Amores perrunos, amistades perrunas, obligaciones perrunas, vidas perrunas… en fin, multitud de comportamientos en torno a la relación del amo con “el mejor amigo del hombre” y “de la mujer” para agregar el toque de la equidad de género.
Por Martín Rodas*
Salir con el perrito. ¡Qué lindo!… ¡Qué triste!… ¿Almas gemelas?, creo que sí. Soledades juntas, perfumadas, peinaditas, bien ‘peluqueadas’… ambas con delicados manicures y ‘pedicures’, rituales que hacen parte del mundo contemporáneo en donde la “felicidad” te la venden en locales especializados para el maquillaje y la máscara.
Desde hace algún tiempo, me sorprende ver amigos de vieja data que caminan por las calles acompañados de perritos minúsculos. Observo sus perfiles perfectamente ajustados y cronometrados; las mismas facciones, los mismos gestos, la misma indiferencia. Ambos, perro y amo, llevan sus cabezas en alto y marcan sus pasos como al son de una banda militar. Los he observado, mucho, al principio con asombro, luego con miedo… de mí mismo.
¿Será que terminaré de igual manera?, ¿será que la soledad existencial y moderna contempla en su manual de comportamiento esas prácticas masoquistas y aterradoras? Porque, desde mi punto de vista, es la vida llevada a su más triste expresión; aunque no la única, pero de las otras me referiré en futuras columnas. Ahora me ocupa esta de salir a pasear con el perrito, o la perrita (cuestión de sexo que para mí es imposible de diferenciar en estos hermanos del mundo animal).
Amores perrunos, amistades perrunas, obligaciones perrunas, vidas perrunas… en fin, multitud de comportamientos en torno a la relación del amo con “el mejor amigo del hombre” y “de la mujer” para agregar el toque de la equidad de género.
He sido testigo del trato inhumano que se prodiga a estos seres cuadrúpedos, y califico de trato inhumano cuando se les obliga a que actúen como nosotros, vestidos con trajes ridículos, ataviados de moñitos y adornos absurdos que reflejan nuestras más profundas carencias afectivas.
Los perritos o las perritas se han transformado en el alter ego, en el espejo que refleja la amargura y la frustración a la que nos conduce un sistema basado en el consumismo y la mentira. Porque en esas relaciones sólo contemplo “la gran mentira” en la que pretenden convertir nuestras vidas.
Sé que me voy a echar el mundo encima… que por amargado… que por antisocial… que porque me ‘empeliculo’ con situaciones que no tienen importancia… que por exagerado… que por poco serio… que por “resentido”… Y hasta pueden tener razón… o no… en últimas eso no me importa, pues a estas alturas de mi vida, lo que más me interesa es no morir engañado y sobre todo de mí mismo.
He tratado siempre, sin muy buen éxito(creo), de seguir la sabiduría del viejo Sócrates en su “Conócete a ti mismo”, y las enseñanzas de Jesús sobre el amor; pero al ver tanta gente ‘emperrunada’, me preocupa que los paradigmas que uno ha cultivado con tanto esmero en “profunda y auténtica” soledad, se vean opacados por la presencia, hoy en día, sempiterna y avasallante de tantos canes y “canas” (como diría Nicolás Maduro) que se nos atraviesan en el camino y que me hacen pensar que tanto trascendentalismo mío es inocuo frente a lo que están brindando a muchas personas estos seres de cuatro patas que históricamente están hechos a imagen y semejanza nuestra. ¿Será que ellos pueden ayudar en autoconocernos y a suplir la falta de amor?, ¿será que me va a tocar dar el brazo a torcer?… ¡Guau!… no sé.
* Poeta, anacronista y pintor; editor de “ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)”.

