión mental? ¿Tiene algún sentido evolutivo? Se ha hipotetizado que esta ilusión tiene la función de predecir la conducta de los otros. Si creo que dentro de mí existe una persona que se comporta como cualquier otra, puedo predecir el comportamiento de los demás observando esa persona dentro de mí, por lo que tendría una función que tiene que ver más con la predicción del comportamiento de otros (Teoría de la Mente)[12]. De hecho, podría ser lo que permite que le atribuyamos intencionalidad y agencia a entes que no la tienen[13], como el sol, el viento, el fuego o los fenómenos climáticos como las tormentas. Estaríamos intentando leer las intenciones de ese “Yo” en dichas entidades inertes y predecir sus intenciones y acciones, modelando estas intenciones y acciones con nuestro Yo personal. Esta podría ser la base para el animismo, una de las primeras construcciones religiosas del ser humano.
Sin embargo, esta hipótesis es difícilmente falsable, aunque cuenta con evidencias que apuntan en esta dirección. Por ejemplo, como expresa Ramachandran, citado por el neurofisiólogo Francisco Rubia en su conferencia sobre la ilusión del Yo[14],  ser consciente de uno mismo depende de las neuronas espejo, que son las principales neuronas reclutadas para leer las intenciones de los otros, por lo que utilizamos también “las neuronas espejo para mirarnos a nosotros mismos como si alguien más lo estuviese haciendo, y el mismo mecanismo que se desarrolló para adoptar el punto de vista del otro, se volvió hacia adentro para mirar el propio Yo”.

Encontrar una explicación material a esta sensación de tener un Yo, parece haber sido algo infructífero en la historia del pensamiento humano. De hecho, Peter Watson concluye su extenso libro Ideas: historia intelectual de la humanidad, escribiendo:

Así las cosas, al final del recorrido que hemos realizado a lo largo de este libro, nos encontramos con una última idea que los científicos tendrán que desarrollar. Dado el triunfo del enfoque aristotélico tanto en el pasado remoto como inmediato, ¿no ha llegado quizá el momento de enfrentar la posibilidad, e incluso la probabilidad, de que la noción platónica de «yo interior» sea equívoca? Esto es, la posibilidad de que no exista yo interior. Al buscar «dentro», no hemos encontrado nada —nada estable, en cualquier caso, nada perdurable, nada sobre lo que podamos establecer un consenso, nada concluyente— porque no hay nada que encontrar. Los seres humanos somos parte de la naturaleza y, por tanto, es muy probable que aprendamos más sobre nuestro ser «interior», sobre nosotros mismos, buscando fuera de nosotros, atendiendo al lugar que tenemos en ella como animales

Para poner en perspectiva este fracaso y cuestionar la creencia de un Yo unificado, se puede aprovechar la experiencia previa con el concepto de memoria. Por muchos años se buscó el lugar donde estaba ubicada “la memoria” o aquel proceso que correspondía con el fenómeno de “la memoria”, asumiendo que la memoria era una sola entidad. Hoy sabemos que la memoria son muchas entidades o procesos, distribuidos en distintas partes del cerebro.

Aún a pesar de estos descubrimientos seguimos tratando coloquialmente a “la memoria” como si designase a algo objetivamente real y unificado (“fulanito es muy desmemoriado” o “es que tengo muy mala memoria”), por lo que sería una convención que usamos para referirnos a varias funciones que posee el cerebro, teniendo cada función, causas evolutivas que le dieron origen y forma.

Así como sucede con la memoria, la mente en general podría estar constituida por procesos distintos, aunque interconectados, que poseen causas evolutivas distintas. Esta visión ha dado lugar a un nuevo modelo de la mente en la psicología que prescinde de usar el concepto de “Yo” al considerarlo un concepto no-científico.

A esta nueva manera de ver la mente se la denominado el Modelo Modular de la Mente y ha sido adoptado por muchos psicólogos cognitivos y evolucionistas como un modelo más consistente con lo que ahora se sabe sobre la mente y el cerebro. Para los psicólogos evolucionistas que han retomado este modelo, los módulos serían unidades de procesamiento mental que evolucionaron en respuesta a las presiones de selección.

Desde este punto de vista, gran parte de la actividad psicológica humana moderna tendría sus raíces en las adaptaciones que ocurrieron antes en la evolución humana, cuando la selección natural estaba formando la especie.  De este nuevo modelo sobre la mente se ocupará la siguiente y última entrada sobre el tema.

*Biólogo de la Universidad de Antioquia.

[1] Varela, F. J., Thompson, E., & Rosch, E. (1992). El cuerpo presente: las ciencias cognitivas y la experiencia humana. Gedisa.

[3] Llinás, R. R. (2003). El cerebro y el mito del yo: el papel de las neuronas en el pensamiento y el comportamiento humanos. Editorial Norma.

[4] Valera, F. J., Toro, A., John, E. R., & Schwartz, E. L. (1981). Perceptual framing and cortical alpha rhythm. Neuropsychologia19(5), 675-686.

[5] Barash, D. P. (2014). Buddhist biology: Ancient Eastern wisdom meets modern Western science. Oxford University Press.

[6] Varela, F. J., Thompson, E., & Rosch, E. (1992). El cuerpo presente: las ciencias cognitivas y la experiencia humana. Gedisa.

[7] Silananda, S. U., Silananda, S. U., Billings, A., & Tin-Wa, M. (1999). An inward journey book –  No inner core: an introduction to the doctrine of Anatta. Versión en español en http://www.btmar.org/files/fdd/fdd017.htm

[8] Malalasekera, G.P. The Truth of Anatta. Kandy: Buddhist Publication Society, 1966.

[9] Silananda, S. U., Silananda, S. U., Billings, A., & Tin-Wa, M. (1999). An inward journey book –  No inner core: an introduction to the doctrine of Anatta. Versión en español en http://www.btmar.org/files/fdd/fdd017.htm

[10] Nyanatiloka. Buddhist Dictionary. Kandy: Buddhist Publication Society

[11] Introducción al discurso de la característica de anatta Anattalakkhaṇa Sutta – Texto traducido del pali al español por Bhikkhu Nandisena. http://www.btmar.org/files/files/anattalakkhanasuttapalesp.pdf

[12] Francisco Rubia – La ilusión del Yo https://www.tendencias21.net/neurociencias/La-ilusion-del-Yo_a29.htmlhttps://www.youtube.com/watch?v=gfoxVJYUWck&t=1810s

[13] http://www.terceracultura.net/tc/michael-shermer-necesitamos-escepticismo-por-todo-el-mundo/

[14] Francisco Rubia – La ilusión del Yo https://www.tendencias21.net/neurociencias/La-ilusion-del-Yo_a29.htmlhttps://www.youtube.com/watch?v=gfoxVJYUWck&t=1810s